La inquietante sonrisa de la Niña Blanca (Parte 1)

Actitud inquietante

Los primeros días me costaba mucho el polvo, ese polvo finito, finito, de un amarillo claro, levemente rojizo, que no necesitaba más que una brisa mínima para cubrirme por completo y ponerme a toser. Y yo le bregaba… Cada mañana me tomaba dos o tres tintos en la barra de la cocina y luego salía al corredor de atrás de la casa y me ponía a escribir frente a ese extenso potrero de pastos amarillos. Hasta que, claro, empezaba a toser sin parar, sintiendo que me faltaba un poco el aire, y no tenía más remedio que volver a entrar y sentarme en la cama, recostado contra la pared, con el computador sobre las piernas, viendo hacia los mismos pastos dorados a través de la puerta de vidrio y sus múltiples cuadritos metálicos de color negro.

Al cabo de una semana, la tos también me atacaba dentro de la casa y parecía ir en aumento, al peor estilo de las enfermedades que se agravan. Para entonces prefería salir lo menos posible, vivía con las ventanas cerradas y procuraba mantener a raya una inquietud intermitente y secreta que daba vueltas dentro de mí.

Durante los días siguientes la tos igual siguió, más que todo en las horas de la noche. Hasta que, de repente, como por arte de magia, los síntomas cesaron por completo y pude salir a escribir sin ningún problema.

Por enésima vez, me siento frente al computador y me quedo mirando hacia el potrero soleado, donde el caballo que tiene una mancha blanca en la frente ha venido a rascarse el cuello contra uno de los palos de la cerca. Me pongo los audífonos y me encuentro de nuevo con el colorido piano de Michel Petrucciani y vuelvo a felicitarme por haber cambiado a Carpathian Forest, que después de varios días ya me tenía saturado.

A veces escribo en silencio, sin música, y puedo durar así largas temporadas, sin llegar a pensar siquiera que aquello podría ser diferente. Hay épocas, por el contrario, en que agarro un artista o un álbum o hasta una simple canción y entro en una especie de repetición mántrica o, más bien, en una de las tantas mañas que sirven para escribir. Al encontrar la música adecuada, es como si descubriera de golpe un ritmo, una frecuencia, una respiración, una intensidad, que anulara por completo el ruido excesivo de mis pensamientos y se alineara de manera perfecta con lo que quiero hacer.

2

La llegada a Guadalajara no tuvo nada de raro. Simplemente nos montamos a un carro en San Miguel de Allende, pasamos a toda velocidad los campos de Guanajuato, seguimos entre las montañas secas de Nuevo León y bordeamos unos espejos de agua que se fueron pintando de atardecer. Después apareció la noche y, con ella, las luces de la ciudad.

Como no podía ser de otra forma, el carro nos dejó en un sitio completamente desconocido, un simple cruce entre una autopista que atraviesa la ciudad y una avenida por la que corre el metro: Lázaro Cárdenas y Cristóbal Colón.

Las instrucciones de Juan eran muy claras. Debíamos tomar a la derecha, caminar unas cinco cuadras hasta Santa Filomena, montarnos al metro en el mismo sentido que veníamos, bajarnos en Mexicaltzingo, dos estaciones después, y cruzar la avenida hacia el lado contrario para buscar Penitenciaría, tan solo una calle detrás.

Una vez allí solo fue cuestión de encontrar el número de la casa y de sentarnos a esperar en la acera. Juan y Nati habían salido de San Miguel varias horas antes que nosotros, pero su bus había tardado tanto que apenas habían tenido tiempo de salir al supermercado y recién estaban regresando.

Unos minutos después, aparecieron con varias bolsas y con tamales para la comida. Entramos a la casa y nos sentamos en la sala a conversar y a tomar cerveza y a comer tamal. Luego seguimos conversando y tomando cerveza hasta que al final nos lavamos los dientes y nos fuimos a dormir.  

3

La primera semana nos dedicamos más que todo a caminar en dirección al Centro. Salíamos siempre a mitad de la mañana bajo un sol matador, de esos que dan ganas de devolverse, y nos íbamos derecho por Penitenciaría. Cuatro calles después, pasábamos La Paz y, otras seis más adelante, volteábamos a la derecha por Juárez, cruzábamos Federalismo y seguíamos otras seis manzanas hasta la Plaza Universidad, donde trabajábamos un rato, bajo los acogedores murales de la Biblioteca Iberoamericana.

Finalizadas nuestras labores, caminábamos un par de cuadras hasta el Mercado Corona y almorzábamos pozole o tacos de carnitas o tacos dorados o quesadillas o pancita y luego nos íbamos a andar por las cuatro plazas que se conectan y también por la calle Alcalde que es toda peatonal. Después, por lo general, bajábamos por calles distintas que siempre nos terminaban llevando al mercado San Juan de Dios en el que, si uno se descuida, puede quedarse andando para siempre. O comiendo. Porque la zona de comidas es tan enorme y variada que uno no sabe ni qué escoger.

Afortunadamente, Juan y Nati ya tenían su sitio favorito y no solo nos habían hecho aprender de memoria el nombre de Esperanza e hijas, sino que después de probar esos tacos de tripa, uno ya no quería saber de nada distinto. La tripa venía en un plato hondo de barro, a modo de guiso con cilantro y cebolla, y uno se iba tomando el caldito con cuchara y al mismo tiempo se iba armando sus tacos, y era tan delicioso y distinto a toda la chunchurria conocida, que resultaba imposible parar y, por lo general, cuando uno llegaba al fondo del asunto, ya era incapaz de moverse y no le quedaba de otra que salir a andar para bajar la llenura.

A la salida de mercado, siempre había una señora sentada a la sombra de un árbol, junto a unas escalas. Desde lejos no parecía que vendiera nada, pero cuando uno pasaba junto a ella, veía un letrero que decía FRÍJOLES SALTARINES y la curiosidad ahí mismo se encendía.

Lo primero que se veía era un simple plato sin ninguna gracia, cubierto por un puñado de bolitas que de lejos parecían granos de café, pero que de cerca sí parecían fríjoles, de un marrón oscuro, y que al mirarlos con más detenimiento comenzaban a moverse como si temblaran al azar o fueran despertando bajo el súbito hechizo de un brujo.

De ese tipo de cosas que uno ahí mismo se pregunta dónde estará el truco, pero sabiendo al mismo tiempo que todo tiene una apariencia tan simple que no puede haber ninguno y que incluso la explicación debe ser tan sencilla, que lo mejor es quedarse con esa apreciación mágica, en la que cada quien compra unos cuantos granos para llevar consigo a modo de amuleto o simplemente para regalar.

La primera vez que vimos los fríjoles saltarines íbamos con Juan y habíamos andado todo el día bajo un sol que ya nos tenía tostados. Natalia acababa de llamar. Habíamos quedado de encontrarnos con ella en la casa y Juan había sugerido que nos fuéramos derecho por la avenida que teníamos al frente.

Así que cogimos a la izquierda y caminamos hasta Revolución, que en ese momento no sabíamos que se llamaba Revolución, y que ese día nunca supimos cómo se llamaba, pero que tenía una academia de estilismo en toda la esquina, con un letrero gigante que anunciaba cortes de pelo gratis. Y claro. Juan hizo algún chiste al respecto y Catalina se rio y creo que yo también. Solo que en el fondo me quedé pensando. Llevaba meses sin motilarme y con el calor de los últimos días, a pesar del invierno, el pelo ya se me mantenía pegado a la cara.

El asunto era que ese día íbamos muy cansados y encima la fila era impresionante. Casi todas eran personas que vivían en la calle o que parecían vivir en la calle, pero el hecho era que no estábamos de ánimo para ponernos a esperar y ni siquiera llegué a mencionar la posibilidad. Más bien seguí derecho, como si nada, con la leve sensación de que probablemente habría una segunda oportunidad.

4

Y así fue. Una tarde, Cata y yo habíamos estado probando las famosas tortas ahogadas en una de las plazas de Analco. Nos tomamos además dos cocacolas de medio litro y luego nos fuimos a recorrer la otra plaza, donde hay una iglesia antigua que no aspira a tocar el cielo y que, según la placa, hizo parte de una de las primeras fundaciones de la ciudad, como poblado indígena. También pasamos por la antigua terminal de buses y por un mercado, todo pintado de blanco, con camiones repletos de mazorcas, parqueados al frente. Después nos dedicamos a dar vueltas por unos callejones con pura gente fumando bareta en las esquinas. Muchas casas de colores derruidos, un solazo que buscaba fundirnos.

Al final decidimos regresar por una avenida que resultó ser Revolución. Y aunque ese día sí supimos que se llamaba Revolución, solo caímos en cuenta de que era la misma del otro día cuando apareció el letrero de cortes gratis. Lo mejor era que no había fila, así que le dije a Cata que entráramos y ahí mismo le pregunté a la recepcionista por la motilada gratis. Ella entonces nos invitó a sentarnos señalando una hilera de sillas en la que solo había una persona.

El lugar tendría unas veinte sillas de peluquería, y tres o cuatro estaban destinadas a las practicantes. La recepcionista no tardó en acercarse de nuevo a preguntar si ambos nos íbamos a motilar y Cata le respondió de inmediato que ella no. En esas, una chica de pelo corto, con los brazos tatuados, vino a decirme que ya podía pasar. Así que la seguí y me senté contra el espaldar de una silla amarilla, frente a un espejo gigante, de esos imposibles de esquivar.

La chica me cubrió con una capa, me la ajustó al cuello y me preguntó qué corte quería. Yo la verdad no sabía muy bien, así que simplemente le dije que andaba aburrido con tanto calor y no quería tener el pelo tan largo. Ella entonces sugirió algo y aunque no alcancé a entenderle casi nada, le respondí que bueno. A continuación, ella me roció el pelo con un spray, me pasó una peinilla y comenzó a motilarme.

Yo en realidad trataba de no mirar de a mucho, pero cada vez que lo hacía, las cosas parecían marchar sin ningún problema. En un momento, la chica incluso pareció terminar y me preguntó si también quería que me cortara la barba y el bigote y yo le dije que bueno. Sacó entonces una máquina, me afeitó bastante corto y se quedó puliendo y puliendo. Primero en la nuca, luego en la frente, luego en las sienes. Hasta que de pronto, como que se emocionó, y decidió empezar a raparme el pelo un poco más arriba de la patilla. Y claro. Yo reaccioné algo contrariado y le dije que más bien lo dejáramos así.

La chica no pareció darle ninguna importancia al asunto. Simplemente guardó la máquina, me pulió un poco más con las tijeras y llamó a la profesora para que se acercara a revisar. La profesora no tardó en venir a barrarme con la mirada. Hizo un par de sugerencias técnicas que no entendí y corrigió un poco el corte, con movimientos tan ágiles que parecía como si rasgara el aire con las tijeras. Por último dijo que, en términos generales. el resultado era bastante bueno.

Al final la chica me quitó la capa y corrí a mostrarle mi nuevo corte a Cata, que primero alcanzó a reírse, pero luego juró que me veía bien y que incluso le gustaba más ese nuevo lado rapado.

Cuando salimos a la avenida, sentí una brisa fresca en la nuca y en la frente y alcancé a mirarme de reojo en el reflejo de una vitrina. También llamé a Nati para ver en dónde andaban, pero no contestó.

En esas descubrí un mensaje de mi mamá. Decía algo así como que no estaba para nada obsesionada con el coronavirus, que por entonces comenzaba a hacer estragos también en Italia, y que su intención era solo compartirme algo que le había enviado un médico que conocía. Me pareció medio raro que mi mamá anduviera en esas, pero también pensé que las noticias se encargan de repetir y amplificar tanto las cosas con tal de ser consumidas que si uno se descuida, termina sumido en el pastoso limbo de la desproporción.

Aun así, decidí mirar el mensaje. Estaba en inglés y comenzaba diciendo que al momento de los primeros síntomas, toses o fiebres, era posible que uno ya tuviera los pulmones con un 50% de fibrosis. Y no sé… Apenas vi esa palabra que parece sacada de un comercial de cereales, más bien dejé de leer. Suceden tantas cosas horribles en el mundo que si uno se pusiera a pararles bolas a todas, no quedaría con ganas ni de volver a sonreír.

Mientras me guardaba el teléfono en el bolsillo, pasamos junto a un hotel de vidrieras oscuras y, sin que Catalina se diera cuenta, me miré la parte rapada con más detalle. Sin duda era medio raro, pero no tardaría en crecer y, mientras tanto, no debía darle ninguna trascendencia. Sin embargo, por más que me lo propusiera, al pasar por cada vidrio que reflejara más o menos bien, siempre me miraba la parte rapada, así fuera de reojo.

Al momentico, Nati devolvió la llamada y sugirió que nos encontráramos en la casa. Podíamos tomarnos unas cervezas que había en la nevera y luego salir a probar los tacos al estilo sahuayo en un sitio que ellos conocían a unas pocas cuadras.

Caminamos entonces pensando en las cervezas que nos esperaban y, al llegar a la casa, no tuve más opción que sumarme a los chistes sobre mi corte. También fui al baño y aproveché para mirarme en el espejo una y otra vez, como si tuviera que constatar una anomalía disfrazada de alucinación.

Después de bajarnos dos o tres caguamas de Tecate, caminamos unas diez cuadras hasta el restaurante, un lugar sencillo, enorme y lleno de gente. La especialidad eran las órdenes de tacos, de modo que no había mucho espacio para ponerse a inventar.

Tras haber comido como bestias, regresamos despacio hacia la casa y dimos algunas vueltas. Pasamos por el parque Expiatorio y, poco más adelante, entramos a conocer un bar con una cantidad insólita de juegos de mesa. Dijimos que alguna noche podríamos jugar alguno, pero lo cierto era que la lista de cosas que nos faltaban por hacer era interminable.

Juan y Nati ya estaban por regresa a Colombia y aunque Cata y yo nos quedaríamos en la casa otras dos semanas que les habían quedado pagas, teníamos que hacer primero lo que estaba pendiente con ellos: visitar unas cuantas pulquerías, un par museos, el teatro Degollado, Tlaquepaque, Tonalá, Zapopan y la Universidad Autónoma, donde trabajaba Nati. En la medida de lo posible, también queríamos dar una vuelta por los pueblos y las fincas de los alrededores, dedicados al tequila. El asunto era que los últimos días ya estaban ultra copados.

En primer lugar, vendría una prima de Nati desde Reyes, con el esposo y los dos hijos, y pasaríamos con ellos un fin de semana en las playas de Chacala. El mismo día del regreso, llegarían Yira y Lukas y, probablemente, Damián. Yira había producido una película que se proyectaría en el festival de cine de Guadalajara y la idea era que fuéramos todos juntos. Eso significaba que durante un par de días íbamos a ser once personas en la casa. Solo había dos cuartos y tres camas. Pero de alguna forma nos tendríamos que acomodar.

5

Levanto la mirada y aparece enseguida el colorín, como un recuerdo clavado a la infancia de alguien que no conozco. Sus flores encendidas brillan carnosas, como las pequeñas cúpulas que coronan un palacio chino. Las vainas verdes cuelgan de las ramas peladas y reciben de lleno esa luz nítida y cálida que suele hacerse más intensa antes del atardecer. Eso quiere decir que mientras escribía, el tiempo se ha pasado volando.

Vuelvo a pararme de la silla y, unos metros detrás de mí, veo a Catalina regando la huerta que armó hace poco contra el murito que da al potrero. Todas las semillas provienen de lo que hemos comido y, sin excepción, han pegado de una manera increíble. Por ahora hay tomate, pimentón, ají, papaya, frijol y melón. Casi todos estuvieron sembrados antes en pequeños recipientes a lo largo de la cocina y el problemas ha sido al momento de trasplantarlos. Más que nada, porque no es sino dejar las plantas solas en su nueva tierra, para que aparezcan pájaros de todos los tamaños y colores y acaben con todo como dementes empecinados

Como suele suceder, los fríjoles son los que más han crecido. Hoy, de hecho, han vuelto a agarrarse a unas pitas negras que Catalina ha dispuesto por segunda vez, después de que el caballo vecino estirara su cuello por encima del murito y los desbaratara por completo.

Entro a ponerme los tenis y me quedo viendo un escorpión que camina por lo alto de la pared, al frente de la cama. En los últimos días han aparecido cada vez más. Sobre todo, en la noche. Al sentir mi presencia, el muy listo se convierte en estatua.

Cuando vuelvo a salir, Cata ya terminó sus tareas. De modo que saltamos el murito y buscamos un punto para pasar por debajo del alambrado sin que nos chucemos con unas planticas verdes que crecen en el suelo y que parecen inofensivas, pero que se clavan tan fuerte como si tuvieran tunas de metal.

Entre vacas coloradas y algunas oscuras, atravesamos el potrero en diagonal hasta llegar al frondoso árbol de la esquina, donde se hace más pronunciada la inclinación y comienza la colina. Pasamos entre el alambrado y nos metemos por un camino que cruza los matorrales espinosos y llegamos a un terreno plano que mira hacia una colina sembrada de maguey y hacia otra llena de aguacate.

Más al fondo, unas montañas, casi tan altas como las del volcán que hay al frente, reciben los últimos rayos de sol a lo largo de sus cimas. Cata aprovecha para tomar unas fotos y luego nos quedamos vislumbrando posibles caminos para hacer paseos de una jornada entera. No hay una sola nube en el cielo y, a medida que cae por el horizonte, el sol se va poniendo más y más rojo. Antes de que llegue la noche, nos empezamos a devolver.

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1 comentario

  • Juan Acosta 5 meses ago Reply

    Cheverísima la forma de contarlo, parecen unos sobrevivientes del apocalipsis reflexionando sobre los tiempos antes de que todo ocurriera…

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