La inquietante sonrisa de la Niña Blanca (Parte 3)

Recuerdo que el sol pegaba con todo y que habíamos dormido poco y que avanzábamos como dos zombis por las calles vacías de un lunes festivo. Se suponía que el trayecto sería muy similar al del primer día, al llegar a la ciudad. Sin embargo, por algún motivo desconocido y desconcertante y confuso y estrafalario y terco y sinsentido acabábamos de pasar por la estación de Mexicaltzingo y habíamos seguido de largo, como si tener que caminar durante cuadras y cuadras bajo el sol fuera un asunto insignificante. En ese sentido, el cerebro ya comenzaba a fallarnos.

Si tuviera que hacerle una especie de zoom a los recuerdos, me iría acercando poco a poco desde el cielo hasta descubrir una idea única que daba vueltas en nuestras cabezas y en el resto de nuestros cuerpos. Claro que ese tipo de cosas son muy fáciles de decir después, cuando el pasado se extiende, así sea cubierto de niebla, como un paisaje que uno puede enfocar a su antojo e ir armando despacio, muy despacio, como si fuera un rompecabezas.

Cualquiera sabe, en todo caso, que las cosas en su momento, o sea en vivo y en directo, funcionan muy distinto, y que los hechos, los acontecimientos, las vivencias o como se les quiera llamar suceden de manera múltiple, atropellada, simultánea, discontinua, intermitente, y que todo ese ruido termina por adueñarse de uno y por formar algo así como una superficie fulgurante que no deja ver bien.

Con todo y eso, es innegable que al pasar por la estación de Mexicaltzingo no andábamos pensando en otra cosa que no fuera irnos a acampar a unas playas perdidas de Jalisco y Nayarit. La idea incluso era seguir acampando unas semanas después en el semidesierto de Real de Catorce. Para eso ya teníamos la carpa y solo nos faltaba conseguir una olla para cocinar en leña y un par de platos hondos y cubiertos y pocillos…

También es cierto que al pasar de largo por la estación de Mexicaltzingo, por muy asoleados y dormidos que anduviéramos, tuvimos que haber pensado algo. De hecho, es probable que hayamos considerado que caminar dos estaciones no implicaba mayor esfuerzo y que, en el peor de los casos, sería cuestión de seguir derecho por una avenida que nos iría mostrando nuevas partes de la ciudad.

De todas formas, si conocíamos de antemano el camino a seguir, era porque en algún momento habíamos consultado el tema con Juan o con Nati o con ambos o con algún mapa. Lo que en caso de ser cierto, haría nuestra decisión de seguir derecho en la estación de Mexicaltzingo aún más inverosímil.

Otro aspecto importante a considerar es que a la luz del tiempo las razones de haber seguido derecho en la estación de Mexicaltzingo ya tampoco importan. O por lo menos no tanto como antes porque, además, si es que alguna vez existieron, fueron borradas por completo de la memoria.

Lo que sí recuerdo muy bien, en cambio, son las cuadras que pasaban y pasaban junto a nosotros. O más bien, a nosotros pasando y pasando por cuadras y esquinas y almacenes cerrados, como si se tratara de una larga secuencia programada en la que nunca llegábamos a ninguna estación ni a nada que se le pareciera.

Es más. De golpe, aquella avenida que parecía tan sólida, tan convincente, tan consistente, murió como si nada en el cruce de un ferrocarril y solo nos quedaron dos opciones. O seguir por otra avenida que nacía un poco más abajo, en una dirección que nos obligaría a rectificar el camino más adelante o, de lo contrario, pasar un estrecho deprimido por debajo del ferrocarril que no ofrecía mayores alternativas en caso de tener que correr ante algún intento de encerrona por parte de la delincuencia local.

Ese momento lo veo patentico porque recuerdo muy bien haberme arrepentido de llevar la cámara en la mochila, cuando no estábamos ni cerca de ponernos a tomar fotos con semejante solazo. Una consideración, en todo caso, que no duró ni medio segundo. Primero porque el sol no dejaba pensar bien y segundo porque ahí mismo nos metimos por esa especie de túnel y disfrutamos de su sombra y avanzamos por un andén angosto que unos pocos carros rozaban al pasar. Al final, solo nos cruzamos con dos recicladores que venían por la acera contraria y que levantaron la mano para saludarnos.

Pronto volvimos a salir a la superficie y nos encontramos con otra avenida igual de vacía y, durante un rato, solo pasamos fábricas y fábricas y almacenes de fábrica hasta que, a lo lejos, muy a lo lejos, apareció el letrero de Soriana clavado en lo más alto de una columna metálica y, casi enseguida, al llegar a la siguiente esquina, descubrimos un carro de tortas ahogadas, a mitad de cuadra, y nos acercamos como dos náufragos hambrientos y sedientos a pedir una torta gigante y dos cocacolas heladas de medio litro, en botella de vidrio.

Ahora que lo cuento, recuerdo que además de la acampada, el tema del virus también venía haciendo de las suyas en nuestras cabezas. Solo que no daba vueltas y vueltas como el deseo incesante de irnos a acampar, sino que, por el contrario, solo titilaba de vez en cuando, como una de esas advertencias que uno prefiere no escuchar y que se encarga de espantar mediante bruscos movimientos de la mente, como si se tratara de un mosquito que le zumba en el oído mientras intenta dormir.

Y no tenía nada de raro. De alguna forma, era un mecanismo de defensa o algo por el estilo, ante la avalancha de información y desinformación que venía creciendo a un nivel nunca antes visto por nosotros. En el caso de Colombia, sin ir más lejos, los cientos de chistes que nos llegaban a diario acerca del virus se habían transformado, de la noche a la mañana, en decretos de confinamiento para las personas mayores de 70. Mi mamá ya andaba encerrada en su apartamento, la mamá de Catalina también y la población en general había pasado de la risa al miedo sin darse ni cuenta.

En Guadalajara, por el contrario, aparte de las medidas de cerrar algunos edificios públicos y de haber mandado a maestros y alumnos para sus casas, todo se veía bastante normal. Las calles seguían igual, los restaurantes seguían igual, los bares seguían igual… Nosotros, de hecho, también seguíamos más o menos igual, aunque al mismo tiempo aquellos mensajes tan dispares y contradictorios empezaban a confundirnos.

Eso de la confusión lo recuerdo perfecto, porque al instante de pedir las gaseosas heladas y la torta gigante, los manes que atendían el carrito nos invitaron a pasar a un local que había al frente. Y estuvimos a punto de hacerlo. Hasta que vimos las mesas llenas de gente y nos imaginamos un montón de virus flotando en el ambiente y preferimos sentarnos en unas butacas de plástico a escasos metros del carrito, donde soplaba una brisa fresca, a la sombra de un árbol.

Después de comer y de tomar y de pagar emprendimos la marcha con cierta pereza hasta llegar al supermercado; una típica mole de cemento, de formas monótonas, donde la gente entraba y salía llena de paquetes y de bolsas y de cajas y de cachivaches de todo tipo como si nada raro pasara y se tratara de un lunes festivo cualquiera. Las compras, sin embargo, eran tan exageradas como si todas esas personas se aprovisionaran para un desastre nuclear.

Una imagen cargada de sinsentido que no alcanzamos a procesar muy bien porque, de un momento a otro, cuando fuimos a ver, y sin necesidad de miraros, ni de decirnos, ni de pensarnos, ni de nada, seguimos también de largo y no entramos a ningún lado y un poco más adelante nos sentamos a la sombra, en unas escalas tranquilas, con la mirada dirigida hacia el inmenso vacío que formaba los corredores del centro comercial.

Así nos quedamos un rato. Como si el cansancio y el sueño y el almuerzo y el sol y ahora también la sombra y el aire fresco hubieran modificado la velocidad de los acontecimientos con respecto a nosotros y, de repente, los deseos, los latidos, los impulsos y los planes de viaje y de camping y de cocina en leña acabaran de transformarse en algo imposible de vivir y de sentir y de pensar y de entender y, a partir de entonces, cada idea hubiera tomado una dirección distinta, alocada, divergente.

Según recuerdo, no llegamos a decir nada. Simplemente nos quedamos ahí como dos gallinazos que extienden sus alas en lo alto de la montaña y recargan energías para el siguiente vuelo. Después nos miramos de manera fugaz, nos pusimos de pie y tomamos el camino de regreso en completo silencio. Algo distraídos, algo ensimismados, casi flotando, casi disueltos. Como si acabáramos de descubrir que nuestro pobre universo formaba parte de una compleja simulación y que la vida conocida hasta entonces solo estaba pegada con babas.

2

Y claro que eso siempre lo habíamos sabido. Más que nada por algo tan obvio como el tema de la muerte y sus demás derivados. El asunto era que nuestra forma de vida resultaba aún más frágil de lo que habíamos pensado y no hacía falta algo tan radical como que alguien apagara la simulación de nuestro mundo, ni que se rompiera el débil equilibrio que mantiene unidas las partículas, ni que sucediera una catástrofe nuclear, ni que un meteorito aplastara todo un continente y cubriera de oscuridad los cielos del planeta, ni que los extraterrestres llegaran a esclavizarnos ni, mucho menos, que una pandemia acabara con el 97% de la humanidad.  

Bastaba con muchísimo menos. No había que llegar a extremos tan apocalípticos. Ni siquiera había que recurrir a una simulación creada por otros, porque al final de cuentas nosotros mismos ya habíamos creado la nuestra. Una simulación en la que hablábamos de inteligencia artificial y de conquistar el espacio inconquistable y de otros temas suprahumanos, como si en nuestro mundo conocido ya estuvieran resueltos todos los problemas fundamentales y no existieran cientos de millones de personas muriendo de hambre o viviendo en condiciones miserables, sin llegar a divisar jamás la endeble burbuja de progreso que otros pintaban. Esa ilusión barata, perversa, tan fácil y difícil de desbaratar.

El caso era que nuestra simulación acababa de presentar una falla, una anomalía, un virus que intentaba borrar de un tajo algunos de los efectos más sutiles para mantener al mundo anestesiado. Afortunadamente, contábamos con una catarata de información científica que nos ayudaría a combatirlo.

Empezando con la secuencia del genoma inicial del virus y de todas sus mutaciones subsiguientes. Contábamos además con diversos tipos de pruebas para detectar los contagios, con big data, con sistemas para localizar a los contagiados, con aplicaciones, con progresiones matemáticas, con curvas algorítmicas y curvas exponenciales y más simulaciones y más simulaciones dentro de otra simulación y proyecciones estadísticas y hospitales y camas y respiradores artificiales.

Mientras tanto debíamos seguir desde la distancia la abstracta carrera por conseguir una vacuna o la abstracta carrera por encontrar un medicamento entre los ya existentes o la abstracta carrera por encontrar un medicamento completamente nuevo o, de ser posible, todas las abstractas carreras al mismo tiempo. Tampoco estaba de más prenderle unas cuantas velitas a la buena suerte. Solo por si acaso.

Hasta que la falla en la simulación no fuera solucionada, lo mejor era no salir, ni verse con nadie, ni acercársele a nadie, ni buscar cómo ganarse la vida más allá de la pantalla de un computador o de un teléfono, ni tocar nada. Había que taparse la nariz y taparse los ojos y taparse la boca o incluso mantenerla cerrada el mayor tiempo posible. Y lavarse las manos con jabón muchas veces al día y no tocarse la cara y desinfectar todo con alcohol y desinfectar todo con cloro y cerrar las puertas y cerrar las ventanas y recurrir al máximo al mundo virtual, así fuera tratando de reemplazar lo irremplazable.

Para mantenerse actualizado, había también que estar atento a lo que decían los inmunólogos, los epidemiólogos, los virólogos, los matemáticos, la OMS, los presidentes de turno, los ministros, los gobernadores, los alcaldes, los senadores, los deportistas, los dirigentes deportivos, las estrellas del reguetón, los ídolos del pop, los intelectuales, los adivinos, el Dalai Lama, el Papa Francisco, los rabinos, los escritores, los intelectuales adivinos, los escritores epidemiólogos, los intelectuales virólogos, los escritores futurólogos, los actores famosos, las feministas, las mayorías, las minorías, los chinos, los gringos, los surcoreanos, los rusos, los alemanes, los iraníes, los kenianos, los senegaleses, los nigerianos, los amazónicos, los esquimales, los saharianos, los subsaharianos, los colombianos, los mexicanos, los brasileros, los peruanos, los ecuatorianos, los surafricanos, los indios, los taiwaneses, los tailandeses, los japoneses, los italianos, los neozelandeses, los suecos, los groenlandeses, los australianos, los argentinos, los bolivianos, los canadienses, los habitantes de las antípodas, los españoles…

No importaba que cada quien dijera algo distinto, ni que al día siguiente se contradijera, ni que una semana después volviera a defender su punto inicial. Para eso había suficientes satélites de comunicación dando vueltas por el espacio, amplificando semejante cantidad de ruido blanco por océanos y continentes, como si en lugar de habitantes, el planeta solo tuviera miles de millones de frecuencias sin sintonizar. Algo así como una humanidad entera en busca de señal y de sentido.

Obviamente, tampoco faltaban los que aparecen a echarle la culpa de todo a lo mismo de siempre, afirmando además que ellos mismos ya venían advirtiendo el desastre que se avecinaba desde hacía muchísimo tiempo. En ese sentido, había un menú de culpas para todos los gustos.

Se podía culpar al capitalismo, al imperialismo, al neoliberalismo, a la globalización, a la lucha de clases, al alejamiento de Dios, a los empresarios, a los magnates, a los bancos, al patriarcado, al complejo de Edipo, a los pecadores, a los murciélagos chinos, a los chinos que comen murciélagos, al gobierno chino, a los chinos en general, al poscolonialismo, a la sobrepoblación, a la deforestación, a los combustibles fósiles, al cambio climático, a los medios de comunicación, a las redes sociales, a los traficantes, a los servicios secretos, a los terroristas, al gobierno de turno, a la oposición, a la corrupción, a la derecha, a la izquierda, al centro, a la centroizquierda, a la centroderecha, a los apolíticos, a los políticos en general, a las ondas electromagnéticas, a las antenas 3G, a las antenas 4G, a las antenas 5G, a la tecnología en general, a las farmacéuticas, a los laboratorios, a las vacunas, a la investigación científica, a la ciencia en general, a una nueva guerra fría, a los planes de dominación mundial, a los masones, a los Rothschild, a Bill Gates, a los Illuminati, al diablo, a las conspiraciones en general, a los reptilianos, a los pleyadianos, a los anunnaki, a los extraterrestres en general, a Oriente, a Occidente, al antropocentrismo, a los humanos en general, a los humanos en particular…

Entretanto, a los millones y billones y trillones y cuatrillones y gúgoles de virus, todo aquello parecía traerlos sin cuidado. Ellos simplemente se dejaban llevar. No querían, ni sentían, ni sabían, ni esperaban nada.

3

Las siguientes 48 horas pasaron a toda prisa. O por lo menos así quedaron plasmadas en el recuerdo. Casi como si las hubiera leído en una especie de resumen.

Todo fue más o menos así. Llegamos a la casa y apenas abrimos la puerta, Juan y Nati nos contaron que acababan de cambiar sus pasajes de regreso para el lunes, pues, al parecer, cerrarían muy pronto los aeropuertos de Colombia por un tiempo indefinido. Con todo y eso, el viernes llegaría la prima de Nati con su familia desde Reyes y pasarían el fin de semana con ellos en las playas de Chacala.

Para entonces, Cata y yo podíamos quedarnos otros quince días que Juan y Nati ya tenían pagos. Sin embargo, ante tanta medida extrema, no queríamos correr el riesgo de quedar atrapados en Guadalajara y ahí mismo nos pusimos a llamar amigos, a mandar mensajes y a buscar todo tipo de opciones por internet. Y claro. Los arriendos andaban escasos, difíciles, costosos. Tanto así que Cata terminó ofreciendo hasta la tercera parte de lo que pedían.

Al despertarnos en la mañana, una maestra de San Sebastián del Sur nos había contestado diciendo que justo aprovecharía el cierre de los colegios para pasar una temporada en Colima con su mamá y su papá y que le venía bien la plata que ofrecíamos. Nos preguntó si podíamos ayudarle a regar las matas y nos contó que se iría al día siguiente.

Esa última noche, aprovechamos para comer tacos y tostadas en una cenaduría del barrio. Nos tomamos unas cervezas con Juan y Nati, les mostramos las fotos de nuestra nueva casa y luego nos quedamos hablando de lo divertidas que habían sido esas dos semanas y de los tantos planes que al final nunca fueron y de lo impredecible y loco que andaba todo.

A la mañana siguiente Cata y yo desayunamos chilaquiles a dos cuadras de la casa y nos fuimos a andar por Chapultepec y la avenida Vallarta, entre caserones y torres palaciegas, que parecen sacados de la historia triste de una niña rica. También buscamos quién nos llevara hasta San Sebastián del Sur y terminamos cuadrando con alguien en blablacar para el final de la tarde. Aprovechamos también para comprar antisolar, recargamos el teléfono y volvimos a la casa con el tiempo justo a empacar a la carrera. Por último, nos despedimos de Juan y Nati y salimos de nuevo a deshacer los pasos del primer día.

Esta vez, sin embargo, no fuimos tan brutos como dos días antes y bajamos por las escalas de la estación de Mexicaltzingo y pasamos los torniquetes y nos montamos a un vagón que no venía ni lleno ni vacío y que, de hecho, tenía el espacio apenas suficiente para que las personas no tuvieran ni que rozarse. Ya se veían algunos tapabocas y las respectivas expresiones quirúrgicas. Miradas apagadas, futuristas, circunspectas.  

Yo, por mi parte, apoyé los pies estratégicamente separados y no toqué ni una sola varilla en todo el trayecto. Tampoco abrí la boca y traté de respirar lo más suavemente posible, como si hubiera aprendido a desacelerar los latidos del corazón. En un momento, vi que Catalina se apoyó contra la puerta y ahí mismo le abrí los ojos como si ella acabara de cometer una imprudencia que ponía en riesgo nuestras vidas.

Y es que, por algún motivo de esos raros, andaba pensado en el karaoke de la noche del cumpleaños. O no tanto pensando, sino lamentándome por haber actuado con semejante ligereza. Imaginaba el micrófono con el que Cata había cantado o intentado cantar y no se me ocurría ningún objeto más peligroso para un tiempo tan pandémico.

Dos estaciones después, al bajar en Santa Filomena, mis preocupaciones no habían hecho más que crecer, como si una vocecita interna se encargara de alentar mi lado más paranoide y catastrofista. Trataba de calmarme y me calmaba, pero luego volvía la vocecita y otra vez trataba de calmarme y me calmaba, pero de nuevo aparecía la vocecita y así sucesivamente, mientras caminábamos en pleno atardecer y llegábamos a la esquina de Lázaro Cárdenas.

Una vez allí, todo cambió. Porque mientras esperábamos el carro, vimos un Burguer King en la esquina opuesta y el hambre de no haber almorzado se nos despertó y pasamos a comprar hamburguesa con papitas y gaseosa y regresamos enseguida a comer en la esquina. Solo que claro. Como suele pasar, ahí sí llegó el carro de una y no alcanzamos a probar ni media papita. Lo que al final de cuentas tampoco hizo ninguna diferencia porque después de meter las mochilas al baúl y de montarnos en la banca de atrás y de presentarnos con el man del carro, ahí mismo nos pusimos a comer.

Unas cuadras más adelante recogimos a otro man que se fue con nosotros atrás. La noche no tardó en caer y las luces del tráfico apenas se movían. Después de casi una hora, paramos por otra chica a las afueras de Zapopan. Ella se montó adelante y al momentico pasamos un accidente y el panorama se despejó y avanzamos al fin como por entre un tubo, oyendo clásicos de rock en español y algunas rancheras.

Cruzamos una larga zona oscura, en la que solo alcanzaban a verse las luces del camino y las rayas de la carretera. Luego pasamos varios puentes y unos viaductos que bordeaban extensas sombras de agua, que aparecían en el mapa como bellas manchas azules de formas fantasmales.

Finalmente, el carro se desvió por una carretera secundaria. El paisaje se volvió aún más oscuro y el man del carro nos dijo que estábamos a punto de llegar. No tardamos en distinguir a la izquierda el camino que nos servía y nos quedamos junto a una bomba de gasolina.

Le pagamos al man del carro, nos despedimos, sacamos las mochilas del baúl y avanzamos bajo un cielo estrellado en dirección al pueblo. Pasamos una fábrica, un par de potreros y un Kiosko con un letrero gigante. Siguieron unas calles tenues, casi oscuras, algunas puertas abiertas y unos niños dispersos corriendo por ahí…

A medida que avanzábamos, percibimos una música de tubas y guitarrones que parecía provenir de la imaginación. Unos juegos pirotécnicos rojos y naranjas iluminaron el cielo. La música se fue haciendo más fuerte y de repente desembocamos en una fiesta que abarcaba casi media plaza. Había un sinfín de mesas a todo el frente de la iglesia y mucha gente y mucha comida y mucha bebida y luces y algarabía. Los músicos tocaban de pie junto a un árbol y Cata y yo nos quedamos pasmados, como si acabáramos de aparecer en una película por completo incoherente. ¿Esa gente estaba loca? ¿Nosotros estábamos locos? ¿Todos estábamos locos? ¿Nadie estaba loco? ¿Qué significaba estar loco?

4

Al sentir el sol en la cara, entreabrí los ojos y me quedé un momento sin abrirlos del todo, como quien intenta reconocer un lugar en el que nunca ha despertado. Luego me levanté a orinar y fui a la cocina a servir agua del botellón en una garrafa de vidrio y me tomé dos vasados. También puse a hervir agua para dos tintos y aunque pretendía no hacerlo, terminé leyendo noticias.

Y claro. Más contagiados. Más sospechosos de contagio. Más muertos. A eso parecían reducirse los sucesos planetarios. En Jalisco, sin ir más lejos, el gobernador había puesto una alerta en busca de 300 personas que acababan de regresar de unas pistas de esquí en Colorado.

Vi también que había muerto la primera persona en México a causa del virus y que, al parecer, se había contagiado en un concierto de Ghost en Ciudad de México.

Preferí no mirar más noticias tristes. Y no fue sino hacerlo, para descubrir un mensaje de Loaiza contándome que Abad andaba entubado en un hospital de New Jersey. Le mandé entonces un audio para saludarlo y me puse a preparar tinto.

Al rato me respondió Abad. Andaba delicado, aunque más o menos estable. No le pregunté nada sobre la enfermedad y más bien nos pusimos a hablar de cualquier otra cosa, hasta terminar acordándonos de la vez que Napalm Death fue a Medellín y los vimos pasar junto a nosotros en una Van y entrar a la plaza de toros en pleno atardecer, mientras hacíamos la fila tomando ron. Al momentico oscureció y cuando todo el público estaba listo para entrar, apareció un carro de la Alcaldía a exigir un permiso inventado a última hora y todo se volvió un misterio y la gente empezó a decir que ya no habría ningún concierto.

Al principio parecía un rumor. Pero poco a poco fue tomando forma y se convirtió en algo tan real e incontrovertible que el carro de la Alcaldía se fue y La Macarena no se abrió y una gente empezó a tirar cocteles molotov contra las puertas que ardieron hasta lo más alto, contra las sombras de la noche.

Varios manes se treparon a la estatua de Pepe Cáceres y la empujaron y la empujaron y la empujaron hasta que fue cediendo y se balanceó y terminó por caer hasta romperse contra el suelo, donde la siguieron quebrando hasta repartirse el botín.

Uno de ellos decidió cruzar el puente del río con una pierna del torero al hombro y fue el primero en encontrarse con la policía y ahí mismo se lo llevaron preso. Frente a la plaza, no tardaron en aparecer las tanquetas y empezaron a repartir gases lacrimógenos a diestra y siniestra. En cuestión de segundos, los alrededores de La Macarena se convirtieron en un campo de batalla de fuego y humo y toses y gritos y golpes y golpes y golpes, en donde cada quien corría para cualquier lado.

Abad y yo ensayamos primero por la Regional, pero los policías andaban dándole pata y bolillo a una gente en el suelo, así que nos devolvimos de un brinco y nos metimos por las calles y los talleres de Naranjal hasta salir a la canalización. De ahí saltamos por encima del agua para no tener que pasar por la estación del metro y atravesamos las mangas de Suramericana y cruzamos Colombia y terminamos tomando ron en un murito de Carlos E con otros amigos que también acababan de llegar corriendo.  

Abad, sin embargo, andaba tan aburrido por no haber visto a Napalm Death que prefirió caminar los escasos metros que lo separaban de su casa y simplemente se fue. Andaba cercano a las lágrimas, como un niño al que después de miles de promesas y expectativas acaban de decirle que ya no habrá paseo.

Con eso tuvimos para reírnos un rato. En los mensajes de audio la risa de Abad sonaba ahogada y débil.

5

Al final, no fue tan difícil dejar de leer noticias. Cualquiera se aburre viendo lo mismo una y otra vez y parece que nada pasara y el mundo entero se hubiera detenido y no quedara más que una vieja imagen congelada por comentar.

Junto a la casa, la vida siguió su curso. Hubo cada vez más golondrinas. Y petirrojos. Y garrapateros. Y unas aves negras y grandes de pico torcido que saltan como si anduvieran de fiesta. Y garzas que se reunían sobre los pastos amarillos, bajo los últimos rayos de la tarde, antes de partir juntas, en perfecta sincronía con las vacas que iban de regreso al establo. Para entonces, el colorín ya se había llenado de hojas, tan solo unas semanas después de que sus vainas se secaran y reventaran y se abrieran y sus miles de pepitas rojas llenaran la tierra.

Por esos días Catalina andaba haciendo ilustraciones, y yo seguía escribiendo en el corredor de atrás, junto al potrero. Ya no era tiempo de viajar y, por momentos, me sentía como una especie de narrador escrito por alguien más, sin la más mínima idea de lo que estaba contando.

Recuerdo que un día me quedé como en el aire, sin saber qué hacer. Estuve dando vueltas por la casa y se me ocurrió retomar unas ideas que tenía por ahí engavetadas para unos cuentos. Luego me recosté a leer y me quedé dormido y no tardé en soñar colgado en una hamaca, navegando por un río tan negro como el cielo de la noche. No sabía dónde me encontraba ni para dónde iba. Simplemente estaba ahí, en un barco mediano, con techo de lata y palma, oyendo el canto estrepitoso de la selva, sintiendo un poco de brisa, olvidándome de pensar…

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