Mucho sol y mucho cuadrito

Mucho sol

En un principio la idea era bajar y subir de Santa Elena todos los días. Solo que luego, como suele suceder, las cosas cambiaron. Primero porque después del curso de trabajo en alturas quedé tan cansado que no quise ni imaginarme cómo sería cuando ya estuviéramos trabajando de verdad. Y segundo, porque a la mamá de Catalina le programaron una operación y ella tendrá que acompañarla. Así que al final ambos nos vinimos a quedar un tiempo en el apartamento de Juan y Nati en Carlos E.

A pesar de la comodidad de no tener que bajar y subir de la montaña todos los días como un loco, desde que este asunto del mural empezó ya más en serio, no he podido dormir bien. Y eso que vuelvo cansado de verdad, anhelando la hora de llegar a la cama. Y que además, al final de la jornada, siempre nos quedamos tomando cerveza y Black &White en el parque del Poblado con la gente de los otros murales.

Tampoco es que volvamos caídos de la rasca ni nada por el estilo. Al contrario. De alguna forma, es como si el trago solo apaciguara el cansancio y la adrenalina del día y lo mandara a uno más repuesto para la casa. Por lo general, ni siquiera trasnochamos y lo más normal es que cada quien se guarde tipo 10:30.

Yo por ejemplo bajo por la 10 a coger el último metro. Paso frente al mural que se ilumina de mil formas distintas gracias a una pantalla gigante que tiene enfrente. Hago trasbordo en San Antonio, subo a la plataforma de la línea B y ahí me encuentro con Cata. Luego nos bajamos en Suramericana y caminamos por la 65 hasta llegar a Carlos E. Nos comemos de a porción de pizza en uno de los carritos del corredor y seguimos derecho para la casa.

El asunto es que por muy cansado que esté, nunca me duermo antes de la una. Siempre me pongo a leer, a ver alguna película, alguna serie y apenas me da sueño, ahí sí aprovecho para pegar el ojo. Hasta que tipo 4:30 me despierto sin ningún motivo y ya no soy capaz de volver a dormirme.

Igual no soy el único. Ya lo hemos hablado con los otros y lo más seguro es que tenga que ver con tantas sensaciones a las que no estamos acostumbrados. Como si de alguna manera la energía se quedara dando vueltas por dentro y uno ya no fuera capaz de quedarse quieto y, para completar, anduviera pensando en el siguiente día. Algo así como una manía, en la que si uno se descuida, termina pensando y hablando a toda hora de ese mural. De hecho, ahora que caigo en cuenta, ni siquiera he vuelto a pensar en el viaje a México.

Obviamente, el tema del riesgo es importante. Aunque se supone que estamos trabajando con todos los cuidados y seguridades posibles, uno siente nervios. Algunos más que otros, pero nadie puede venir a decir que le da lo mismo.

De todas formas, eso de no dormir tampoco me estresa. Cuando el sueño no llega, no hay nada que hacer, así que ni modo. Más bien lo acepto enseguida y como en una especie de plegaria interna agradezco el hecho de poder seguir acostado y descansar un rato más. Cierro entonces los ojos y solo los abro de vez en cuando para ir distinguiendo los primeros tonos de la madrugada. Esos que uno apenas adivina, que todavía no sabe si son un sueño o parte de la imaginación o uno de los delirantes efectos ópticos de la noche.

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Pero bueno. Los colores del cielo van cambiando y toda la cosa hasta en algún momento, tipo 6:30, no me queda más remedio que levantarme y bañarme y echarme desodorante y vestirme y lavarme los dientes y tomarme dos vasados de agua y salir a coger un colectivo de Caldas que va por toda la avenida del Río y que me deja en la estación Poblado en menos de veinte minutos. Para el caos vehicular que se apoderó de Medellín, es casi como un milagro.

Después de cruzar el río por el peatonal del metro y de pasar entre el mar de gente que es esa estación, bajo las escaleras y me compro un jugo de naranja con dos pandebonos recién salidos del horno en el primer kiosco a la derecha. Me los como ahí no más, sentado en un murito a la entrada del INEM. Por estos días no me tomo un tinto ni a palo por el tema de la orinada en el andamio. Luego cruzo las Vegas, me meto por debajo del puente y voy mirando los avances del mural del otro colectivo, antes de pasar la 10 justo donde termina el puente.

Para entonces son más o menos las 7:20 de la mañana y los primeros en llegar andan ya conversando en el murito frente al lavadero. A menos que alguien vaya a demorarse en serio, toca esperar a que lleguemos todos antes de llamar a algún SISO para firmar la planilla. Lo siguiente es bajar al garaje del hotel, ponerse la ropa de trabajo y subir finalmente al lavandero.

Todos los días, sin excepción, el sol ha estado bravo rebravo y no queda de otra que ponerse varias capas de antisolar. Sebas me presta uno dizque 105 que de verdad no deja pasar nada. Para echármelo bien, uso el vidrio de algún carro del lavadero como espejo y suelo quedar tan blanco como un espanto. Algunas veces, de hecho, me siento como en una especie de ritual antes de ir a la guerra.

Una de las principales reglas del trabajo en alturas es evitar el afán y no apresurar a ningún compañero. Aunque nunca falta el acelerado, la idea es que cada quien se tome el tiempo para hacer sus cosas. Tampoco se trata de eternizarse en ningún asunto, pero al menos sí de sentirse seguro con los pasos que está siguiendo. Muchas veces, lo que parece fácil abajo, arriba no lo es tanto y lo último que uno necesita es a alguien detrás acosándolo. Especialmente, al momento de subir al andamio.

Cuando pongan el ascensor, la idea es que cuatro de nosotros se descuelguen desde la terraza, mientras los otros cuatro suben palanqueando los malacates. Por ahora subimos de a uno en uno en el mismo orden que quedaremos arriba. Primero Juanes y Eve, luego Juan Sebastián y yo, luego Sebas y Fer y de últimos Pablo y Fabián. Cada quien se engancha una eslinga a la espalda y, a medida que sube, la va asegurando en la escalera o en las varillas de la torre, antes de pasar al andamio e irse enganchando de una línea de vida a otra hasta llegar a la que le corresponde.

De todas formas, más allá de la demora inicial, el trabajo ha rendido bastante. El primer día de trabajo real no avanzamos tanto, pero logramos superar cuestiones tan fundamentales como si el límite de los pixeles debe ser observable a simple vista, al estilo de las juntas entre baldosas, o si por el contrario no. Al final se decidió que cada quien puede hacerlo como quiera. Desde lejos igual no se va a ver.  A partir de eso, se cuadró el resto de la logística.

Existían ciertas dudas respecto a la distancia de las luces entre columnas que aparece en los planos. Así que nos encargamos de medirlas y efectivamente varían un poco. Luego, mediante una simple división, se obtuvo el ancho de los cuadros que también cambian un poco entre cada luz. Esa medida horizontal es la que toca cuidar en todo momento y, a medida subimos, siempre hay que irla rectificando.

La altura de los pixeles, en cambio, no tiene ningún problema. Es la misma de los ladrillos. Solo hay que tener en cuenta que incluye también la pega de cemento de encima. Las vigas, por su parte, no alcanzan a ser tan anchas como dos ladrillos y toca promediarlas con un ladrillo de arriba y otro de abajo, incluidas también las pegas, para compensar el pequeño desajuste.

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En líneas generales, el trabajo consiste en trazar cuadrículas con tiza o con cimbra, antes de marcar cada cuadro con el color que le corresponde en el mapa. Para hacerlo más rápido, lo mejor es que un compañero le dicte los datos al otro. De lo contrario uno corre el riesgo de volverse loco cada vez que trata de mirar nuevamente en qué parte del mapa se encuentra. Son demasiados cuadritos y con el solazo que viene haciendo el asunto puede volverse imposible. En ese sentido, las gafas oscuras son la salvación. Igual que el casco, que le evita a uno varios totazos y chichones al día.

Aunque el trabajo en general es bastante divertido, la pintada sin duda es la mejor parte. En cierta forma, es casi como volver a ser un niño rellenando superficies con el color que le decía la profesora. O como pegar estrellitas de pasta sobre una hoja para luego colorearlas. Por momentos, también es como entrar en un trance de plenitud y tranquilidad. O como decía Juan Sebastián, en un sentido más platónico: pura fascinación.

También hay momentos en los que hace tanto sol, que uno ya ni ve, ni siente, ni piensa nada y entra más bien en modo inercia. El muro de repente ya no es gris sino rosado, y uno ya no sabe ni qué color está poniendo y tiene que mirar el tarro o la tapa del tarro a cada momentico para estar seguro de no andar metiendo la pata. Afortunadamente, más o menos a las dos de la tarde el sol se esconde detrás del muro y el aire y la ropa parecen de pronto más livianos.

Según el gusto, cada quien pinta con brocha o con rodillo pequeño. Cada color tiene los suyos, aunque yo por ejemplo prefiero mil veces los rodillitos. En especial, cuando hay varios cuadros seguidos del mismo color. Para los fondos azules y el F1 de las letras hay también rodillos grandes. Con esos sí que rinde. Solo que toca hacer cierta fuerza y uno se cansa un poco más.

Todo se trata entonces de subirse al andamio, trazar cuadrículas, interpretar el mapa, marcar los cuadritos con su respectivo color, buscar el tono de pintura que necesita, ya sea cerca de uno o a los gritos, y después pintar y pintar y palanquear y palanquear para ir subiendo los andamios, que aunque van pegados, funcionan con cierto grado de independencia y pueden ir quedando medio empinados.

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Lo más miedoso hasta ahora fue un día que Juan Sebastián me estaba dictando los colores para marcar una cuadrícula y nuestro andamio se bajó más de 40 centímetros de un solo salto. Aunque, claro, eso lo supimos después, al mirar los ladrillos. En su momento fue solo un vacío en el alma, mientras alcanzamos a mirarnos como si fuéramos a morirnos. Sucede que las guayas se destemplan cuando uno sube y si uno se olvida luego de volver a templarlas, pueden pasar ese tipo de cosas.

Otro día llegó el viento en medio del calor más horrible del mediodía. Y lo que parecía algo bueno se convirtió de repente en un vaivén al mejor estilo de un parque de atracciones mecánicas. En ese momento yo andaba pintando, cuando de pronto la brocha y mi mano y  el resto de mi cuerpo se separaron de la pared y se formó un abismo de más de un metro de ancho entre el muro y el andamio. Cuando menos pensamos, el andamio entero se mecía cada vez más fuerte y como en cámara lenta, mientras el viento soplaba sobre la lona verde y la inflaba como si fuera la vela de un barco.

En esos casos, tocaba agacharse en la mitad del andamio y esperar. Luego, con taladros, hay que hacer huecos y poner amarres con alambre o tripa de pollo. También hemos ido rajando la lona para que el aire le pase a través. De hecho, en los extremos del andamio hay partes que ya son puro boquete. El más abrupto queda entre el segundo y el tercero. Algunos, por molestar, lo llaman el paso de la muerte.

Al final del día cada quien baja del andamio y se cambia de ropa en el garaje. Enseguida, en el hotel nos sirven sánduches o palitos de queso o empanadas con jugos de fruta de los buenos en un patio súper tranquilo de la parte de atrás. Algo así como una guarida de relax en la que se va haciendo de noche, mientras uno asimila el trabajo realizado durante el día. Después de eso subimos al parque del Poblado. Tomamos cerveza y Black & White hasta que, finalmente, cada quien se va para su casa y averigua cuántas horas es capaz de dormir.

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