Viajar antes de viajar

Antes de viajar

El 31 no descansé, el 1º no descansé, el 2 tampoco, el 3 tampoco, el 4 menos, el 5 menos, el 6 todavía menos… hasta que al fin perdí la cuenta y ya no descansé más.

Entre otras cosas, subí de nuevo al Retiro y dos veces a La Ceja a visitar a mi papá. Primero con Tao y compañía. Luego con Cata. A Medellín también he bajado. Más que nada a verme con amigos y a conseguir algunas cosas que necesito para el viaje a México.

Lo más importante de todo era la mochila. La que venía usando ya tiene los años de los años y aunque todavía sirve, las costuras están flojas o rotas y no se puede apretar ni presionar de a mucho porque en cualquier momento se deshace.

Esa mochila era de mi hermano José Manuel. Él viajó con ella de Perú a Argentina y luego de Argentina a Colombia y la tuvo durante varios años en Bogotá. Solo que después él murió y la mochila me quedó de herencia para hacer prácticamente la misma ruta de él. Viajé con ella por Argentina, por Chile, por Bolivia, Perú, Ecuador y obviamente por Colombia.

Las mochilas que más me gustan son las medianas. De unos 30 o 35 litros. Más grandes me parecen un encarte y tienen la capacidad de convertir cualquier caminata en un martirio. Y es que claro. Uno primero suele conseguirla grande, solo por si acaso. Dice que no la va a llenar tanto, pero al final siempre termina llevando más de la cuenta. Y a la hora de acampar ni se diga.

Para México la idea es ir lo más liviano posible. Llevar un jean puesto, otro en la mochila, un pantalón delgadito, tres camisas, tres camisetas, una sudadera, una pantaloneta, medias, boxers… Aun así, tengo la sensación de estar llevando de más. Igual no importa. En algún momento, lo más normal es que uno termine dejando cosas por el camino.

Lo otro que conseguí fue una mochila de palma de chambira de las que hace John. También una batería de 10.000 Mah para cargar el celular y no tener que andar buscando enchufes todo el tiempo y una chaqueta barata que no pesa ni ocupa mucho espacio y unas botas livianas.

Eso en cuanto a conseguir. Porque de resto, faltan otro montón de asuntos que por andar trabajando en el mural dejé medio tirados. Y es que así uno no quiera, todo se va acumulando como el polvo hasta que llega el momento de ponerse a organizar. De hecho, creí que ese momento había llegado. Pero ahora resulta que no. Porque de repente, de tanto pensar en viaje, acaba de salir otro, un poco más cerca.

Bueno. En realidad, ya había salido. Durante el mural, con Pablo y Juanes habíamos dicho varias veces que apenas acabáramos de pintar, nos íbamos para el Huila a la finca de mi familia. Y sí… La idea era justamente eso. Arrancar en los primeros días de enero para que, al volver, Cata y yo tuviéramos tiempo de organizar lo que hace falta.

Pero por eso digo: la idea. Porque luego, por diversos motivos, la salida se retrasó. Incluso se enfrió, y Cata y yo nos relajamos hasta el punto de ponernos a hacer cualquier otra cosa menos lo que se suponía que debíamos hacer. Y así, sin saber muy bien ni lo que estamos haciendo, terminamos saliendo para el Huila apenas hoy, 14 de enero.

No importaron las cosas pendientes, ni que me sintiera un poco enfermo la víspera, ni que no alcancemos a despedirnos de nadie. De eso que uno simplemente dice: arranquemos y listo… ya luego se verá…

2

Cristina, Juanes y Pablo subieron entonces a primera hora por El Escobero, tomaron la variante del aeropuerto, entraron por Perico y pasaron a recogernos tipo 6:30. Hacía un frío de los bravos. Pusimos las mochilas en el baúl y salimos de nuevo hacia la variante. Llegamos al rompoy del aeropuerto y rodamos hacia la Medellín-Bogotá. Pasamos Marinilla, El Santuario, seguimos rumbo a Cocorná. La idea era bajar lo máximo posible antes de parar a desayunar.

Al llegar al peaje, una mujer nos informó de un accidente que mantendría cerrada la vía. Nos sugirió incluso que sería mejor devolvernos, pero obviamente no lo hicimos. Más bien pagamos el peaje, vimos pasar una ambulancia a mil por hora en nuestra misma dirección y parqueamos frente al primer desayunadero que encontramos. Pedimos caldos, huevos con hogao, arepa con quesito, chocolate, café, cocacola… Mientras tanto, algunos carros pasaban de subida. Filados. Intermitentes. Como cuando habilitan un solo carril y permiten circular por tandas.

El camino de bajada no fue entonces tan complicado. Un poco represado como era de esperarse, pero nada más. Lo más increíble fue que no había un choque, como nos habían dicho, sino seis. Todos prácticamente idénticos, con carros incrustados al borde de una curva, como si el pavimento anduviera cubierto de lama.

Seguimos entonces sin afán, y el tráfico se despejó más rápido de lo previsto. El frío fue mermando, luego desapareció, y cuando menos pensamos, ya teníamos todas las ventanillas abiertas. Olor a bosque húmedo. A tierra caliente. Pelos pegajosos. Ropas pegajosas. Cuellos pegajosos.

Como mucha gente sabe, ese camino fue una zona de guerra total hace unos años. Al principio, cuando la cosa se complicó más de lo normal, solo una compañía de buses y unos cuantos intrépidos se atrevían a transitarla de noche. Después la situación no hizo más que empeorar y las autoridades decidieron directamente clausurar el camino de montaña todas las noches. De seis de la tarde a seis de la mañana.

Para mayor seguridad, se instauraron incluso caravanas de vehículos. Un carro detrás de otro. Ejército por todos lados. Trincheras con bultos de arena. Armas a granel. Tanques de guerra. Casas abandonadas. Casas destruidas. Lo único que al parecer se mantenía ajeno a tanta bala era el paisaje natural. Montañas y montañas. Monte y más monte. Tonos de verde que parecen infinitos. Muchísima agua corriendo hacia el Magdalena. Plantas. Animales. Hongos. Piedras. El sonido inagotable de los insectos…

De unos años para acá, el paso volvió a ser relativamente normal. Sigue habiendo soldados en distintas partes, pero el nivel de violencia no es comparable al de antes. Ahora, de hecho, en vez de tanques de guerra, hay militares que estiran el pulgar, parados al borde del camino, para saludar a cada vehículo que pasa.

Como en muchas partes de Colombia, nadie puede decir que la región se haya convertido un remanso de paz, ni mucho menos. Pero sí es cierto que la situación ha mejorado en ciertos aspectos y que a pesar de las adversidades y los peligros, mucha gente ha vuelto y sigue volviendo a sus tierras en Cocorná, San Francisco, San Luis y demás pueblos aledaños.

3

Al pasar junto a la entrada de Río Claro, vemos el letrero de la reserva. Imaginamos acampadas, aguas verdes, playas de mármol enclavadas en la selva.

Metros más adelante, una montaña blanca y filosa irrumpe en aquel cuadro. En la siguiente curva, otra montaña igual de blanca. Luego otra, luego otra. Al borde del camino, rejas y mallas delimitan las distintas minas de cal a cielo abierto. Por encima del camino, algunas rampas y cintas transportadoras pasan como si nada.

El verde ininterrumpido regresa más adelante con el Samaná abriéndose paso entre las montañas. Dan ganas de tomar una canoa y seguir el viaje por ahí. Obviamente seguimos nuestro rumbo inicial y no tardamos en llegar abajo. Al Magdalena Medio. Al calor brutal de siempre.

Aire acondicionado. Sol. Música. Pasar Doradal. Un pueblo blanco de formas redondas que parece sacado de una isla griega. La Hacienda Nápoles convertida en parque. Atravesar Puerto Triunfo. Un largo corredor de comercio y cantinas-discotecas. Cruzar el puente sobre el Magdalena. Observar el caudal mermado por el verano. Parar a tomarse una cerveza. Gente que se acerca a ofrecer todo tipo de productos.

Sol. Volver a montarse al carro. Algunos ya han dormido. Otros no tardan en dormirse. Llegar a la Ruta del Sol. Doble calzada. Acelerar y sentir que el carro avanza por entre un tubo. Cruzar varios puentes más sobre el Magdalena. Pescadores en chalupas. Redes. Gente que mira pasar la carretera. Ventas: cerámica, tejidos, frutas, postres, sombreros. Sol. Comer sánduche mirando por la ventana. Tomar limonada helada de un termo.   

En Honda cruzamos por tercera vez el Magdalena y tomamos la nueva carretera que conecta con Girardot. Un paisaje más o menos virgen. Muchos árboles. Portones de fincas, caminos de fincas. A un lado, montañas rocosas. Al otro, pastizales ondulados. A medida que avanzamos, las hojas van tomando tintes amarillos, rojos, naranjas, marrones, como si nos sumergiéramos de repente en un otoño tropical. Poca gente, pocos pueblos, ningún sitio para parar. Rectas y más rectas que parecen trazadas con escuadra.

A la altura de Girardot, un par de moteles de carretera. El nuevo trazado no pasa por el pueblo. Tampoco por Flandes, que queda justo pasando el puente, en la otra orilla del Magdalena, en otro departamento. Tolima.

Entretanto, waze propone una pequeña trocha en dirección al Espinal. Hileras de árboles a ambos lados del camino forman por momentos túneles de vegetación. Al llegar al cruce del Espinal, el pueblo tampoco aparece. Paramos a tanquear. Aprovechamos para ir al baño y comer mandarina.

Los cultivos de arroz se bañan al sol hasta volverse fluorescentes. Geometrías de heno. Cultivos de sorgo, maíz, piña, melocotón, maracuyá, algodón, ahuyama. Nuevos túneles de vegetación en los que desaparece el calor. Sierras lejanas. Figuras que parecen recortadas contra el cielo. Más rectas. Zanjas a la orilla del camino. Los sombreros de las ventas van cambiando de forma. Hay unos altos y puntudos que antes no se veían. Sandías, bananos, anones, guanábanas, zapotes. Los primeros paquetes de achiras. Saldaña. Castilla. Natagaima. El cerro del Pacandé. Al sur, el Huila.

El paisaje se ha ido haciendo más seco. Los cerros cercanos aparecen ahora llenos de accesos y desfiladeros imposibles. Seguimos bordeando el Magdalena que no hace más que acercarse y alejarse del camino.  Al llegar a Neiva, lo cruzamos por enésima vez y buscamos la Olímpica para mercar.

4

La ciudad ha crecido bastante. Como no he venido tanto en los últimos años las calles se me confunden. Eso sin contar que de un tiempo para acá mi sentido de la ubicación anda cada vez peor y ya no se puede confiar en él. Afortunadamente el waze se encarga de guiarnos y no tengo que decir ni mu. Por dentro, sin embargo, me siento como un extraño en una ciudad a la que he venido demasiadas veces desde que tengo uso de razón.

Agua, agua, agua, fríjoles, lentejas, pasta, arroz, papel higiénico, panela, chocolate, café, banano, limón, pique, pique, pique, mayonesa, salsa de tomate, mostaza, papas, plátano verde, plátano maduro, huevos, areparina, mantequilla, aceite, sal, vinagre, queso costeño, quesillo, jamón, atún, champiñones, zucchini, berenjena, pepino, lechuga, tomate, repollo, cebolla larga, cebolla de huevo, zanahoria, carne molida, pierna de cerdo, chorizo, pan tajado, pan de hamburguesa, ron de Caldas, cerveza Póker, cocacola…

La mercada nos quita mucho tiempo. Casi se hace de noche. Llamo a Hellman para coordinar el tema de las llaves y el portón. Según dice, ya lo dejó abierto. Solo es cuestión de volver a enrollar bien la cadena y listo. Termina de oscurecer. Justo lo que no quería. Tener que enfrentar mi sentido de la desubicación con el paisaje indescifrable de la noche.

Después de un par de vueltas entre el tráfico, salimos hacia Villavieja. Al pasar Fortalecillas, paramos a comer. Tomamos gaseosa y nos damos cuenta de algo. Por una de esas cosas que nadie se explica, dejamos toda el agua en el supermercado. Al parecer, ni siquiera llegamos a pagarla.

En ninguno de los almacenes alrededor venden garrafones ni botellones. Compramos entonces unas cuantas botellas provisionales. Al día siguiente habrá que ir a Villavieja. Nos montamos de nuevo al carro. Ahora sí viene lo bueno. La oscuridad…

5

Cuando era niño, a partir de ese punto, el carro pasaba sobre cinco quebradas que uno se encargaba de contar para saber más o menos cuánto faltaba. Después de eso seguía una pequeña subida en curva, luego un plano y tras varios portones que uno reconocía a la perfección se llegaba a la entrada de la finca.

En ese sentido, el panorama ha cambiado. Las quebradas pasan ahora por debajo del camino y resulta difícil verlas en la noche. Afortunadamente, la pequeña subida en curva no se ha movido de su sitio y, a partir de este momento, clavo la vista en la sabana oscura. Sombras de arbustos, sombras de cactus, sombras de portones. Aves nocturnas, alambrados sin fin.

Las pocas casas y los caminos que se desprenden de la carretera podrían servirme de referencia. Lo malo es que los olvidé. No tengo más remedio que seguir pegado a la ventana como si la portada fuera a aparecer a la izquierda en cualquier momento. La carretera, sin embargo, sigue y sigue como si se estuviera burlando de mí.

Tras una ráfaga de dudas, hago que el carro se detenga frente a un portón. Me desmonto bajo un cielo sumamente negro y lleno de estrellas. Entre las luces de las farolas, revolotean todo tipo de insectos. A lo lejos, las llamas de las petroleras. También algunas luces que parecen estrellas en los lugares más inexplicables de las montañas.

Al acercarme al portón veo que me equivoqué. Si me pusiera a buscar, no podría haber encontrado uno más distinto al de la finca. ¿En qué andaba pensando desde la ventanilla? Vuelvo a montarme al carro y arrancamos. Nadie dice nada.

Poco después, reconozco el camino de Hato Nuevo. La referencia más obvia del mundo, y ni siquiera se me había ocurrido. Definitivamente, algo pasa con mi cabeza.

La misma portada de toda la vida no tarda en aparecer. Sus tubos anchos, su entorno despejado, un cactus gigantesco, la esquina entre dos cercas. Me bajo y desenredo la cadena. A partir de ahora solo es cuestión de avanzar hasta la casa. Vamos pesados. Hay que tener cuidado con las piedras y los tramos arenosos.

Comentarios (5)

  • Juan Acosta 7 meses ago Reply

    Excelente viaje, sentí que iba con ustedes en el carro…

  • Sebastián 7 meses ago Reply

    Qué nota, sentí el calor del valle del Magdalena. Gracias por compartirnos esto tan bacano, parce.

  • Fernando Botero Herrera 7 meses ago Reply

    Muy divertido Migue, gracias por el intenso relato, inolvidables momentos

  • xavier garcia 6 meses ago Reply

    Miguel, buenísimo! y la llegada… ja ja me pasó hace poco llegando con unos amigos de noche

    Miguel Botero 6 meses ago Reply

    Al menos no soy solo yo. Ya estaba preocupado… jajaja

Deja un comentario