La venganza de Moctezuma

La venganza de Moctezuma

Faltan todavía unas horas, pero el cielo está tan negro que lo mejor es no arriesgarse. Nos organizamos entonces lo más pronto posible y, para ganar tiempo, vamos por la 699 bordeando el basurero. Como de costumbre, todo tipo de vehículos entran y salen por la puerta principal. Desde camiones enormes y camionetas con gente trepada en arrumes insólitos, hasta viejos buses adaptados, motos con remolque y carretas artesanales arrastradas a mano.

Una cuadra detrás de nuestra casa hay una especie de vecindad que abarca cerca de media manzana, en la que viven familias de recicladores. Una barrera de tablas la rodea a lo largo de casi toda una calle, antes de voltear en la esquina y seguir en paralelo a las vías del ferrocarril. La única entrada se encuentra justo frente a la tienda donde compramos los caguamones de Indio o de Tecate en promoción. Entre las que hemos visto, es la única que vende pulque.

En las noches, esa parte de la cuadra se llena de gente que conversa animadamente tomando cerveza o fumando marihuana junto a sus carretas. Más allá de la pared de madera que separa la vecindad, alcanzan a verse casas hechas con tablas, láminas metálicas, superficies plásticas, sintéticas y vidrios reciclados. Junto a la tienda hay una venta de quesadillas, gorditas y huaraches que no da abasto. Dos casas más allá hay también otra tienda con luces más llamativas a la que nunca hemos entrado.

Al pasar junto a la entrada principal del basurero, las primeras gotas nos alcanzan. Unas gotas finas, frías, inofensivas, que caen oblicuas entre un viento apresurado que parece traer noticias de un aguacero. Desde que llegamos, es la primera vez que sucede. Ni siquiera había amagado con llover y no tenemos ni la más remota idea de la forma en que se comporta el cielo por estos lares. Si la lluvia suele ser corta o más bien larga, si hay que prestarles más atención a las nubes cuando vienen desde cierto lado siguiendo alguna orientación en particular, si llueve por ráfagas, si cuando escampa vuelve a empezar enseguida, si el agua se comporta distinto dependiendo de la época…

Para completar, el paraguas que llevamos está medio desbaratado y si el agua llega a cogernos en serio, no va a servir de mucho.

Aceleramos el paso, y aunque las gotas pegan cada vez más fuerte, llegamos intactos a la estación.

2

Al salir del túnel en la estación Bellas Artes, ya se ha hecho de noche y las gotas de lluvia son como cápsulas de tinta que revientan en destellos contra el pavimento. Afortunadamente, es de esas lluvias dispersas que dan tiempo de correr.

Después de cruzar Lázaro Cárdenas, pasamos frente a la escultura de un Pegaso y nos encontramos enseguida con un rebaño de gente resguardada entre las columnas del teatro, bajo un tímpano de mármol con figuras humanas talladas, cual templo griego.

Antes de meternos entre el tumulto, esquivamos un par de chorros que bajan desde lo más alto de la cúpula. El portero nos pide las entradas, las mira de reojo y nos invita a pasar. Todavía no podemos creer lo baratas que salieron. Solo cien pesos. Con eso en Medellín, no soñaríamos ni con arrimarnos al Metropolitano.

Catalina pregunta dónde quedan los baños y desaparece por unas escalas hacia al segundo piso. Hay mucha gente y me quedo paseando por los alrededores, cambiando y cambiando de rumbo, como si rebotara entre las tantas partículas de mármol que flotan alrededor. Ante tanta ostentación, no puedo evitar pensar en mafiosos de otras épocas, sobre todo en reyes y cosas por el estilo.  

Igual no sé… También es un problema que tengo. Eso de empañar los buenos momentos por andar buscándole el pero a cada cosa. Aun así, el pereque se me pasa pronto y me quedo con la cabeza levantada, admirando la cúpula. Solo que luego vuelvo a desanimarme, pensando que la intención de este palacio fue emular ciertas fórmulas de otras partes, ya demasiado gastadas.

Como quien dice, lo mismo de hace un momento. No deja de ser sumamente bello, PERO…  Afortunadamente, me acerco pronto a un mural que cuenta una historia que parece infinita y todo vuelve a la normalidad. Me pierdo en los colores, en los rostros, creyendo además que, por haber salido temprano, tenemos todo el tiempo del mundo.

Pero sucede que no. No hemos logrado acostumbrarnos al tamaño de esta ciudad, en la que salir a cualquier parte se convierte en toda una misión. Una vez más, vuelvo a comprobarlo, cuando suena el primer llamado para la función y las filas comienzan a formarse frente a las distintas puertas.

Catalina no tarda en volver. Averiguamos dónde queda la entrada de Galería y una acomodadora nos indica el camino a seguir. Al fondo de un pasillo, debemos tomar el ascensor hasta el tercer piso. Al llegar allí, cruzamos un corredor entapetado en sentido contrario y listo. Nos dan una programación de la noche y entramos.

La sala nos sorprende enseguida. No se parece a nada que conozcamos. Además, está el vértigo. Nuestro puesto queda en la segunda fila, demasiado cerca de un abismo. De todas formas, esa es solo la primera impresión. Luego nos quedamos viendo la formas coloridas y traslúcidas de la cúpula.

Según me contó Julián hace unos días, el telón de Bellas Artes está hecho de cristal y se repliega de una manera casi mágica. Sin embargo, a menos que sea transparente a un nivel sobrenatural, ya parece estar abierto y no alcanza a verse nada.

Mirando hacia los palcos, imagino de pronto un concierto de metal, al estilo Satyricon. Una farsa total. Como casi todo el rock. Pura amplificación. Pura distorsión y efectos especiales. Ayudas que necesitan los niños para que cualquier nota les suene avasallante. Inflada. Igual no sé… Algo raro me pasa. Mis pensamientos se empeñan en volver al ataque. Como si mi cuerpo comenzara a experimentar una especie de falla interna.

Antes de que Catalina se canse de mis apreciaciones, le propongo más bien que miremos la programación. Rimski-Korsakov, Joaquín Rodrigo, Debussy y Ravel nos esperan. Gente seria. Que se tomaba su tiempo para componer y no tenía que andar brincando ni payaseando con pintas estrafalarias por el escenario entre luces y humo para saturar los sentidos del público y conseguir distraerlo de lo esencial.  

Para este concierto, todo está basado en algo relacionado con España: Capricho español, Concierto de Aranjuez, Iberia, Bolero… Catalina señala hacia los mosaicos en lo más alto, encima del escenario. Abajo, entretanto, la orquesta lleva un rato acomodándose.

3

El director aparece en escena. Es alto, de paso ágil y sonrisa sencilla. Inspira confianza. Simplemente saluda, se acomoda y empieza.

Mucho clarinete, flauta traversa, oboe, mezclados a la perfección, sin necesidad de ningún artefacto eléctrico. Unas cuantas descargas. Luego suavidad. Trato de prestar atención, pero también me desconcentro. Vuelvo a prestar atención. Vuelvo y me desconcentro. Como si no estuviera del todo allí. De nuevo descargas, de nuevo suavidad. Luego aplausos. El público se muestra animado, fiestero. Catalina está encantada. Yo mismo también.

Durante varios minutos, un tipo vestido de negro se encarga de acomodar un silloncito plano una y otra vez, como si calibrara un instrumento de máxima precisión en un laboratorio. Finalmente aparece el guitarrista desfilando desde un costado con una sonrisa calculada que se esfuerza demasiado en aparentar sencillez. Según el papelito que tenemos en la mano, nació en Logroño en 1977 y es, sin duda, uno los mejores de su generación. Lo mismo que dicen siempre.

Todos lo vemos sentarse en el silloncito plano y tomar su guitarra. Silencio total. Mientras tanto, él se mueve para un lado y para el otro como si no encontrara acertada la puesta a punto de su silla. A continuación, le pide al director que le sostenga la guitarra y termina de hacer los ajustes él mismo.

Por fin empieza y en cuestión de instantes ya todos sabemos que estamos frente a un monstruo total que parece tocar sin ningún tipo de esfuerzo. Imagino que seguramente no tenía amigos cuando era niño y ni siquiera salía a jugar fútbol. Pero claro… Parece un simple truco de mis pensamientos. O una manera de atravesar la envidia ante semejante virtuosismo. Lo malo es que también me invade un frío repentino en los antebrazos y parte del pecho. Me pongo entonces la chaqueta y sigo obnubilado los ágiles movimientos del guitarrista.

Pasados los tres movimientos, los aplausos no cesan. Todos estamos enloquecidos y queremos más, más, más… Parte del público se halla de pie y no se resigna a ver partir al guitarrista. Parece llegar el intermedio. Sin embargo, al mejor estilo de las estrellas de rock, el guitarrista regresa en cuestión de segundos y nos regala otras dos piezas de arpegios imposibles y rasgueos que, a pesar de la velocidad, mantienen un ritmo preciso y una nitidez absoluta, fluida. Por momentos, la guitarra es usada incluso como instrumento de percusión de una forma que jamás habíamos visto.

Al final, en medio de una lluvia de aplausos, el guitarrista toma el micrófono para agradecer la calidez del público, diciendo que México es la verdadera madre patria. Demagogia de la peor, pero obviamente se le perdona.

Parte del público abandona la sala. Catalina y yo nos miramos felices. Sin embargo, la piel ha comenzado a dolerme como si se irritara al simple contacto con la ropa. Poco a poco el frío ha vuelto a ganar terreno y, al parecer, ya no hay chaqueta que valga. No alcanzo a sentirme del todo mal, pero no consigo hallarme en ninguna posición. Ensayo a quedarme derecho, recostado, apoyado, de lado, de frente, con las piernas estiradas, juntas, separadas. Solo que no. Nada parece funcionar.

A lo mejor necesito caminar. Tomar aire. Se lo digo a Catalina y aprovecho para ir a conocer los baños de mármol. Luego bajamos las escalas y recorremos los pasillos de otros pisos. Desde la distancia, descubrimos distintos salones, murales, esculturas, cuadros… Al final decidimos regresar y el concierto inicia justo cuando cruzamos la puerta.

La pieza comienza amigable, lenta. Como si prometiera llevarnos de paseo por parajes tranquilos. Sin embargo, a medida que avanza, va perdiendo su color, hasta volverse absolutamente incomprensible. Y no solo eso. Sino que de alguna manera me causa un dolor abstracto, impresionista. No entiendo nada. Ni para dónde va, ni de dónde viene. Como si cada vez que agarro para un lado, una mano invisible me jalara en dirección contraria. Me muevo sin cesar. Los violines taladran mis nervios. El tiempo no pasa. Mi frente comienza a sudar.  

Sigue el Bolero de Ravel y, contra todo pronóstico, el tiempo se me pasa volando. No tengo frío ni calor. Incluso puedo quitarme la chaqueta. Al final, el tamborilero se para junto al director para recibir los aplausos. Y todos felices.

Al final bajamos de nuevo las escalas y entramos a conocer la zona más cercana al escenario. Mientras apreciamos el teatro desde abajo, Catalina me toca la frente un par de veces. Al parecer, nada. Cero fiebre.

Antes de salir pasamos junto a una larga fila de gente que acaba de comprar un disco del guitarrista y aguarda por su autógrafo.

Afuera hace frío. Ya no llueve y la Alameda está cubierta de charcos.

4

Con solo cruzar Lázaro Cárdenas y llegar al túnel de la estación, ya comienza a darme la pálida. Mientras atravesamos un amplio corredor, no dejo de mirar hacia el piso. Nos subimos al vagón y nos bajamos una estación después, en Garibaldi, para hacer trasbordo. La caminata se me hace interminable. Lo bueno es que el metro pasa pronto y uno de los puestos preferenciales está vacío.

Me siento y cierro los ojos. El metro avanza, avanza, avanza, con el mismo chirrido de los trenes que intentan frenar cuando se descarrilan en las películas.

Ha pasado suficiente tiempo. Vuelvo a abrir los ojos para ver en dónde vamos y compruebo que no hemos recorrido ni siquiera una estación. Trato de cerrarlos entonces por más tiempo, pero indefectiblemente, una y otra vez, sucede lo mismo.

Al bajarnos en Villa de Aragón, el frío es extremo. Mis dientes castañean y, aparte de las ramas y hojas que flotan oscuras en los charcos, no hay nada más en las calles. Por el lado del basurero, deben espantar. Aunque sea un poco más largo, será mejor que vayamos por el otro lado, bordeando los campos de la liga Anahuac.

Debajo del puente de la 661, no hay ni un mototaxi. Volteamos entonces a la izquierda y seguimos hasta el final de la malla de los campos de béisbol. Luego pasamos por un pequeño parque, luego junto a unos manes de chompas grises que se pasan un bareto prendido de mano en mano y luego por una pequeña entrada de la calle, donde suele haber un puesto de tinto y pan dulce lleno de taxistas. Tampoco hay nadie.

Llegamos a la 606 y volteamos a la izquierda. No por el lado del paredón, donde nunca faltan los camiones parqueados toda la noche, sino por el otro, donde comienza el barrio. Nos metemos por la primera entrada que aparece a la derecha y vamos siguiendo el laberinto de pasadizos vecinales que nos lleva hasta la 699, justo frente a nuestra calle.

Llegamos por fin a la casa. Algo de calor. Desde el túnel del metro, no he querido otra cosa que acostarme. Me quito la chaqueta para ponerme un saco y me pongo encima también la chaqueta. Apenas me acuesto, todo parece ir bien.

Catalina apaga la luz y se acerca con dos acetaminofenes y un vaso de agua. Me los tomo enseguida, recuesto la cabeza en la almohada y en cuestión de minutos estoy ardiendo de fiebre. Solo quiero cerrar los ojos y desaparecer del mundo hasta que todo vuelva a la normalidad. Pero la temperatura sigue subiendo y el delirio llega pronto. Pesadillas. Geometrías que titilan en colores opacos en forma de coliflor, movimientos indescriptibles que me perturban en lo más hondo.

Abro los ojos. Catalina me mira con preocupación. Me toca la frente. El cuello. Me meto debajo de dos cobijas y empiezo a sudar a cántaros. A partir de ahora, el tiempo se prende y se apaga en destellos de conciencia. Si supiera algo de lo que sucede a mí alrededor, notaría que Catalina me habla de vez en cuando con voz dulce y que yo solo le devuelvo gruñidos y miradas de odio.

Doy vueltas y vueltas, como si no dejara de saltar de un mundo a otro. La sed es terrible. La casa está oscura. Catalina parece dormir a mi lado. Me levanto como puedo y voy hasta la cocina a tomar unos cuantos sorbos de agua. Luego me acuesto, vuelvo a despertarme con sed, me levanto como puedo y voy hasta la cocina a tomar unos cuantos sorbos de agua. Y así sucesivamente.

La noche larga llega por fin a su fin. A través de la cortina, se ven las primeras luces de la mañana. La fiebre ha bajado bastante. Ahora también tengo diarrea, pero el mundo se parece mucho más al de siempre.

Regreso del baño por segunda vez y encuentro a Catalina despierta. Me toca la frente y dice que me paré por ahí mil veces a tomar agua durante la noche. Que iba, regresaba y me acostaba y que ahí mismo volvía a pararme sin que hubieran pasado ni diez segundos. Estuvo a punto de llevarme al hospital. Menos mal que la fiebre bajó un poco.

Me paro a tomar agua. Catalina me acompaña a la cocina y me sirve un caldo de papa que preparó en la noche. Me obligo a tomarlo y me cae de maravilla.

Catalina me pide que la espere y va por un termómetro a la farmacia de la esquina. Regresa enseguida y me lo pone en la boca. Llevaba años sin enfermarme y, en menos de un mes, ya van dos veces. ¿Qué me estará pasando? El termómetro marca 39.5. Afortunadamente, ya me siento mucho mejor. Al menos puedo estar sentado o acostado sin ningún problema. Seguro pasaremos el día viendo televisión.

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