Una alegre planeación del azar

La Planeación del azar

En primer lugar, ninguna idea. Únicamente lo básico. Vivir. Andar. Conocer. En tercer lugar, un esbozo. Así sea tímido, superfluo, insignificante. Más adelante, el viaje ya se encargará de ir dictando los pasos. Igual que uno. Obvio. Como al salir a la calle y escoger un rumbo. Una simple excusa para iniciar camino… Así que, en segundo lugar, justamente eso: una dirección. Un trémulo vector que irá cambiando con el tiempo.

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No sé si te acuerdas, pero cuando éramos niños, no dejábamos de oír que Ciudad de México era la más grande del mundo, que el tráfico era lo peor y que los altos niveles de contaminación equivalían a fumarse no sé cuántos cigarros al día. En ese tiempo Medellín tendría como mucho un millón y medio de habitantes y se podía cruzar de un lado a otro en menos de veinte minutos. De modo que al oír semejantes cosas uno solo podía imaginar lo horrible que sería vivir en una ciudad como esa, olvidando, así fuera por un momento, que en Medellín ponían bombas por todas partes y repartían bala a lo loco. 

Y no deja de ser paradójico. Porque con el paso de los años las cosas han terminado nivelándose por lo bajo. En México ya también se reparte bala de lo lindo, mientras que en Medellín batimos records de contaminación y hacinamiento que antes nos parecían imposibles.

Con todo y eso, al llegar a Ciudad de México me llevé varias sorpresas porque, la verdad, me imaginaba un desorden absoluto, un gentío inmanejable y resultó que, al final, semejante monstruo de ciudad, comparada con Medellín, me ha parecido incluso más tranquila. Con todo y que el tráfico sea la locura total y que haya una cantidad de comercio informal de proporciones insólitas. Esa típica desproporción de acá que lo vuelve todo tan alucinante.

Hay calles a las que no les cabe un solo puesto más. Y si uno se descuida, se pega la perdida del siglo o termina metido en el hueco más hueco. El otro día, sin ir más lejos, íbamos por la calle Argentina, más o menos a la altura del Zócalo, y fuimos avanzando hasta llegar a un punto en el que había tantos puestos y plásticos en los techos que ya no se veía ni el cielo. Y eso seguía y seguía hasta donde uno mirara y se iba poniendo cada vez más denso. Tanto que al final nos devolvimos.

Pero volviendo al tema de las calles tranquilas, una de las cosas que más me han llamado la atención es la poca altura de las construcciones en todas las zonas que hemos visitado. Algunos dicen que es debido a los temblores, pero el caso es que mientras en Medellín el valle es apretado y nos seguimos llenando de torres con cientos de apartamentos, aquí hay espacio de sobra y la mayoría de los barrios no suelen pasar de los tres o cuatro pisos de altura.

Muchas veces, más que en una gran ciudad, uno se siente recorriendo pequeñas localidades de calles amplias, con mucha vida de barrio y gente que ni siquiera vive de afán. ¡Ah! Porque esa es otra cosa que me ha sorprendido. La tranquilidad y la linda actitud de la gente. Incluso en el Centro. Nada que ver con Buenos Aires, donde las personas parecen emoticones rabiosos y aburridos y se la pasan gritándose las unas a las otras.

En cuanto a la contaminación obvio que es brava, aunque sinceramente a veces me arden más los ojos en Medellín. Quién sabe qué dirán los medidores. Además, el tema es muy variable. Hay días por ejemplo en que cielo parece despejado, pero cuando uno va en el metro en dirección al Centro, ve a lo lejos una cortina oscura que se interpone en el horizonte y no deja ver ni medio edificio. Mientras que hay veces, en las que al pasar entre Oceanía y San Lázaro se ve el Popocatépetl todo cubierto de nieve como si estuviera ahí no más, detrás de un cerro y unos edificios. A lo mejor tú también lo viste.  

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Antes de que se me olvide, acordate porfa de mandarme los contactos que me habías dicho. Antes no había ningún afán, pero de pronto como que se juntaron varias cosas y todo se aceleró y llevo un par de días mirando mapas. O más bien ampliando y desampliando el mismo mapa, porque la verdad es que hasta ahora no había abierto ninguno.

Y ni que no me gustaran. Seguro te acuerdas, cuando uno iba a la casa de los abuelos y veía el atlas de la biblioteca prácticamente tan grande como uno y se imaginaba que sería sin duda el libro más importante de todos. Y luego con mayor razón. Cuando se enteraba de lo que contenía y descubría lo pesado que era, como si aquellas hojas de tamaño casi geográfico contuvieran en realidad todos los paisajes de la Tierra.

Lo malo en ese tiempo era que a uno no lo dejaban ni tocar los libros. Y mucho menos ese. Y era raro. Porque uno nunca había dañado ninguno, pero los grandes se empeñaban en decir que uno lo iba a dañar, como si el asunto ya se hubiera comprobado miles de veces antes. Igual no era tan raro. Así solían portarse los grandes en aquel entonces. Como cuando uno les preguntaba varias veces algo y ellos simplemente se quedaban callados.

Pero bueno. Afortunadamente o desafortunadamente crecimos y mínimo ahora somos nosotros los que nos quedamos callados cuando los niños nos preguntan algo. Aunque mentira. Yo hasta de pronto, pero tú seguro que siempre le respondes a Tao.

El caso es que en algún momento recuerdo que ya me bajaban el atlas de la biblioteca y que yo lo ponía sobre un tapete blanco y peludo y me acostaba bocabajo, apoyado en los codos, y me quedaba pasando las páginas como si me hallara ante los secretos más profundos del planeta. Más adelante, incluso, como vieron que me gustaba tanto, y que reconocía lugares tan lejanos como la península de Kamchatka, me regalaron un atlas de Salvat. De ese seguro te acuerdas, del que estuvo toda la vida en la casa.

En un tiempo, una de las cosas que más me gustaban era traducir las disparatadas formas del relieve a figuras más familiares. Y de esa manera sabía por ejemplo que Boyacá era un murciélago, Antioquia, un pavo sin patas o una nueva especie de dragón, y que Colombia, pese a su forma de genio o de fantasma que no termina de salir de la botella, en el fondo no es tan distinta patas arriba o patas abajo. Lo más charro, de hecho, fue que estos días, mirando el mapa de México, descubrí que parece un caballito de mar con microcefalia.

Seguro también te acuerdas de la colección de estampillas. Así estuvieras muy pequeño, varias veces me ayudaste a meter los sobres en agua, preferentemente tibia, hasta que la pega soltaba y las estampillas salían solas. Luego las dejábamos sobre una toalla y, una vez secas, las metíamos dentro de un libro para que se aplanaran. Después yo me encargaba de clasificarlas por países y, como las de Colombia eran mayoría, las clasificaba a su vez por animales, personas, regiones o incluso por tamaños, formas y colores. Lo que más me gustaba, sin embargo, era el momento de pegarlas en el álbum, con esos papelitos amarillos que uno medio babeaba con la punta de la lengua para activar la pega y que sabían algo dulces, muy similar al pegamento de los sobres.   

Y te lo digo porque siempre dejaba los demás países para lo último y luego los iba buscando uno a uno en el atlas. Y eran bastantes. Porque a todo el que conocía le contaba que coleccionaba estampillas y mucha gente me guardaba los sobres o hasta me regalaban pequeñas colecciones. Como será que hasta llegué a tener estampillas de lugares que ya ni siquiera aparecían en el atlas, como Alto Volta, Rodesia y Ceilán.   

De todas formas, los recuerdos de esa época no son del todo confiables. Yo por ejemplo me veo a toda hora clasificando estampillas y buscando países en el atlas, pero si me pongo a ver, también me la pasaba jugando fútbol o en las casas de los amigos o tomando gaseosa frente a la tienda o jugando policías y ladrones en la plazoleta o viendo una cantidad absurda de programas de televisión. ¿Cómo haría uno para que le rindiera tanto el tiempo?

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Igual no sé… Eso de pronto no es lo importante. Además, te estaba hablando era de los contactos para que porfa te acordés de pasármelos porque, de repente, como que todo se aceleró y los necesito para ir cuadrando algunas cosas.

Y es que en un principio, la idea era más o menos la que te conté hace poco. Llegar a Ciudad de México, pagar un mes de alojamiento, visitar en algún momento a Nati y a Juan en Guadalajara y de ahí bajar a Oaxaca y a Chiapas a buscar dónde quedarnos un tiempo y trabajar dictando talleres.

Y pues en eso andábamos. Ya teníamos el mes pago en Neza y parecíamos disponer de todo el tiempo del mundo para ir decidiendo las cosas paso a paso. Solo que el lunes hablé con Camilo, el amigo que trabaja en robótica en Tallahassee, y como el hombre anda también corriendo distancias largas, al estilo rarámuri, no ha hecho sino decirme que vaya a conocer la Sierra Tarahumara, donde justamente corrió 50 kilómetros hace poco. Me habló además del recorrido del tren Chepe que va desde Chihuahua hasta los Mochis, cerca de la costa en Sinaloa, y me pareció la excusa perfecta para hacer un recorrido por el norte. De hecho, estuve viendo precios y creo que se puede.

Y cómo son las cosas. Porque no fue sino pensar eso, para que Julián me hablara de un amigo suyo en la Huasteca, creo que en Xilitla, al que le podemos caer en Semana Santa. O sino arrancar para Real de Catorce, un toque más arriba de San Luis Potosí, a acampar en el semidesierto y ver si de pronto se nos atraviesa algún peyote. Solo que lo mismo. No fue sino tocar el tema para que Nati me contara que se van a devolver para Medellín mucho antes de lo previsto y que si nos queremos ver, tiene que ser pronto.

Por eso ando pegado a los mapas. Buscando posibles rutas y viendo, además, que por andar fijándome en sitios tan lejanos como la península de Kamchatka, casi ni conocía la geografía mexicana.  

Por el Chavo, cualquiera sabe que Acapulco queda en el mar. Así que eso ni cuenta. De tanto verlas en las noticias, en cambio, sabía dónde están Tijuana y Ciudad Juárez. También tenía ubicado a Chiapas, más que todo por los zapatistas, así como la frontera con Guatemala y con ese lugar tan enigmático llamado Belice. Tenía más o menos referenciada la península de Yucatán y la Riviera Maya, que aparecen en cualquier cartilla turística, y a Sinaloa, por el hecho de haber desplazado a Medellín en cuanto a narcos famosos. Y a Ciudad de México, obvio, casi clavada en el centro, aunque tirando bastante para el sur.

Porque de resto, nada. A Guadalajara, por ejemplo, me la podrían haber pintado en cualquier parte del mapa y me lo habría creído. Lo mismo que a Monterrey, Morelia, Toluca, León, Nuevo León, Veracruz, Querétaro y todas las demás ciudades, cuyos nombres uno conoce de memoria por las rancheras y por haber visto tanto fútbol. Solo que en lugar de relacionarlos con sitios específicos en el mapa, más bien los asociaba con todo el zoológico de la liga mexicana: pumas, zorros, monarcas, leones, tigres, chivas, tiburones, gallos, águilas, xolos…  

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Pero bueno. Mejor te resumo la idea. Apenas se nos termine el mes en Neza, nos quedaremos unos días donde Julián en Tlalpan, antes de subir a encontrarnos con Nati y Juan en San Miguel Allende y estar un par de días donde Ann, una amiga de Cecilia, y subirnos luego con ellos hasta Guadalajara, conocer los alrededores tequileros y vernos después con Julián en Xilitla o en Real de Catorce, para luego subir a Chihuahua y hacer los 653 kilómetros del tren Chepe por las Barrancas del Cobre, con dos paradas de por medio, y finalmente empezar a bajar, primero por la costa, acampanado por ahí y cocinando con leña, pasando más adelante por el lago Pátzcuaro, del que tanto se habla por la fiesta de los muertos, y ahí sí bajar hasta Chiapas, donde en algún momento habrá que cruzar a Guatemala para renovar la estadía otros seis meses. La idea sería volver entonces a quedarnos otro tiempo en Chiapas y luego subir a Oaxaca.

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Aprovechando que hoy amaneció sin el solazo tan bravo de los últimos días, vine a escribirte al Bosque Aragón. No creo que lo conozcas. Queda como a veintitantos minutos de la casa y más que un bosque es en realidad una zona verde con árboles dispersos y dos circuitos que le dan la vuelta a un par de laguitos.

Se nota que el sitio andaba medio dejado y que ahora lo están arreglando. Hay por ejemplo un trencito abandonado que le daba la vuelta a los laguitos, pasando por un puente como de cuento infantil.

Los laguitos están llenos de patos de distintas clases y de gansos y de otro montón de aves, entre ellas unas pequeñitas y oscuras que vuelan súper rápido y forman abanicos sombreados que se envuelven y se desenvuelven como mantos parpadeantes en el cielo.

Muchos de esos patos son migratorios y hasta hace un tiempo no venían aquí. Me lo contó Nani, una amiga súper querida, de la que Lukas me pasó el contacto. Según dijo, los patos antes paraban por la zona del antiguo lago de Texcoco, o sea por donde iba a quedar el nuevo aeropuerto que al final paró AMLO. Esa obra como que les alteró el ambiente y por eso algunos se vinieron para acá, tan adentro de la ciudad.

Los patos me parecen lo máximo. Son divertidos, curiosos, caminan, corren, nadan, se zambullen, vuelan y hasta migran miles de kilómetros. No les falta sino tener luces. En este momento, justo hay uno de pico azul picoteando las migajas que le acaba de lanzar un niño. Por el pico, se me hace prácticamente igual a los que se ven a la laguna del Otún. Seguro que a Tao le encantaría y también le tiraría pan y luego se pondría a pintarlo sobre una hoja.

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Y bueno, Figna, esas son las novedades por hoy. Tenías razón cuando dijiste que me iba a gustar México. Con solo conocer Ciudad de México, ya me parece un país muy chingón.

Espero que todo vaya muy bien por Villa de Leyva, que andes sembrando mucho y que termines pronto de construir el taller. Muchos abrazos para Tao y en estos días hablamos.

                                                      Miguel

P.D. No se te olvide porfa mandarme los contactos.

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1 comentario

  • Catalina 6 meses ago Reply

    Lo básico…Compartido.
    Me imagino al Miguel niño… a mí niña… esa relación tan profunda con los hermanitos.
    Muy bueno está. Sí.

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