Otro litro de blanco, por favor

Vista frente a un litro de blanco

Salimos temprano para el Centro. La idea era comprar un kilo de café molido en un sitio que habíamos visto ayer, gracias a que íbamos para la biblioteca Vasconcelos y que en el camino nos desviamos sin darnos cuenta y terminamos en cualquier otra parte, más exactamente en el mercado de San Juan, que recorrimos casi en su totalidad, sin saber ni para dónde mirar de tanta cosa que había, pero al mismo tiempo reconociendo algunos productos que ya hemos comprado en los mercados de Neza: tortillas de maíz, queso oaxaca, queso cotija, queso panela, nopal, mole en polvo y chiles y salsas de chiles de todos los calibres y colores. Hay uno por ejemplo llamado chile de árbol, que le sigue al habanero en picor, y que lo pone a sudar a uno hasta en la nunca y detrás de las orejas.

También vimos algunos productos que no conocíamos como el huitlacoche, un maíz lleno de hongos oscuros, que parece como podrido, pero que sabe buenísimo, tortillas azules, mariscos secos, hojas de maíz, llamadas totomoxtle, tostadas de maíz y una gran variedad de semillas tostadas y todo tipo de condimentos y comidas secas o molidas.  

Claro que en ese momento todavía no sabíamos que antes de entrar al mercado habíamos estado caminado en dirección contraria por lo menos veinte minutos y que, por lo tanto, no estábamos donde creíamos que estábamos, sino en un lugar que ni siquiera teníamos en nuestro radar. De todas formas, eso ni siquiera importaba. No teníamos que encontrarnos con nadie y no había ninguna diferencia entre conocer hacia un lado o conocer hacia el otro. En ese sentido, cualquier dirección era correcta. Incluso perderse que, al final de cuentas, es unas de las mejores maneras de conocer.  

Pero el caso es que íbamos así, desprevenidos, sin saber siquiera dónde estábamos, cuando de pronto, al pasar por una esquina, nos llegó un aroma a café recién molido. Intenso. Feliz. Novedoso. Al mejor estilo de las cosas que uno lleva tanto tiempo buscando que incluso se olvida de ellas. Y no fue algo tan superficial como si, de repente, un olor lo llevara a uno de paseo por los recuerdos. Todo lo contrario. Esto no se trataba de analizar lo que ya pasó hace un montón de tiempo, ni de dar vueltas en torno a lo mismo una y otra vez, sino de algo en verdad prioritario. De primera necesidad. Porque en los últimos días no habíamos hecho más que recorrer los mercados de Nezahualcóyotl en busca de algo en apariencia tan sencillo como una libra o un kilo de café molido para preparar con filtro al despertar en la mañana. Desafortunadamente, aparte de frascos y frascos de café instantáneo, lo máximo que habíamos visto eran unos sobres muy pequeños que salían algo costosos y encima venían con azúcar incorporada.

Por eso cuando pasamos por ese sitio y nos olió a café recién molido y vimos el letrero de Café Villarías y descubrimos un almacén más especializado que cualquiera de los que existen en Medellín, con máquinas clásicas de tostar y moler, y sin mesas, ni sillas, ni postres que distraigan la atención de lo fundamental, se nos iluminaron los ojos, así nos imagináramos, en un principio, que los precios iban a estar fuera de nuestro alcance.

Afortunadamente, no fue tan así. Los precios aparecieron enseguida frente a nosotros, escritos en tiza sobre unas pizarras y aunque tampoco es que fueran regalados, al tratarse de algo tan importante, tan esencial, bien se podía hacer el esfuerzo. La cuestión era que necesitábamos por lo menos un kilo y como no queríamos gastarnos la poca plata que llevábamos encima, más bien dejamos la compra para el día siguiente.

2

Así que salimos temprano para el Centro, nos bajamos en la estación San Juan y llegamos directo a Café Villarías, como si ya supiéramos el camino de memoria. Ahora seguía lo más difícil. Escoger entre varios granos que no conocíamos. Como quien dice, tratar de imaginar una supuesta relación calidad-precio a partir de la nada, pero con la ayuda de un señor de pelo blanco y aspecto tan clásico como el lugar. Gracias a él nos decantamos pronto por el recomendado de la casa, una mezcla por partes iguales de tres granos distintos que el hombre se encargó de hacernos oler y que al parecer nos gustaron.

A continuación, sacó la dosis de cada grano desde distintos sacos, mediante una palita metálica, luego los fue poniendo sobre una pesa de las que cuelgan y marcan el kilaje como la manecilla apurada de un reloj. Todo eso lo echó en una bandeja de cobre y lo fue mezclando gracias a un movimiento seco y acompasado que hacía bailar los granos en el aire, justo en el punto para que no salieran volando y sonaran además como un cascabel. De ahí los echó en una moledora enorme, en la que nuestro kilo parecía apenas un sobrante. Por último, empaquetó el café ya molido en una bolsa de papel con el logo del lugar impreso y nos pasó la factura. Debíamos pagar en la caja y regresar por nuestra bolsa.

El día anterior yo había estado investigando pulquerías por ese sector y había descubierto una llamada Los Duelistas, que quedaba ahí no más a la vuelta. Aproveché entonces para preguntarle al hombre por la ubicación del sitio. Porque ayer fue ayer. Mientras que hoy no podemos darnos el lujo de andar deambulando por ahí en cualquier dirección como dos aves sin rumbo. Todo lo contrario. Tenemos el tiempo justo para probar el pulque y salir directo hacia la estación Viveros a encontrarnos con Julián y Natalia, una amiga que vino de Bogotá.

Al oír la palabra pulquería, al hombre se le dibuja una sonrisa y nos mira como a viejos compañeros de copas. Él también va para allá en un rato, apenas salga del trabajo. Si todavía estamos por esos lados, seguro que nos tomamos un par pulques juntos. Por lo pronto, solo debemos cruzar la calle, pasar la carnicería que vemos al frente y voltear a la izquierda en toda la esquina. Dos casas después, aparecerá los Duelistas.

Desde la calle, la puerta y el man que hay parado junto a la puerta no dejan ver mucho que digamos y uno bien podría pasar de largo sin enterarse de nada. Nosotros, de hecho, dudamos un par de veces, pensando que puede ser más adelante. Hasta que, justamente, el man de la entrada nos invita a seguir.

El lugar es un cuadrado más bien pequeño, de contrastes oscuros y resplandores fuertes sobre la barra. Un mural de colores vibrantes, hecho por partes distintas que incluso se repiten por zonas, cubre la totalidad de las paredes y el techo. Hay mesas grandes para compartir y una rockola con cumbia a todo volumen.

Nos sentamos enseguida en las únicas dos butacas que vemos y saludamos a nuestros vecinos de mesa. El primero en devolvernos unas palabras es un borracho recontraborracho que hay junto a Catalina. Nos cuenta que el pulque existe desde hace miles de años y que es puro poder. Tres oficinistas de aspecto alegre asienten detrás de él. Junto a ellas, una pareja bastante mayor nos pregunta de dónde somos. A mi lado, otra pareja más joven, también nos da la bienvenida y se encarga de ayudarnos a interpretar la carta que hay pegada frente a nosotros, en una de las columnas.   

En resumidas cuentas, hay dos modalidades: pulque blanco y pulque curado. El blanco es puro, tal y como queda tras la fermentación de la savia de algún maguey pulquero, mientras que los curados abarcan una amplia gama de sabores que se le adicionan luego y que van desde el apio, la avena, el coco, la fresa y otras frutas, hasta variantes tan estrafalarias como galletas óreo y ostión. A excepción del borracho recontraborracho, nuestros vecinos toman pulques curados y nos confirman que, en su mayoría, son bastante dulces.

El mesero no tarda en acercarse. Debemos escoger entre varios tamaños: vaso, litro o cubeta. Y una vez más, la opción del borracho recontraborracho parece la más acertada. Así que pedimos un litro de blanco, que llega tan rápido como si ya estuviera servido en la mesa de al lado. El mesero se nos queda mirando y el borracho recontraborracho nos explica: pulque servido, pulque pagado. Son 30 pesos.

Cata sugiere que yo lo pruebe primero. El vidrio del vaso está bastante frío. El sabor me parece extraño, rico, suave en alcohol. Algo así como un primo lejano de la chicha de maíz, pero de textura más babosa, más pencosa. A Catalina, de hecho, le cuesta un poco tomarlo, en tanto que el borracho recontraborracho no deja de mirarla como si se le acabara de aparecer la virgen.

En un momento, al mirar el reloj, descubrimos que se nos hizo más tarde de lo esperado y procuramos tomarnos deprisa el resto del pulque. Por fin nos disponemos a salir. Solo que en vez de hacerlo, por una de esas cosas imposibles de explicar, terminamos haciendo justo lo contrario. O sea pidiendo otro litro de blanco que debemos tomarnos a la velocidad de la luz si es que aspiramos a vernos algún día con Julián. Al final nos despedimos de los compañeros de mesa y aprovechamos para orinar. Al salir a la calle, nos sentimos un poco más ligeros de lo esperado.

3

En lugar de hacer trasbordos y de terminar caminando cuadras enteras por debajo de la tierra, decidimos ir más bien hasta la estación Balderas. Peguntamos un par de veces por el camino y llegamos fácil. El asunto es la hora. Llevamos casi cuarenta minutos de retraso, así que mejor le pongo un mensaje a Julián. No vaya a ser que se aburra de esperarnos.

Al llegar al torniquete del metro, a Catalina le dan otra vez ganas de orinar y no puedo evitar mirarla como a un bicho raro. Solo son nueve estaciones. ¿Qué tanto puede ser? Ella no parece muy convencida, pero igual pasa el torniquete.

En la estación Viveros, Catalina sale disparada del vagón y sube como un rayo por las primeras escalas que ve. Yo subo despacio a buscar a Julián y a Natalia y los encuentro enseguida, al otro lado de una avenida, recostados contra una baranda, aprovechando los últimos rayos de la tarde. Afortunadamente algo también los retrasó y no llevan tanto tiempo esperando.

A Catalina, por lo visto, le tocó ir bastante lejos para conseguir un baño. Cuando por fin vuelve, Julián acaba de sacar una botellita de mezcal que ganó en una apuesta. Nos tomamos entonces un trago y nos adentramos en unas calles empedradas, de casas gigantescas que apenas se adivinan tras los muros que delimitan sus extensos jardines. Adentro y afuera, hay árboles florecidos en pleno invierno y, a excepción de un par de cámaras de vigilancia, todo tiene el aspecto de otro tiempo. Vamos muy campantes, muy orondos, disfrutando de la vista, cuando unas ganas urgentes de orinar me caen de golpe. Sin aviso, sin puntos medios, sin tregua. Como si acabara de despertar sobresaltado en medio de la noche.

A nuestro alrededor todo sigue igual. Mansiones frías, árboles, muros, puertas impenetrables. Ni un solo local. Nada que pueda servirme. Solo gente que camina junto a sus perros, y carros que pasan y pasan como si también fueran de paseo. Por un instante, no puedo evitar sentirme como un niño que aún no controla los aspectos más elementales de su vida. Sin embargo, ya no es tiempo de pensar y, unos pasos más adelante, salgo disparado por un callejón vacío que aparece milagrosamente hasta detenerme frente a un árbol a mitad de cuadra donde por fin suelto el chorro. O el chorro me suelta a mí. Es difícil saberlo. En todo caso, alivio total.

Después de unas cuantas risas, nos tomamos otro mezcal y seguimos recorriendo calles empedradas. Caserones soñados, jardines imperdibles. Colores. Colores. Hasta que por algún motivo de esos raros, pienso en los comentarios supuestamente eruditos que adornan los paseos turísticos, como si viajar consistiera en ir atiborrándose de datos súper especializados que, en realidad, a muy poca gente le importan.

Frente a nosotros, podemos apreciar la arquitectura de tal y tal estilo, sus arcos característicos, sus formas curvas que dialogan a la perfección con el paisaje y que inspiraron hace cuatrocientos a la esposa de no sé quién. Los años de fundación y de nacimiento y de construcción de cualquier cosa resultan de repente fundamentales, como si en sus dígitos se escondieran profundos tesoros alquímicos o cabalísticos.

Si entráramos a las casas, encontraríamos sin duda historias aún más pintorescas. Todas las tardes, durante cincuenta años, Don Pepito Pérez se sentaba a tomar el té en este corredor, mientras revisaba pacientemente el inventario pormenorizado de sus esclavos. O esta silla típica del siglo XVI está hecha de ébano, con incrustaciones de marfil. Perteneció a doña no sé quién y fue traída en barco desde no sé dónde tras un arduo periplo. 

Desde mi punto de vista, algo sin sentido. Como si aquellos fríos datos del pasado siguieran siendo los encargados de mediar la experiencia y la relación de la gente con un sitio completamente nuevo. Sobre todo, porque conocer es como mínimo permanecer un tiempo. Lo otro es simplemente novedad. Pasar. Interactuar. Maravillarse. Dejarse tocar por una cosa y luego por otra y por otra y por otra, mientras la una borra a la anterior, como tímidas olas que se suceden en una pantalla de plasma.

Tal vez no tenga nada que ver, pero en este momento me imagino de pronto viviendo en cualquiera de estas casas. Mirando por la ventana de una pequeña torre de ventanas de cuento a la gente que pasa. Haciéndome preguntas, dejándome llevar por el ir y venir de las calles a medida que cae la noche.

4

Nos detenemos en una plaza. Hay un kiosco en medio y una fuente de dos coyotes que parecen jugando, casi plateados, a media luz. Niños corriendo con cometas diminutas que se elevan con tan solo tirar de un hilo invisible. Papalotes de invierno. Un lugar tranquilo, en el que cualquiera quisiera salir a pasear cerca de casa.

Damos una vuelta por un mercado de cachivaques, en el que Julián y Natalia aprovechan para comer elote, mientras Cata y yo buscamos de nuevo un baño.

Al parecer, Julián conoce una buena pulquería un poco más adelante. Así que vamos yendo despacio, viendo gente, casas, luces, árboles, jardines, sitios de comida, bares… Hasta que finalmente Julián nos señala el lugar. Una casa vieja, pintada de blanco. Un sitio sencillo, sin artilugios.

Al sentarnos, el mesero nos informa que el pulque es de hoy, fresco. Pedimos entonces tres litros, que no tardan en llegar en vasos plásticos de colores alegres, perfectos para una foto que les queremos mandar a unos amigos.

Todavía es demasiado pronto para andar de catador de pulque, pero este me parece igual de rico que el de Los Duelistas. Tal vez un poco más baboso. En todo caso a ninguno de los dos les he sentido mucho el alcohol. Tal vez por eso todos tomamos tan deprisa, como si fuera un jugo.

Al rato pedimos otros dos litros y sucede lo inesperado. Aunque apenas van a ser las 8, nos informan que están a punto de cerrar. En solo quince minutos. Aun así, si nos comprometemos a tomarnos el pulque en ese tiempo, nos pueden servir lo que pidamos.

Como quien dice, la misma película de hace un rato. Pagar, tomar de afán, orinar, despedirse y salir. Sin embargo, como las cosas no suelen ser tan predecibles, a último momento se abre la posibilidad de llevar dos litros más en vasos de icopor con tapa, para ir tomando con pitillo. Popote. No tenemos ni que pensarlo.

Al salir de nuevo a la calle, nos recibe un viento frío. Julián dice que este invierno ha estado más bien suave y propone que vayamos a conocer la Cineteca. De modo que avanzamos por nuevos callejones de piedra, hasta que las calles vuelven a ser de asfalto común y corriente y pasamos una avenida que nos conduce directo a la Cineteca, por un largo sendero con mangas alrededor, donde varias parejas tendidas se besan sin descanso. Poco más adelante, aparece una gran estructura blanca atravesada por cientos de huequitos en forma de triángulo. Por sus ángulos cambiantes y las luces que intensifican la sensación de movimiento, parece una nave nodriza que viene a invadir el planeta.

Como era de esperarse, todos llegamos directo al baño. Luego nos sentamos en unas bancas frente a la taquilla a tomar pulque con pitillo y aprovecho para ir a mirar la cartelera. Solo que mi vista de cerca anda cada vez peor y ya ni para eso alcanza. Me conformo entonces con los afiches y me encuentro enseguida con el de Parasite. Se lo muestro a Catalina para que vengamos. Martes y miércoles es casi a mitad de precio.

Tras unos cuantos pulques, el viento nos está congelando, así que entramos por un corredor que conduce a una plazuela con varias salas y cafés y bares y tiendas y a una exposición de fotos de la época en que Buñuel vivió en México que parece gratis, pero que al final se nos termina saliendo del presupuesto. Al igual que cualquier cerveza en los negocios alrededor, que a pesar de eso tienen fila frente a sus puertas. Lo mejor será seguir caminando por el barrio y buscar otro sitio.

Y estamos a punto de hacerlo, cuando pasamos junto a una foto en sepia, recortada en tamaño real, con el típico hueco ovalado para meter la cara y tomarse fotos. Una actriz con un vestido ceñido y un cuerpo de película. Y no sé. De esas cosas que uno ni piensa. Porque cuando vamos a ver, Cata, Natalia y yo ya nos estamos turnando para posar, mientras Julián nos observa con cara de pena ajena desde cierta distancia.

Las primeras fotos quedan muy bien. Pura diversión. ¿Pero qué tal si tomamos otras y las pasamos a blanco y negro para que el color de nuestros rostros no contraste tanto con lo demás? Empezamos entonces una nueva ronda de fotos y la de Natalia no puede quedar mejor. Su expresión parece incluso de otra época. No paramos de reír. Luego sigo yo. Luego Catalina. Tomemos otra, tomemos otra. Otra, otra…

De pronto, un tipo aparece de la nada y me pregunta por lo que tengo en el vaso. Se lo paso para que él mismo vea lo poco que queda. Retira lentamente la tapa y enseguida pronuncia la palabra: pulque. Nos mira con severidad y se limita a decir que está prohibido consumir bebidas alcohólicas en sitios públicos. A continuación, dos vigilantes de aspecto más policíaco se nos acercan para indicarnos que debemos acompañarlos y abandonar las instalaciones de la Cineteca.

 Todo pasa demasiado pronto. Las risas apenas acaban de apagarse y alguien ya nos escolta, mientras avanzamos en una especie de desfile ridículo. Pasamos junto a las filas de los bares, junto a las filas de los restaurantes, junto a las salas, junto a la taquilla, debajo de la nave espacial, por el sendero que cruza los jardines llenos de parejas besándose… A nuestras espaldas, un walkie talkie no deja de rezongar palabras absurdas, inútiles. Al escucharlas, cualquiera diría que se hallan frente al operativo más importante de los últimos tiempos.

También te puede interesar

No hay comentarios

Deja un comentario