Volar y rodar

Volar

Y luego, lo mismo que habrá que hacer cientos de veces. Salir, cerrar la puerta, poner llave, bajar las escalas, abrir la otra puerta, salir a la calle, cerrar, poner llave y empezar a caminar en alguna dirección. En este caso, hacia la 699, más concurrida sin duda que las vías del ferrocarril.

Todavía estamos medio dormidos. Los ojos de Cata apenas se entreabren. Y los míos ni hablar. Llevamos varias noches durmiendo poco o nada. Tal vez por eso todo transcurre despacio, familiar, sin ningún tipo de sorpresa. Como si hubiéramos paseado miles de veces antes por estas mismas calles.

La 699 nos recibe con un soplo de viento frío. Dos carriles poco transitados a un lado, dos carriles poco transitados al otro, luces tenues, un separador común y corriente. De alguna manera, no es el límite entre la ciudad y el estado que me esperaba. Todo se ve demasiado normal, tan tranquilo como un simple barrio. Hay negocios de comida, farmacias y otra avenida vacía a solo media cuadra. Debe ser la 610.  

Si doblamos a la derecha, lo más probable es que lleguemos a la recicladora de basura. Tomamos entonces a la izquierda y seguimos encontrando farmacias, sitios para comer. Flautas, quesadillas, tortas, elotes, sincronizadas, tacos. No queremos apresurarnos a elegir. Más bien nos fijamos en la apariencia, los tamaños, los precios, así no entendamos prácticamente nada de lo que vemos. Birria, suadero, campechano, cabeza…

Después de pararnos en varios locales a mirar la carta y los platos de la gente como si fuéramos dos extraterrestres recién llegados, nada parece convencernos del todo.

Al llegar a una zona oscura sin más negocios, cruzamos la avenida y volvemos repasando las opciones que vimos desde la orilla opuesta. Todo sigue igual. Miramos, dudamos. Miramos, dudamos. Y por último seguimos de largo.

Finalmente nos detenemos en el cruce de la 610, frente a una venta de elotes. La 610 es mucho más amplia que la 699 y tiene un sendero que la recorre por el medio, entre árboles y prados, hasta perderse a lo lejos. Lo mejor será seguir por ahí. Así no se vean más que casas por ahora. Imposible que más adelante no encontremos algo.

Sin embargo, tras caminar cuadras y cuadras, el panorama no varía. El viento sopla cada vez más fuerte a nuestras espaldas y parece impulsarnos hasta llegar al cruce de otra avenida.

Abarrotes, farmacias, internet, chips de celular, pollos a la brasa. Cruzamos la avenida y tampoco vemos nada. La única posibilidad son unos resplandores amarillos, al final de una hilera de árboles. No perdemos nada con ir. Si no encontramos nada, ahí sí nos devolvemos.

Por un momento, las luces desaparecen entre las ramas. Puede tratarse de una casa común y corriente. O de un pequeño parque. O de un negocio de cualquier otra cosa.

Al llegar a la esquina, vemos a unas seis o siete personas agolpadas bajo los bombillos amarillos que cuelgan de un cable. Poco a poco, un carro de tacos se comienza a materializar.

Mucha gente. Mesas. Sillas dispersas. Barra en el carro. Barra al frente. Ajís de todos los colores y un variado surtido de complementos: limón, pepino, rábano, zanahoria, cebolla, unas tiritas verdes…

Un viejo amable y tranquilo se acerca a recibirnos. Bienvenidos. Tenemos tacos de cabeza, pastor, suadero, campechanos… Para empezar, uno de cada uno, por favor. ¿Con todo? Con todo.

Nos sentamos en la barra junto a una paila gigante, con un centro elevado lleno de tortillas, en la que no dejan de cocerse todo tipo de carnes y vegetales. Abundan las luces, los colores, las especias. Además, hay taqueros distintos para cada especialidad. Campechano significa combinado. Las tiritas verdes son unos cactus llamados nopales. Los pepinos y los rábanos se usan para ir pasando como si fueran ensalada.

Nuestros tacos no tardan en aparecer. Son pequeños y tienen doble tortilla y mucha cebolla y mucho cilantro por encima. Cata y yo nos miramos como si realmente acabáramos de llegar. Llenamos nuestros tacos de ají, de limón y nopal. Al primer mordisco, todo adquiere sentido.

2

Lo primero: sacar plata. Catalina se queda con las mochilas mientras voy a buscar un cajero. Encuentro pronto varios que dicen Maestro, pero son de los que se tragan la tarjeta, y donde eso pase, quedamos en la inmunda. Me arrepiento de no haber llevado algunos dólares por si acaso. Igual, de nada sirve. Ya no hay tiempo de llorar.

Meto la tarjeta y el cajero la lee sin problema. Luego, lo mismo de siempre: ir escogiendo opciones como un autómata. Todo parece ir sobre ruedas. El proceso interno comienza a sonar. Unos segundos después, sale un fajito de billetes de colores más variados que los de Colombia. Algunos son de plástico y tienen incluso partes transparentes.

Siguiente misión: llegar a la casa.

Ambos tratamos de conectarnos a la red del aeropuerto, pero a ninguno de los dos nos funciona. Lo peor es que teníamos un mapa con todos los detalles y nunca lo miramos. A cambio tenemos la típica indicación que le dan a uno cuando creen que va a llegar en taxi. Afortunadamente, sabemos que queda más o menos cerca y tenemos la dirección. Desde el metro de Villa de Aragón, supuestamente son quince minutos a pie.

Dos empleadas del aeropuerto nos indican qué hacer. Debemos tomar un bus o camión rojo a la derecha, justo después de salir por las puertas del frente. Luego bajarnos en la estación Oceanía y coger el metro de la línea B, el verde, en dirección a Ciudad Azteca. Hasta Villa de Aragón, son solo tres estaciones.

Al descargar las mochilas en el bus, dos pasajeros nos preguntan para dónde vamos. A partir de ahora, no tenemos de qué preocuparnos. Ellos se encargarán de decirnos dónde bajar.

En Oceanía subimos a un metro de neumáticos, elevado como el de Medellín, aunque mucho más rápido. Antes de llegar a Deportivo Oceanía, volvemos a nivel de superficie. Sigue Bosque de Aragón. Luego la nuestra.

Para salir de la estación, subimos las escalas y vamos repasando las indicaciones. Todas giran en torno a la avenida 699 y a la Farmacia Vicky que, según Eunice, todo el mundo conoce.

Mientras cruzamos el puente peatonal sobre una gran avenida vemos un letrero verde: 699 a la derecha. Bajamos entonces las escalas por ese lado y pasamos junto a varios puestos de comida. El sol comienza a pegar con todo y, por una de esas cosas raras que uno después no se explica, en vez de preguntar por nuestra dirección, seguimos de largo.

Primero bordeamos la malla de un complejo deportivo con varios campos de béisbol. Pasamos el letrero verde y luego un largo paredón en forma de equis, en el que empieza un fuerte olor a lixiviado. Nadie viene delante. Nadie viene detrás. El olor es cada vez más penetrante.

Dos cuadras más allá, una calle de dos carriles se desprende a la derecha, bordeando las paredes en equis de lo que parece ser un basurero. Hasta donde nos alcanza la vista, el paisaje sigue desierto. Más adelante, la avenida principal también parece doblar a la derecha. Así que seguimos.

En la siguiente esquina hay un puesto de tacos lleno de gente. Nos detenemos a preguntarles por nuestra dirección y nadie conoce nuestra calle. Pero eso al parecer no importa. Primero hay que buscar la colonia. Ciudad Lago, Ampliación Lago B, que empieza justamente un poco más adelante, siguiendo derecho por una avenida hasta llegar a una estación de policía. Allí veremos que todas las calles tienen nombre de lago. Lago no sé qué, lago no sé cuánto…

A medida que avanzamos, la avenida se va llenando de talleres y todo lo relacionado con carros. Junto a un semáforo, vemos que se llama Taxímetros.

Después de unas quince cuadras llegamos por fin a la estación de Policía. Le mostramos nuestra dirección a una señora que pasa junto a nosotros y nos dice que debemos voltear a la izquierda y seguir derecho por la avenida Aeropuerto. Unas cinco cuadras más adelante, nos recomienda volver a preguntar.

La buena noticia para nosotros es que las calles empiezan a tener nombres de lagos: lago no sé qué, lago no sé cuánto. La mala es que mientras más preguntamos, más lejos nos terminan mandando. El sol además se ha puesto horrible y estamos cansados, muy cansados. Tenemos hambre. Sed. Ya no estamos pensando.

En una papelería nos prestan la clave del wifi para llamar a Eunice, que tarda unos quince minutos en aparecer, cubierta con una chompa oscura ¡Estamos lejos!, se apresura a decir con una suave sonrisa. Si veníamos de la estación, teníamos que haber doblado a la derecha por la recicladora de basura y luego buscar la farmacia Vicky. Todo el mundo la conoce. De todas formas, estuvimos algo de malas porque justo las calles de este barrio también tienen nombres de lagos. Por eso la gente se confundió.

Regresamos hasta Taxímetros, la cruzamos y nos adentramos en un barrio de casas de ladrillo gris y fachadas de colores. Eunice nos va contando sobre algunos lugares cerca de casa. Nos muestra un mercado, sitios para comer en el día, para recargar el teléfono…

Al llegar a unos terrenos descampados, cruzamos unas vías de tren y nos metemos por un barrio casi idéntico al anterior. Dos cuadras después, Eunice nos muestra el frente de la casa y nos señala la 699, apenas una calle más arriba. De la esquina a la izquierda, está también la 610. La 699 divide la Ciudad de México del estado. De este lado, estamos en Nezahualcóyotl.

Eunice abre una puerta negra, sube unas escalas de cemento y abre una de las tres puertas que hay arriba. Cata y yo la seguimos. Al entrar, es justo lo que habíamos visto en las fotos: una salita, cocina, baño y un cuarto con ventana. En este momento, lo único que queremos es dormir.

3

La fila de migración es una culebra que da vueltas y vueltas entre las cintas. Todo avanza más o menos rápido. Al parecer hacen cualquier pregunta, sellan el pasaporte y la gente sigue su camino como si nada.

De repente, justo donde vamos nosotros, se abren unas taquillas nuevas y quedamos en los primeros lugares. Medio minuto después, ya estamos parados frente a un tipo joven, de aspecto rígido, que nos barre de prisa con la mirada, sin denotar expresión alguna.  

Pasaporte. Le entregamos ambos. ¿Qué los trae por México? Venimos a conocer. ¿Han venido antes? No. ¿Viven juntos? Sí. ¿Dónde? En una casa en Santa Elena, una montaña cerca de Medellín. ¿Cuántos días se piensan quedar? Quince. ¿A qué ciudades irán? Solo aquí, a Ciudad de México. Muéstrenme por favor el boleto de regreso. Mientras él sigue mirando algo en la pantalla, nosotros buscamos los pasajes en los teléfonos. Cuando al fin aparecen, el tipo ni siquiera les presta atención. ¿Tienen reservas para hospedarse en alguna parte? Nos vamos a quedar donde un amigo de Colombia que estudia en la UNAM. ¿Tienen alguna carta de invitación? Saco entonces la carta de invitación, la residencia y el carnet de estudiante de Julián, que se había encargado de insistirme bastante para que los llevara conmigo.

El tipo mira las hojas con detenimiento. ¿Tienen alguna foto en la que aparezcan con esta persona? Trato de no mostrarme desconcertado y simplemente digo que no. No tenemos. Su mirada alcanza a rozarnos cargada de sospecha, antes de regresar al misterioso mundo de la pantalla.

No nos está haciendo ningún favor. De ahora en adelante trataré de ser tan inexpresivo como él. ¿Traen dinero en efectivo? No. Tenemos una tarjeta para retirar plata en los cajeros. ¿Cuánto tienen en la cuenta? Mil dólares. ¿Desde hace cuánto se conocen con la persona que los hospeda? Yo soy el que lo conoce. Desde hace ocho años. De hecho, ahora estamos trabajando juntos en un guion… Veo que estuvo en España, me interrumpe dirigiéndose a Catalina. ¿Qué hacía allá? Estudié en Madrid… Y también en Barcelona, añade ella entre sonrisas. ¿Ha viajado a los Estados Unidos? No. ¿Piensan visitar alguna otra ciudad? La idea es solo estar aquí. En Ciudad de México.

Justo lo que me había dicho Julián. Se enamoran de alguien y lo encienden a preguntas. Mientras tanto, en las taquillas del al lado, pasan hordas de chinos, gringos, suecos, japoneses, alemanes, coreanos y neozelandeses como si nada.

¿A qué se dedican en Colombia?, pregunta de golpe con la mirada clavada en Catalina. Dicto talleres de arte para niños, responde ella, continuando con la estrategia de las sonrisas. Yo escribo, me apresuro a decir. ¿Y en qué trabaja además de escribir?, replica como si ya tuviera preparada la pregunta. Por el momento en nada más. El tipo me mira como si repasara la superficie de mis pensamientos. ¿Y cuánto dinero traen? Aproximadamente mil dólares en la tarjeta débito.

Por algún motivo, nada de lo que decimos parece cuadrarle. No deja de volver sobre las mismas preguntas y de teclear en silencio como si fuéramos dos sombras que aparecen y desaparecen a su antojo. Entretanto, miro para otro lado, como si aquel trámite no tuviera la menor importancia.

¿Dónde se conoció con la persona que los hospeda? En Argentina. Vivimos un tiempo en el mismo hotel. El tipo deja de pronto de teclear, abre ambos pasaportes y procede a sellarlos. TAC. TAC. Bienvenidos a México, dice sin mirarnos. Como si no estuviera muy convencido del asunto.

4

Las luces de la pista muestran un aspecto espacial, se pierden a lo lejos en el negro infinito. El avión rueda despacio. Voltea aquí, voltea allá, como si surcara algún laberinto. Va tomando confianza, parece encontrar su rumbo. Finalmente acelera. Todo vibra. Todo tiembla. Hasta que las llantas abandonan el suelo y el mundo se vuelve pura liviandad. Casi silencio.

Abajo, cientos de luces ambarinas aparecen como estrellas clavadas en la sombra. Caminos invisibles serpentean las montañas. Un puñado de pueblos pende sobre algunos filos perdidos. Las luces se van haciendo escasas, sus enjambres se vuelven más y más dispersos. Los resplandores se tornan pequeños, difusos, diminutos, inexistentes.

Afuera es negro. No hay cielo, ni nubes, ni montañas, ni selvas, ni desiertos, ni ríos, ni mares. El mundo entero como era antes. Sin luz, sin rayos, sin fuego, sin sol.

Una azafata y un azafato pasan repartiendo el desayuno. ¿Tinto o aromática? ¿Jugo de naranja o de mandarina? Me tomo uno de mandarina, acompañado de un pastelito sin nada por dentro.

Los primeros matices del día se adivinan pronto en el horizonte. Sin embargo, antes de que el mar alcance a dibujarse, ya estamos en Panamá.

Bajar del avión. Ver las luces tempranas por los ventanales del aeropuerto. Caminar. Caminar. Buscar puesto. Sentarse. Esperar. Ver salir el sol. Alcanzar a pensar cosas raras. De esas que se parecen a los sueños. Creer dormir. Mirar los horarios en las pantallas. Mirar la hora. Oír los números de los vuelos. Cuando menos pensamos, ya hicimos la fila y estamos en el avión.

Desde arriba, los mismos tipos de verde, las mismas ondulaciones las mismas montañas a las que estamos acostumbrados. Luego quedamos entre las nubes. Luego, mucho más arriba, absorbidos por el cielo azul.

Al cabo de un tiempo abriendo y cerrando los ojos como si fuéramos dos androides obsoletos, el avión comienza a bajar y la tierra aparece de nuevo por la ventanilla. En lugar de verde, una inmensa planicie de paisajes dorados se alza entre diversas geometrías áridas.

El Popocatépetl está despejado, cubierto de nieve. A su alrededor, la disposición de pueblos y paisajes parece un dibujo a escala, trazado por una antigua civilización alienígena.

Luego, ciudad, ciudad, ciudad, ciudad, ciudad, ciudad, ciudad, ciudad, ciudad, ciudad, ciudad, ciudad, ciudad, ciudad, ciudad, ciudad, ciudad, ciudad, ciudad, ciudad y rayas y rayas y rayas y rayas y rayas y rayas y rayas y rayas y rayas y rayas y rayas y rayas y rayas que la atraviesan en todas las direcciones de un lado a otro.

5

2:30 de la mañana. Suena el despertador. Me despierto y veo a Catalina entre pilas y filas de cosas en torno a su mochila. No ha dormido ni un segundo y me mira desconcertada.

Me paro a ducharme y regreso como un sonámbulo. Catalina ya terminó de empacar. Corre de inmediato a ducharse y regresa enseguida.

Afuera hace un frío brutal. El man del carro aparece un poco antes de lo previsto. Salgo a abrirle el candado y vuelvo para sacar las mochilas y guardarlas en el baúl. Busco a Pepo, pero no lo veo por ninguna parte. Nada raro. A los gatos no les gustan las despedidas.

Catalina se está lavando los dientes. Al parecer ya tiene todo listo. Cuando voy a revisar el seguro de la puerta trasera, encuentro a Pepo acurrucado tras una matera. Me acerco a acariciarlo y se queda serio. En ese momento, Cata sale por la puerta de la cocina y empieza a poner llave. Le hago entonces el último cariñito a Pepo, camino hasta el portón y espero a que el carro salga.

Cierro el candado, abro la puerta helada del carro y me siento junto a Cata. No pienso ni en el viaje, ni en lo que pasará, ni en nada por el estilo. Todo lo contrario. Tengo la mente en blanco. Las lámparas del alumbrado público pasan frente a mí como si fueran una sola. Luego sigue una parte de curvas oscuras y finalmente salimos a la variante.

La aceleración no tarda en dibujarse en las líneas amarillas de la carretera y los reflectores naranjas sembrados a lo largo del asfalto. El aeropuerto no demora en aparecer. Como siempre, los momentos corren con tanta prisa que resulta imposible asimilarlos. ¿Cuánto de esto recordaremos dentro de un tiempo? ¿Incluso esta misma noche, mientras hacemos quién sabe qué? Vaya uno a saber. Seguramente, andaremos por ahí en la calle, comiéndonos unos tacos.

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Comentarios (2)

  • Pablo Mejía 7 meses ago Reply

    Sufrí mucho con la parte de inmigración, qué pereza eso, jeje.

    Miguel Botero 5 meses ago Reply

    Y en cambio al salir de Colombia, dizque todos queridos… jajaja

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