La inquietante sonrisa de la Niña Blanca (Parte 2)

Sin sonrisa

Dentro de dos meses ya no estaremos aquí en Guadalajara. No habremos pasado por la Huasteca, ni habremos buscado peyote en Real de Catorce ni, mucho menos, viajado hasta Chihuahua a tomar el tren Chepe que atraviesa las Barrancas del Cobre. Para entonces, los planes habrán cambiado tanto que ya no podrán siquiera llamarse planes. Simplemente habremos llegado a un lugar inesperado casi sin saberlo. Así no más… De repente.

A hora y media de aquí, al borde de un camino entre San Sebastián del Sur y San Andrés de Ixtlán, estará la casa. Frente a ella, unas cuantas palmeras junto a la estructura de un templo que nunca terminó de construirse y un centro de investigación científica de la cuenca del lago Zapotlán, ubicado a solo tres kilómetros.

La casa tiene dos entradas. Una puerta común y corriente que mira hacia el camino y un ventanal de cuatro puertas que se abren de par en par, a lo ancho de la sala. Una amplia barra de baldosas azules se extiende desde la entrada principal, separando la cocina de la sala. En las noches, dos lámparas colgantes de juncos proyectan una urdimbre de luces contra las paredes y el techo. Más al fondo, hay un corredor con tres cuartos, un baño y un patio de ropas. Cada cuarto tiene cama, armario, silla, nochero y dos puertas corredizas de vidrio que miran hacia afuera.

La segunda noche, nuestro vecino Benjamín me invitará a platicar junto a la entrada de su taller de motos. Sus ojos son brillantes y sinceros. Sin embargo, yo trataré de no acercarme demasiado a él, por andar pensando en virus y pandemias como un obsesivo que solo ve catástrofes y peligros por todas partes y no es capaz de lidiar con la más mínima incertidumbre.

Benjamín me hablará de un burrito de una raza miniatura y me llevará enseguida a conocerlo entre los pastizales oscuros de un lote vecino. El burrito a duras penas me llegará a la rodilla y quedaré tan estupefacto como un niño. Benjamín me contará que tiene también una mula y dos caballitos más o menos del mismo tamaño.

Detrás de su casa, me mostrará unas varillas que él mismo diseñó y mandó a hacer, para ensamblar un carrusel con el que suele trabajar en todo tipo de ferias y fiestas. La estructura incluye luces de colores y un sistema eléctrico que se nutre del movimiento de un dínamo, a medida que los animales giran apaciblemente con algunos niños al lomo. Cada función dura diez vueltas. La mula es quien se encarga de contarlas y de llevar el compás de los otros animales. 

Benjamín me hablará de una casa que tiene al otro lado de la carretera principal, cerca de las laderas del volcán, y me invitará para que vayamos a conocerla el domingo siguiente. Yo alcanzaré a mencionar algo del virus y, por un momento, me sentiré como un predicador del fin del mundo. Benjamín dirá que no cree en nada de lo que se habla sobre esa enfermedad. Él más bien confía en Dios.

Tras despedirme de Benjamín, entraré a contarle a Cata sobre aquel burrito chiquitico y prometeré mostrárselo a la mañana siguiente. Durante la noche, el burrito se dedicará a rebuznar sin descanso, con la misma fuerza de un monstruo gigante.

2

Juan y Nati nos prestan sus tarjetas de MIBICI y nos explican más o menos cómo funciona el asunto. El servicio ya está pago por un año, de modo que solo debemos buscar una estación y meter la tarjeta en la ranura frente a cualquier cicla. A veces hay que repetir la maniobra varias veces hasta que se prenda un bombillito verde y se desasegure la bici. A partir de ese momento, uno tiene media hora para andar. Eso quiere decir que hasta Tlaquepaque habrá que parar por lo menos una vez a cambiar de cicla. Para que no se agote el tiempo, lo mejor es poner una alarma en el teléfono. En algunos tramos las estaciones no están tan cerca y lo ideal es tener entre cinco y siete minutos para poder buscar.

Mientras Juan nos explica los pormenores del camino, pienso en el almuerzo que nos espera en Taco Fish. En los últimos días nos hemos vuelto adictos a ese sitio. Alcanzo a oír que debemos ir derecho por no sé dónde y que toca voltear como tres veces a la derecha. Afortunadamente, Catalina sí pone atención.

Me monto a la cicla y me acomodo varias veces la mochila de chambira, lo más hacia atrás posible, para que la cámara y el termo de aluminio no vayan golpeando contra la varilla a cada pedalazo. Pienso incluso en pedirle a Cata que guarde la cámara en su morral, pero al final decido no hacerlo. O simplemente no lo hago.

Vamos por Federalismo, cruzamos en La Paz, seguimos derecho hasta la esquina de Taco Fish y dejamos las ciclas en la estación del frente. La idea es no comer demasiado para hacer más fácil el camino. Solo que al final resulta imposible. Comemos tostadas con camarones, comemos tacos de pescado y encima llenamos los platos con todos los aderezos y condimentos que se nos atraviesan en la barra. 

Al volver a montarnos a las ciclas, seguimos por Donato Guerra y pronto descubro que mis cambios no funcionan. En lugar de devolvernos, prefiero esperar a la siguiente estación y más bien me resigno a una revolución absurda que me obliga a pedalear mucho más de la cuenta.

Como de costumbre, el sol pega con todo. Ya hemos girado un par de veces a la derecha y Catalina parece muy segura del camino. Yo voy detrás de ella mirando posibles estaciones.

Pasamos por calles de talleres y almacenes de repuestos, luego seguimos por un barrio de casas teñidas de hollín y finalmente llegamos a la avenida que conduce a Tlaquepaque. Justo en ese momento, la alarma comienza a sonar.

Dos esquinas después hallamos una estación. Aprovechamos para tomar agua, verifico que los cambios de mi cicla sí funcionen y arrancamos. Pasamos por un montón de restaurantes, junto a un aparatoso centro comercial y, poco a poco, el camino se inclina levemente.

En cuestión de minutos, estamos en el pueblo. Buscamos dónde dejar las ciclas, agotamos de un trago las últimas provisiones de agua y caminamos un rato por unas peatonales de piedra, entre casas hermosas, convertidas en almacenes de artesanía vacíos. El sol sin embargo ya nos tiene locos y no tardamos en ir por una caguama de XX. La envasamos en los termos y nos sentamos a tomarnos la cerveza helada a la sombra, en la banca de un parque.

Más tarde damos una vuelta por el mercado. Miramos sombreros y todo tipo de artesanías y salimos de nuevo a recorrer las calles empedradas. Entramos a una escuela en la que dictan cursos y talleres de arte y nos quedamos detallando los programas.

Al salir, el sol está próximo a ocultarse y decidimos regresar. Hoy era solo un día de reconocimiento. La próxima semana, seguro volveremos con más tiempo. Buscamos entonces una estación y desaseguramos un par de ciclas. Cata acomoda su mochila en la canasta delantera y decido imitarla. Aprovecho para guardar la cámara en su morral de cierre. Le doy varias vueltas a mi mochila sobre la varilla de adelante y la dejo presionada con un elástico.

Bajo los últimos visos naranjas del cielo, nos descolgamos por el mismo camino de venida y, mucho antes de lo esperado, llegamos al punto en que volteamos hace unas horas y que solo resulta venir en sentido contrario. Así que nos devolvemos un par de esquinas, cambiamos de cicla y nos metemos por un camino paralelo y oscuro que no deja de morir en fábricas y bodegas, lo que nos obliga constantemente a voltear por otras calles. Y por más que intentamos compensar el desfase a la siguiente oportunidad, al final terminamos saliendo a una avenida de cuatro carriles que jamás habíamos visto.

No tenemos más remedio que consultar el mapa para constatar que en algún momento tomamos una diagonal inesperada y que en realidad estamos en la porra.

Para retomar el rumbo, debemos voltear a la derecha por esa misma avenida y seguir unas veinte calles hasta el parque Agua Azul, en el que ya hemos estado varias veces.

Después de una intersección, la avenida se torna más oscura y solitaria. La alarma comienza a sonar y decidimos pedalear a toda para no dejar vencer el tiempo. Durante varias cuadras no pasamos por ningún cruce y vamos cada vez más rápido.

De pronto, entre un pedalazo y otro, el paisaje se detiene a mi alrededor. Noto con extrañeza que la cicla comienza a inclinarse hacia adelante y cuando menos pienso la llanta de atrás ya se ha despegado del pavimento.

Como si acabara de estrellarme con una barrera de tiempo, el mecanismo de la cicla se ha parado por completo. Alcanzo a pensar que a lo mejor me acabo de clavar en un hueco oscuro y que estoy a punto de estampillarme contra el suelo de la manera más salvaje. No dejo de observar todo aquel movimiento inusual y, por un momento, me siento en un videojuego cuya pantalla saturada y lenta me permite un mayor tiempo de maniobra.

De repente, mi pie izquierdo abandona el pedal y se levanta ágilmente sobre la varilla principal de la cicla. A continuación, mi pie derecho se deja caer hacia el suelo, como si acabara de soltarse desde la silla de una barra cervecera. Mi pie izquierdo no tarda en hacer lo mismo, a la vez que mis manos se desprenden del manubrio.

Al tocar el suelo, mis pies trastabillan en tres o cuatro largos pasos hasta que el impulso excesivo termina llevándome hacia adelante y quedo con las manos apoyadas en el asfalto. La cicla, entretanto, ha dado una vuelta completa sobre sí misma, volando por encima de mí para rastrillarse contra el asfalto a una velocidad insólita.

Me incorporo de un salto y corro a buscar el hueco que imaginé hace un momento como si necesitara comprobar al menos algo entre semejante desbarajuste de la realidad. Sin embargo, no hay ningún hueco. Ningún objeto. Nada.

Miro de pronto a Catalina y la descubro observándome como si acabara de verme transmutar en un animal selvático. Me pregunta si estoy bien y yo le digo que sí. ¿Qué pasó? ¿Qué pasó? Ella me ayuda a buscarme heridas por todas partes, pero no tengo ni un solo raspón. La ropa está intacta y tampoco me duele nada.

A unos metros, la cicla yace tirada en medio de la avenida vacía. La mochila está toda envuelta entre los radios de adelante y no se le ha reventado ni una fibra. En su interior, por el contrario, el termo de aluminio se halla completamente aplastado. 

3

Sueño con palabras. Palabras pensadas, habladas, escritas, recitadas, propias, ajenas, conocidas, novedosas, fluidas, atropelladas, cortas, largas, naturales, solemnes, limpias, turbias, sencillas, infladas, simples, complicadas, familiares, rebuscadas, sorprendentes, monótonas, repetidas, únicas, dóciles, inquietas, espontáneas, calculadas, sinceras, embaucadoras, despejadas, amalgamadas, fáciles, impronunciables, prístinas, actuales, claras, confusas…

El asunto es que por lo general todas esas formas se entremezclan, y las palabras van cambiando de estado como díscolas partículas que viajan de una dimensión a otra sin ningún esfuerzo.

Anoche por ejemplo todo empezó muy bien. Como cuando uno se sueña haciendo goles imposibles o tocando un instrumento con una destreza abismal o flotando por el aire a su antojo o viajando a la velocidad del pensamiento. Más o menos así empezó. Con palabras ciertas, bellas, significativas, que iban apareciendo de maneras mágicas, mucho más allá de mi voluntad. Como si de un momento a otro mis propios deseos se convirtieran en algo múltiple, contradictorio, ajeno.

Pocas cosas, sin embargo, más cercanas a la invención que tratar de contar un sueño. Empezando porque los sueños no son historias, sino cúmulos de sensaciones, una simultaneidad de imágenes y asociaciones que se manifiesta a gran velocidad por fuera del espacio y el tiempo.

Al despertar, por el contrario, solo recordamos ciertos destellos y los vamos organizando al azar. Tergiversándolos. Adaptándolos. Hasta terminar sumidos en nuestra propia ilusión. Como si tratáramos de recordar una película sin trama que vimos borrachos y drogados hace demasiado tiempo.

4

Obviamente, veníamos leyendo noticias. Un virus surgido en China causaba pulmonías atípicas y parecía provenir de un murciélago o de un pangolín que alguien se había comido. Se había hablado de Corea del Sur y de otros países del sudeste asiático. Luego el énfasis se trasladó a Italia y ahora también a España, que por lo visto andaba putiado.

El asunto es que, de mil maneras posibles, las noticias lo van saturando a uno. Presentan tal cantidad de hechos terribles que uno termina medio vacunado contra tanta calamidad. Y no solo eso. Sino que además suelen centrarse en ciertos hechos y lugares, mientras la mayoría de las desgracias que se viven a largo y ancho del globo quedan relegadas al silencio, como si no tuvieran la más mínima prioridad. Y todo eso confunde. Como si, por momentos, solo se oyera una gran mentira.

Para completar, en Buenos Aires ya me había tocado vivir algo similar con el H1N1, cuando un día salí muy tranquilo para cine y descubrí que habían cerrado la sala Lugones hasta nuevo aviso. Luego clausuraron las bibliotecas y poco después mandaron a los colegios a vacaciones. La ciudad se vació por completo y, de un día para otro, uno se me montaba al metro y no éramos más que tres o cuatro gatos mirándonos con cierta desconfianza. Al final, sin embargo, la sensación general fue que todas esas medidas habían sido un tanto exageradas.

La cuestión es que antier empezó más o menos la misma historia acá en Guadalajara. Al final de la mañana, Cata y yo llegamos a la biblioteca Iberoamericana y nos informaron que estaría cerrada por lo menos un mes. Lo raro era que el día anterior nadie nos había dicho nada y que, apenas cuatro días antes, la plaza de la biblioteca había albergado una manifestación entera por el día de la mujer. El resto de la ciudad, para completar, seguía absolutamente normal.

Fuimos entonces a trabajar un rato en Larva, ahí no más a la vuelta. Luego almorzamos burritos en el Mercado Corona, anduvimos un rato por ahí y al final de la tarde nos encontramos con Juan y Nati en La Pulkata, por los lados del Parque Alcalde. Les dijimos lo de la biblioteca y ellos nos contaron que el festival de cine de Guadalajara también había sido cancelado, por lo que Yira y compañía tampoco vendrían.

Mientras tanto, el bar se fue llenando hasta que no le cupo una persona más, y para pasar al baño había que abrirse paso entre la multitud. De casualidad, nos tocó un concierto de Sarape Huasteco y la noche fue pura diversión. Nos tomamos varios baldados de pulque y nadie habló de ningún virus.

5

Ayer fue mi cumpleaños. Juan y Nati nos invitaron a almorzar carne en su jugo y cada quien se comió un platado enorme. Caminamos casi una hora de regreso hasta la casa y llegamos a dormir el resto de la tarde.

Al despertar nos tomamos unas cervezas que había en la nevera. Luego salimos a comprar más y Nati preparó unas quesadillas con tortillas azules. Estuvimos oyendo música y charlando hasta que Juan y Nati se fueron a dormir y Cata y yo salimos a andar un rato la calle. Llevamos los termos llenos de cerveza y nos sentamos un rato en el Parque Expiatorio. Después anduvimos por Juárez y terminamos en un karaoke.

Mientras yo compraba un litro de coctel de melón para los dos, Cata pidió turno con Un año de amor de Luz Casal. Nos sentamos en la barra a tomar coctel con pitillo, y mientras veíamos a la gente cantar, fui barajando opciones para pedir. Sin embargo, cuando al fin escogí The man who sold the world, los turnos ya se habían agotado.

Al momentico llegó el turno de Luz Casal, pero el micrófono no hizo más que apagarse y Cata se la pasó peleando con el sonido. Lo mejor fueron las luces rojas y azules que caían sobre el escenario. Lo demás sirvió más bien para reírnos.

Siguió una chica con un tema de reguetón y el micrófono volvió a funcionar de maravilla. Después no siguió nadie y empezaron a cerrar. Envasamos los restos de coctel en el termo y regresamos a la casa por una calle estrecha y oscura.

6

Dentro de dos meses caerán las primeras gotas y unos sutiles tonos verdes irán tiñendo los pastos. Las vainas del colorín comenzarán a secarse, sus flores irán cayendo y sus ramas peladas seguirán llenándose de pájaros al atardecer.

Una de esas tardes, yo estaré sentado frente al computador. Las vacas pasarán de regreso hacia el establo y las luces del ocaso irán pintando el cielo. Luego caerá la noche y la vegetación marchita quedará dormida entre la sombra.

Catalina andará dictando un taller en la sala para unos niños en Medellín. Les hablará sobre el origen de los alebrijes y les pedirá que elijan características de dos animales distintos para poder combinarlas en un dibujo. A modo de ejemplo, ella acaba de pintar un escorpión con alas. A continuación, los niños irán soltando ideas, trazarán algunos esbozos y los irán llenando de color.

Bajo un cielo lleno de estrellas, iremos a comprar pulque a la casa de un vecino en un bidón de cinco litros que alguna vez sirvió para guardar aceite de girasol. Para entonces todas las cervecerías de México habrán cerrado por orden del gobierno, al no considerar sus productos como algo esencial. Entretanto, decenas de personas de pueblos vecinos y de otras regiones de México habrán muerto por consumir diversos tipos de alcohol adulterado.

7

A la mañana siguiente nos levantaremos a tomar tinto en la barra de la cocina. Hablaremos de todo un poco y saldré a sentarme frente al computador. El cielo estará totalmente despejado y el sol brillará como nunca sobre los infinitos restos de una vieja cosecha de maíz.

Me pondré los audífonos y, después de ensayar varias opciones, me inclinaré por Vivaldi. Solo que en lugar de escribir me pondré a leer un montón de noticias que vienen repitiendo exactamente lo mismo desde hace semanas. Me preguntaré por enésima vez cómo es posible que me siga dedicando a algo tan absurdo y, más bien, trataré de escribir. Avanzaré unas cuantas líneas y, sin motivo aparente, iré a dar un par de vueltas por la casa.

Cuando me vuelva a sentar, pondré a Sidney Bechet y escribiré un par de frases larguísimas que no me convencen de a mucho. Iré de nuevo a la cocina y le sugeriré a Catalina que más bien desayunemos. Comeremos zucaritas con banano y leche y no tardaré en volver al corredor de atrás.

El caballo azabache, el mismo que brincó la cerca hace unos días para correr una tarde entera con los demás, se asomará por encima del murito tratando de dañar de nuevo con su hocico el frágil tejido de pitas negras que sostienen los fríjoles. Esta vez, sin embargo, no le alcanzará el cuello y se quedará mirándome como si quisiera que fuéramos a andar por los caminos polvorientos de las colinas. Yo me sentaré frente al teclado, pondré a sonar Enslaved y modificaré las primeras frases de un párrafo.

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