Luces de otro tiempo

Foto de otro tiempo

Villavieja es sinónimo de agreste. Calor del bravo, cactus, pringamosa, espinas, chuzos de todo tipo, jején, mosquitos, garrapatas, alacranes, serpientes, agua no potable… Por eso es común que las personas lleguen y enfermen enseguida. Fiebre, vómito, diarrea. Y que duren varios días así.

La peor vez que yo recuerdo me pasó por bruto y por ocioso. Tenía por ahí cinco años y me fui a dar una vuelta con los chivos por el potrero vecino. Hasta que me dio mucha sed y no se me ocurrió nada mejor que tomar agua del mismo pozo que ellos. Luego regresé a la casa y no se lo conté a nadie. Creo que incluso me olvidé del asunto como si no importara.

Al rato sentí una debilidad impresionante, un desfallecer tan veloz que no me dio tiempo de nada y cuando menos pensé, andaba tirado en la cama con fiebre y pesadillas de fiebre, mientras mi abuela Tita y mi tía Cayetana me daban unos menjurjes horribles para tratar de aliviarme.

Lo que nunca me había pasado, en cambio, es que ya llegara enfermo.

El día antes del viaje me había sentido algo débil. Dolor en los huesos, escalofrío… Ese tipo de cosas. Pasé una noche medio mala, pero al despertar saqué fuerzas de quién sabe dónde y fue como si hubiera conseguido poner la enfermedad en pausa.

Durante el viaje, traté de comer poco y de tomar bastante líquido. Casi no hablé y me concentré más bien en el paisaje. No dormí ni medio segundo y llegué a la finca mucho mejor de lo esperado. Tal vez un poco más cansado de lo normal, pero sabiendo que ya podía relajarme y enfermarme tranquilo.

Esa noche, después de tomarnos unos rones, nos fuimos a acostar. Me lavé los dientes junto a Catalina, imaginando que apenas cruzara el toldillo de la cama caería como una roca. Y así fue. Hasta que unos sueños turbadores me despertaron. Tenían que ver con mi abuela y con mi abuelo. También con José Manuel.

Me senté en la cama todo sudado y de inmediato sentí fiebre. Nada grave, pero suficiente para no poderme volver a dormir. Al rato me dieron ganas de ir al baño y aproveché para quedarme paseando por los corredores.

2

Hace apenas un año llegaron los cables de la luz. Antes había una planta de ACPM que se prendía al anochecer y se apagaba más o menos a las nueve y media. El TACA TACA TACA lejano de la máquina, imponía su ritmo al mejor estilo de los sonidos del paisaje. Hasta que cesaba de repente y la casa regresaba al tradicional murmullo de los insectos.

En ese instante, lo más común era que los niños anduviéramos jugando afuera en algún corredor y que el TACA TACA TACA se fuera volviendo más y más lento, más y más espaciado, y nos causara un susto tan contundente que reaccionábamos de inmediato.

A partir de ese momento, la luz de los bombillos solo duraba unos segundos en intensidad similar, antes de comenzar a desvanecerse como un objeto que va perdiendo su magia sin razón alguna. En ese breve lapso había que llegar a la cama como fuera. De lo contrario uno quedaría atrapado en la más completa oscuridad. Paralizado por dentro y por fuera. Incluso para poder dormir.

Ahora estoy en el corredor de la entrada. La luna todavía no ha salido. Los árboles son apenas sombras. La carreta de toda la vida sigue ahí como si nada. Si regresara al cuarto en este momento, no sería raro encontrar a José Manuel acostado en la cama de al lado. O a Figna durmiendo en la cuna blanca de barrotes, con la cara llena de picaduras de jején.

Sé muy bien que deliro. Obvio que ha pasado demasiado tiempo. Solo que por un instante la sensación es exactamente igual. El paisaje idéntico, la casa, el calor seco, olor a orines de murciélago, el aire detenido, la oscuridad, sabor a cal, la misma fiebre de siempre, la misma diarrea…

Un chimbilá pasa volando entre las vigas triangulares del techo y desaparece enseguida por el comedor. Me dirijo en esa misma dirección y sigo hasta la mesa frente a la puerta de la sala y me quedo parado junto a una columna de madera, con la sensación de estar en cualquier tiempo. Antes de nacer. O incluso en el futuro. Como uno de los tantos retratos que cuelgan de las paredes, pero mucho antes de que exista.

De regreso hacia el cuarto, el carro de Juanes luce como una mancha negra debajo de un nim enfrente de la entrada. Unos metros a la derecha, distingo a tres personas de pie que miran en mi dirección. Siluetas que parecen sostener un sombrero en sus manos y, por algún motivo, es como si acabaran de llegar a saludarme.

Deben de ser simples cactus. Pero por más que los miro y trato de deshacer el hechizo, ellos siguen ahí. Insistentes. Persistentes. Sin dejar de ser siluetas que me observan y me llaman en silencio.

La fiebre va en aumento. No estoy de humor para este tipo de juegos. Prefiero no imaginar nada. Mejor miro para otro lado y regreso directo a la cama.

3

El primer día paso más tiempo en la cama y el sanitario que en cualquier otro lado. No salimos a ninguna parte.

En la tarde me tomo una pastilla para el estómago y parece que funciona. En la noche como bien, aunque sin demasiadas ganas. Luego me echo en una hamaca, en todo el corredor de la entrada.

Las voces de los demás provienen de la mesa frente a la sala. Escucho sus risas y un tema de José José de fondo. De vez en cuando, Catalina viene a darme una vuelta para ver cómo sigo. Le respondo que mejor. Solo voy a descansar un poco y enseguida los alcanzo. Me pregunta si necesito algo. Le digo que no.

Al rato voy a sentarme con ellos. Me tomo varios rones sin demasiadas ganas y poco a poco me voy sintiendo mejor. Mientras suena un tema de Sandro, les pregunto qué vamos a hacer al día siguiente. Si me despierto más o menos bien, podríamos ir a bañarnos al río. Queda bastante cerca. Podemos ir a pie sin ningún problema.

Al igual que las noches anteriores, mi sueño se presenta algo forzado. Como esas veces en que uno sí duerme, pero con la sensación de estar percibiendo todo lo que sucede alrededor. Los susurros de la oscuridad. Las escasas brisas que cruzan el angeo. Los pensamientos delirantes fundidos con la realidad.

4

Al día siguiente me despierto más o menos bien, seguro de poder aguantar el camino. En los últimos años, he ido varias veces con Figna a unas playas de arena que se formaron en una pequeña entrada del Magdalena. Quedan a la sombra y no tienen nada de corriente.

La mañana está nublada. Mientras desayunamos, propongo de nuevo que vayamos al río. Catalina me observa como si tratara de descifrarme, pero a todos les parece bien. Nos organizamos para salir, nos ponemos los sombreros y no tardamos en bajar por el camino pedregoso junto al corral. Los alrededores están pelados. Hace más de dos meses que no llueve, y el verano apenas comienza.

Desde hace varios años, el monte se tragó los últimos rastros de las letrinas al borde del despeñadero. Esas que se usaban cuando no había baños en la casa y que llevaban demasiado tiempo abandonadas. Cuando José Manuel y yo éramos niños, ya eran reliquias arqueológicas y su acceso estaba lleno de espinas. Sin embargo, eso no impedía que fuéramos a cagar allí para ver nuestros bollos caer desde semejante altura y estrellarse luego contra las piedras o los matorrales, según la puntería de cada quien.  

Al tomar por un camino tenue que se desprende del principal, el cielo se despeja de un soplo y el sol comienza a darnos con todo. No tardamos en llegar abajo y en pasar sobre el viejo ferrocarril. Luego subimos una corta ondulación, en cuya cima hay una casa abandonada, y bajamos nuevamente hasta una bifurcación marcada por una palmera gigante y despelucada.

Entretanto, yo sigo diciendo que el río está cerca. Al parecer es mi único libreto. A continuación, les señalo un sendero que corta un pastizal y circunda una hondonada llena de monte. Estamos a escasos metros. El río ya se oye. Sin embargo, no logro dar con el paso.

Cristina parece un tomate. Catalina también. Los primeros mosquitos comienzan a zumbar. La vegetación no deja de adherirse a la ropa y de jalarnos en todas las direcciones. Algunas chuzadas. Algunos rasguños. Una iguana verde y azul pasa junto a nosotros y nos quedamos observándola.

Ante algunas miradas de desconcierto, concluyo que lo mejor será regresar a la palmera despelucada y adentrarnos un poco más adelante por un guadual que bordea el río. Hay que cruzar unos cuantos alambrados, pero no tiene pierde. En silencio, los invitados empiezan a desesperar.

Volvemos entonces al cruce y en lugar de seguir directamente hacia unas playas de piedra que aparecen bañadas por el sol, nos metemos en un guadual, donde todo parece ir de maravilla. Paisaje de ensueño. Espacios despejados. Frescor. El panorama, sin embargo, no tarda en complicarse. Se vuelve tupido, cortante. Hasta el punto en que resulta imposible avanzar.

En ese momento, los invitados deciden por sí mismos. Lo mejor será devolvernos y bañarnos en la playa de piedras. No importa la corriente. Tampoco el sol.

Los brillos del río aparecen pronto frente a nosotros. Mientras unos patos flacos y alargados despegan desde el agua, bajamos con cuidado la pared terrosa de la cuenca. Nos instalamos en el lugar con menos corriente y nos quitamos los zapatos. Las piedritas redondeadas tallan en los pies. Y no hemos terminado de quitarnos la ropa y echarnos bloqueador, cuando las nubes vuelven a cubrir el cielo y el sol desaparece de manera radical.

A causa del verano, las playas son mucho más amplias de lo habitual. También en la isla, unos cuantos minutos río arriba, donde crecen infinidad de mangos y naranjos y guanábanos. Solo es cuestión de proponérselo. Subir un poco por un camino que conozco y simplemente cruzar.

Cri cri… Silencio total. Al parecer, ya nadie me escucha.

5

Casi todas las tardes hemos salido a andar a caballo. Hace unas horas íbamos atravesando el monte por el camino empedrado de una quebrada seca, cuando apareció una cascabel de las grandes y nos detuvimos a mirarla. Desde sus colores hojarascados, ella hizo lo mismo, atrincherándose cerca de un árbol y permaneciendo en actitud desafiante hasta que nos marchamos.

Más adelante subimos por una trocha escarpada hasta salir a un mirador en lo alto de un cerro. A lo lejos, la cordillera y las sierras. Un poco más cerca, Villavieja, la punta blanca de la iglesia, Aipe y el río Magdalena rodeado de verde. Debajo de nosotros, justo donde termina la inclinación del cerro, un camino destapado bordea un cultivo de arroz hasta llegar a un cultivo de mojarra.  

Después de ver el atardecer, volvemos a la casa por el camino principal y pasamos junto a lo que queda de un molino que alguna vez sacó agua de un pozo. Durante años, fue también el punto de referencia para apostar carreras a caballo con José Manuel. En este momento, no tengo ganas de correr. Con todo y eso, acelero un poco el paso.

En la noche hacemos lo mismo de todas las noches. Oímos música a la luz de una vela, sentados en torno a la mesa frente a la sala. Tomamos ron y cerveza recién salida de la nevera. Hablamos de cualquier cosa y nos dedicamos a los juegos.

Hasta ahora el más exitoso ha sido Diccionario, gracias a unos viejos tomos enciclopédicos que hallamos en el armario de uno de los cuartos. Se trata más que nada de estrategia, imaginación y engaño. En esas materias, Catalina y Cris han barrido con el resto de nosotros.

6

Al salir de la finca, cogemos para Villavieja y nos bajamos en el parque. Mientras Pablo y Juanes compran agua, Catalina, Cris y yo nos quedamos tomando guarapo junto a la escultura del megaterio. Luego aprovechamos para tomarnos un par de cervezas bien frías y nos llevamos unas cuantas más para el camino del desierto.

Los pastizales secos de la salida del pueblo dan paso a unas formaciones que emergen del suelo como fantasmas arrebujados de color ocre. Pasando la entrada y sus ventas, el paisaje se transforma en una vasta depresión grisácea hecha de tantos montículos que casi parecen una vasta cordillera en miniatura. Un paisaje de erosión sumamente cambiante. Por momentos se vuelve amarillo. Luego blanco. Otra vez gris. Otra vez amarillo.

De todos nosotros, Pablo es el único que no conocía La Tatacoa. El asunto es que hay demasiado sol. Y polvo. Y cansancio de la noche anterior. Y nadie parece muy animado a bajarse a caminar, ni a bañarse en las piscinas naturales, ni a recorrer en carro los caminos que surgen a ambos lados. Así que simplemente seguimos hacia adelante viendo pasar cactus y burros y chivos y caballos y casas con todo tipo de negocios. Albergues, campings, artesanías, restaurantes…

Más adelante vemos el nuevo observatorio que me recomendó mi tío César. A diferencia de los otros dos, este sí lo montó un astrónomo. A primera vista, se nota que tiene todos los juguetes.

Unos kilómetros después, pasamos por un hotel rodeado de árboles, plantas y flores. Se supone que hace millones de años la Tatacoa era más o menos eso: un bosque tropical, un jardín lleno de flores. La cerveza está barata y aprovechamos para tomarnos unas cuantas.

7

El lunes por la mañana Juanes, Cristina y Pablo regresaron a Medellín. Esa misma tarde llegan mi mamá, Juan y Cayetana, con un par de ventiladores nuevos. Cambio de paradigma.

Pronto anochece. Comemos temprano y nos quedamos conversando en la sala. Mi mamá trajo un rompecabezas de una montaña rocosa iluminada por el sol. Arriba es puro cielo azul. Abajo, un campo verde con casas diminutas y unos cuantos cultivos. Antes de irnos a acostar, Catalina y yo dejamos listos los bordes.

Casi en la madrugada, cae un aguacero de los buenos y algunos pedazos de techo se desprenden cerca de nuestra cama. Hay uno en particular que podría descalabrar a cualquiera. Lo increíble es que uno aquí se acostumbra. Ese tipo de cosas suelen suceder y nunca le ha pasado nada a nadie. Como siempre, habrá que buscar a alguien que arregle mejor los techos.

Con Cayetana cerca siempre se come de maravilla. De mañana a tarde, litros y litros de zurumba. Al ocaso, licor de naranja para todos. Mucha lectura. Mi mamá, de hecho, ha cambiado de libro varias veces . Recordar. Conversar. Armar rompecabezas. Disfrutar de los nuevos ventiladores.

Un hijo de la Reina del desierto aparece una tarde de visita. Juan y Cayetana hacen algunos arreglos en la casa. Catalina y yo terminamos el rompecabezas. A cada tanto, todos nos preguntan sobre el viaje a México y nos dan también ciertas recomendaciones. En especial mi mamá. Después del Huila, ella va para Bogotá y no volveremos a vernos antes del viaje.

Esa noche me levanto con sed y aprovecho para orinar afuera. Es una noche clara. La luz de la luna brilla en las hojas de los nims y termina por opacar las estrellas. Una vez más, me quedo caminando por los corredores como si estuviera en cualquier tiempo.

Junto a mí, aparece la marca del árbol que tumbaron hace años. Un árbol frondoso, imponente, que de un día para otro se convirtió en la guarida de unos murciélagos que chupaban la sangre de las vacas hasta matarlas. No recuerdo muy bien, pero creo que incluso lo quemaron.  

Me dirijo hasta los escalones de la entrada y me quedo parado frente a la multitud de cactus que deambulan por ahí. La verdad es que me gustaría vivir tranquilo en una casa en el desierto. O junto al mar. ¿De verdad quiero tanto viajar? No lo sé. También es cierto que llevo demasiado tiempo quieto. Me hace falta andar y ahora se presenta la oportunidad de hacerlo.

Las luces del cielo parecen distintas. Debe faltar poco para que comience a clarear. A Catalina y a mí nos espera un largo viaje por tierra hasta Santa Elena. Ojalá encontremos bus directo hasta Rionegro. Por lo pronto, debo volver a la cama y dormir otro rato. Lo más seguro es que mi abuelo se despierte temprano y me llame enseguida para desayunar.

Comentarios (2)

  • Santiago 7 meses ago Reply

    Chimba

  • Rafael Botero 7 meses ago Reply

    Miguel, que agradable lectura, sobretodo en esta cuarentena para desconectarse de la realidad que estamos viviendo. FELICITACIONES

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