La mejor terapia

La mejor terapia

Cuando era niño las vacaciones parecían casi eternas y traían siempre una infinidad de cambios. En especial las de diciembre. La ciudad se llenaba poco a poco de una atmósfera optimista, de luces y pólvora y de almacenes con todo tipo de artículos navideños que brillaban por dentro y por fuera de la imaginación.

La noche de las velitas los niños prendíamos chispitas Mariposa y faroles y hacíamos bolas de cera y candeladas del diablo en los andenes y muritos del barrio. Por esos días llegaban también los pesebres, los arbolitos, las novenas y demás, pero todo aquello no nos interesaba tanto como los campeonatos de fútbol, estallar papeletas, tirar chorrillos por las calles y salir a perseguir globos, mucho más allá de la canalización.

Una noche iba pasando con dos amigos por una calle oscura cerca de la fábrica de Vicuña, cuando un globo fue a parar a lo alto de un urapán, con la mecha ya apagada. Recuerdo que me decidí a cogerlo enseguida y que subí por las ramas sin pensar en nada hasta tenerlo entre mis manos.

El asunto fue que al momento de bajar me percaté de repente de la altura y por primera vez sentí algo parecido al vértigo. Una especie de angustia, un vacío tembloroso en el pecho. Recuerdo que traté de no pararle muchas bolas a esa inesperada sensación y más bien me metí el globo entre la camiseta para no ir a dañarlo con alguna rama. Luego bajé sumamente despacio y no miré ni una sola vez en dirección al suelo.

En las noches despejadas, también solía subir con unos amigos a la terraza de los edificios de la Villa de abajo a ver estrellas con un telescopio. Para lograrlo había que subir las escalas de un bloque y llegar al descanso entre el cuarto y el quinto piso. Allí había un balcón con una baranda redonda en la que cada quien se paraba y estiraba los brazos hasta colgarse de una escalera de varillas empotradas en la parte externa del edificio.

Al llegar arriba, una gigantesca terraza se alzaba ante nosotros y podíamos movernos en todas las direcciones. La única precaución era no asomarse demasiado a los bordes. Si los celadores llegaban a vernos, ahí mismo nos harían bajar.

El regreso era un poco más complicado. En lugar de buscar la varilla con las manos, había que tantear con los pies colgados en el vacío hasta encontrar la baranda del balcón. Una vez apoyado en ella, lo más difícil era soltar las manos de la escalera e impulsarse hacia adelante para saltar al descanso entre los pisos.  

Una noche, al igual que muchas otras, habíamos visto estrellas y trazado constelaciones hasta que comenzó a llover y decidimos bajar. Lo malo fue que, de golpe, mientras buscaba la baranda del balcón con mis pies pedaleando en el vacío, me entró un miedo incontrolable. De esos que se apoderan de uno, que le desbaratan cada nervio por completo. Mis manos comenzaron a temblar y aunque logré pararme sobre la baranda, imaginé que terminaría por resbalar en el metal mojado y ya no fui capaz de soltarme.

Ante la protesta de los que venían detrás, tuvimos que subir de nuevo a la terraza para que yo intentara domar mi pánico respirando profundo y jurando y rejurando que nunca más subiría a un sitio como ese.

Al final, obviamente conseguí bajar con la ayuda de mis amigos. Sin embargo, a partir de ese día, fue como si algo muy importante se me hubiera paralizado por dentro.

2

Este diciembre también ha sido raro en varios sentidos. No hubo alumbrados en el río y los de la playa fueron más bien escasos. Las luces de los distintos parques de la ciudad no mostraron mayor imaginación y parecieron más bien diseños sacados de otras épocas. Sin ser nada del otro mundo, los mejores alumbrados fueron los del Parque Norte. Así parecieran reliquias de los años ochenta, los reflejos de colores vibrando sobre un lago nunca tienen pierde.

El 24 y el 25 fueron los únicos días que tuve libres. Aproveché para subir al Retiro y estar con mi mamá, Figna, Mariposa y Tao, que acababan de llegar de Villa de Leyva. Tao ha crecido un montón y ya está hablando perfecto. No deja de proponer planes para jugar. Sabe siempre dónde está cada objeto y, en general, se mantiene pendiente de todo. A veces parece incluso como si ya fuera grande.

Un árbol nuevo reemplazó al que llevaba más de veinte años. Lucía en una esquina junto al sofá lleno de luces y adornos y de regalos envueltos en papeles coloridos. Casi todos eran para Tao. Después de comer, los abrimos y Tao se puso a jugar con unos títeres que le dio mi mamá: una coneja, un cocodrilo, un sapo, un tigre…

A la mañana siguiente, convertimos el sofá y parte de la biblioteca en un teatro de títeres. Interpretamos varias obras y Tao se encargó de bautizar a cada animal. También fuimos a caminar por el bosque y recogimos leña para la chimenea. El día estuvo gris y frío. Al medio día incluso prendimos el fuego. En la tarde llovió y ahí mismo pensé en los andamios. Traté de descansar un rato y a las ocho me bajé para Medellín en el último bus.

Esos fueron los planes más decembrinos. Todo lo demás fue trabajar en el mural y tomar cerveza y Black & White en el parque del Poblado.

Pero, en definitiva, lo increíble es que al final de cuentas el mural ha sido como una especie de terapia. Y una paradoja, también. Pues a medida que fuimos subiendo y rajamos la lona hasta dejar un solo abismo al descubierto, el nerviosismo se hizo cada vez menor.

De hecho, cuando menos pensé, andaba haciendo cosas que en un principio me habían parecido imposibles. Cosas tan sencillas como mirar tranquilamente hacia abajo y ver cómo los carros del lavadero y de la 10 se iban haciendo más y más pequeños. De vez en cuando, mientras oíamos música, observaba las montañas y sus bosques y la estrambótica cantidad de edificios que trepan sobre ellas. En ocasiones seguía las nubes con la mirada y, dependiendo del caso, anhelaba que taparan el sol o que, por el contrario, se alejaran con sus densas cargas de lluvia.

Más abajo, en los andenes de la 10, la gente se detenía a cada tanto a observar el mural. Algunos nos preguntaban a los gritos qué decía en el letrero. Luego, al escuchar HABLALO, todos aprobaban con una sonrisa de complicidad. Otros en cambio tomaban fotos, señalaban hacia arriba o, simplemente, se quedaban con la vista clavada en las alturas.

Hace unos días pasó una de las marchas del paro nacional con una banda de reggae tocando en vivo en una tarima rodante. Para apoyar el paro, Fabián había llevado un altavoz y enseguida se paró en la punta del andamio a gritar consignas como un verdadero profesional. La marcha entera se detuvo al instante. Todos miraron hacia arriba y se pusieron a aplaudir.

3

Poco antes de navidad, mientras nosotros pintábamos a pleno sol, los alpinistas pusieron por fin el ascensor. En los días anteriores, Pablo, Juanes y Eve con su casco rosado se habían descolgado desde el andamio con un grigrí que nos prestaron hace poco. Yo, por mi parte, no había dejado de observarlos con atención y aproveché para hacerles algunas preguntas. De alguna forma, como que me fui convenciendo por dentro. Al final, después de muchos años, logré domar un poco mis miedos y con los últimos rayos de la tarde me animé a ensayar.

En cuanto al grigrí y al descendedor común y corriente la principal diferencia es que la palanquita que uno mueve no gradúa la velocidad de descenso, sino que simplemente abre o bloquea el paso de la cuerda. Para bajar, una mano debe mantener abierta la palanquita, mientras la otra toma la cuerda y la deja pasar por detrás del muslo a la velocidad deseada, según la presión que ejerza sobre ella.

El hecho de que la mano sea la que determine la velocidad de descenso, causa cierta inseguridad al principio. Uno cree que a lo mejor no sostendrá la cuerda lo suficientemente bien y que de un momento a otro saldrá disparado para abajo. Pero al final resulta que no, y que el control de la velocidad es mucho más fácil de lo previsto. Lo otro es que si por algún motivo ambas manos se soltaran de repente, el grigrí se encargaría de frenar la cuerda de manera automática.

Uno de los trucos que más me sirvieron para quitarme el miedo al momento de soltar las manos del andamio me lo dijo Juan Sebastián. Consiste en templar bien la cuerda desde antes de quedar colgando, para sentir que el aparato ya lo reconoce y que uno está frenado y perfectamente sostenido del anclaje de adelante. Es más. En el peor de los casos, el anclaje de atrás también estaría sostenido por el freno de la línea de vida.

En ese sentido, Pablo fue quien se encargó siempre de las líneas de vida y las de descenso. Todas las mañanas subía a la terraza a revisar los anclajes y al final de la tarde ayudaba a preparar el descenso de cada quien. Verificaba que la cuerda del grigrí estuviera en orden, que el arnés y los anclajes se hallaran bien asegurados y todo ese tipo de cosas. Lo más importante, además, era que lo ayudaba a uno a tomar confianza.

Gracias a eso, al final no fue tanto el susto. Todo lo contrario. Más allá de un cierto nerviosismo inicial, fue bastante divertido. El primer día, por ejemplo, me detuve a flotar como Pablo y Juan Sebastián me habían indicado: con las manos sueltas y la espalda hacia atrás para mover el centro de gravedad y quedar en una posición más cómoda. Frente a mí, de repente, cientos y miles de cuadritos de distintos rosados y amarillos y rojos y azules y naranjas parecían titilar como si acabara de aterrizar en un sueño psicodélico.

A partir del día siguiente, Eve, Pablo, Fer y Juanes se descolgaron cada mañana desde la terraza, mientras Sebas, Fabián, Juan Sebastián y yo subíamos palanqueando unos malacates que resultaron ser de porquería. Y ni hablar de las guayas, que tenían tantos nudos como si una hilera de camiones les hubiera pasado por encima. Una tortura que desesperaba a los más pacientes y que encima nos dejaba extenuados desde el comienzo de la jornada. De solo pensar en semejante esfuerzo, la descolgada en grigrí al final pasó a ser lo más relajante del día.  

4

Al iniciar el proyecto, se suponía que, a más tardar, terminaríamos el 28 de diciembre. Existía incluso un cronograma pormenorizado al respecto, que nosotros esperábamos superar para quedar libres antes de navidad. Solo que, claro. Como el 28 de diciembre es el día de los Inocentes, cualquiera sabe que no se puede creer en nada que se diga sobre ese día. Y mucho menos, cuando tardamos tantos días para empezar a pintar.

De todas formas, pronto se hizo evidente que los plazos no se cumplirían y los encargados del proyecto comenzaron a hablar de una prórroga hasta el 10 de enero. Obviamente nadie quería trabajar hasta esas fechas. En especial Fer, que ya tenía un viaje programado a Córdoba. El asunto era que así nos estuviera rindiendo bastante, no todo dependía de nosotros.

Por un lado, había llovido las últimas noches cada vez con más frecuencia. Además, existían ciertas dudas con respecto al muro de la terraza. El andamio solo podía subir hasta cierto punto y a partir de ahí tendríamos que poner extensores a los rodillos y no sabíamos qué tan complicado podía resultar la pintada. Para completar, algunos tornillos de los andamios habían rayado ciertas partes del mural, y tendríamos que ir haciendo los retoques cuando ya fuéramos bajando.

Afortunadamente, todo fluyó a las mil maravillas y la verdadera fiesta llegó el 30 de diciembre, en el cumpleaños de Juan Sebastián. No hicimos nada raro. Simplemente nos quedamos tomando cerveza y Black & White en el parque del Poblado. La diferencia era que ya no había que madrugar y cada quien pudo quedarse hasta que le aguantó el cuerpo.

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Comentarios (4)

  • Pablo Mejía 8 meses ago Reply

    Qué chimba, parce!
    Me reí como un putas!

  • Camilo 7 meses ago Reply

    Qué susto. Aguanta hacer el próximo mural con un robot.

    Miguel Botero 6 meses ago Reply

    Y aquí está! Gracias por mandármelo. Tremendo juguete. A ese no le debe dar miedo ninguna altura. https://www.youtube.com/watch?v=ZC4kiMGt-Cw

  • Fernan 7 meses ago Reply

    Qué anécdota tan buena. No solo viajé en mi propia memoria de viejas navidades sino que me hiciste recordar mi fobia a las alturas y a los espacios cerrados

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