La esperadera

La esperadera

Lo típico. Primero dijeron que empezaríamos el lunes siguiente al curso de trabajo en alturas. Después dijeron que no, que andaban un poco retrasados con la fondeada del muro y que mejor el jueves. Pero llegó el jueves y resultó que tampoco.

Y es que el miércoles al mediodía, cuando estaban como a diez o doce metros de terminar, descubrieron que el extremo del muro occidental de la terraza no resulta confiable para clavar los pernos que sostienen las guayas y, obviamente, los andamios. Cómo será de grave que cuando fueron a consultar los planos estructurales, los de ese piso ni siquiera aparecen.

Para colmo, el comunicado que nos mandaron al respecto era de no creer. Según los organizadores la mejor solución sería recortar el diseño para poder aprovechar la parte fondeada y los andamios que ya habían colgado.

Además de los múltiples tonos rosados y azules, la imagen del diseño tiene todo tipo de amarillos, naranjas y rojos que se van oscureciendo hasta alcanzar tonalidades tan distintas como el chocolate y el púrpura. Desde el costado izquierdo del cuadro, una chica estira el brazo hacia el hombro de un muchacho de gorra, en el lado derecho. Además del brazo de ella, la parte central está compuesta por las letras A, L y B y por un fondo de azules que se extiende un poco hacia los lados.

En caso de querer recortarlo, la mejor forma sería acercar a los personajes y superponerlos en un solo abrazo. Las letras, por su parte, tendrían que ser mucho más estrechas o decir simplemente LALO. Con solo pensarlo, tuvimos para reírnos varios días.

Afortunadamente, el hotel tiene otro muro casi idéntico que mira hacia el oriente y que cuenta incluso con varias ventajas. De hecho, fue el que Deúniti pidió en un principio, antes de que la organización decidiera lo contrario sin ningún tipo de argumento.

Mientras al muro occidental solo se puede acceder por el techo de un acuario, el oriental cuenta con acceso desde tierra firme a todo lo largo de un lavadero de carros. Para completar, el centro del muro occidental está formado solamente de ladrillos calados. O sea, huecos y huecos que atentan contra los principios más elementales del pixel. El muro oriental, por el contrario, no tiene ni medio hueco y, encima, se halla a la sombra del poniente. Como quien dice: ni punto de comparación.

Tras una avalancha de especulaciones y verificaciones se decidió finalmente que la estructura del costado oriental sí era apta para clavar los pernos en su totalidad. Los andamios del lado occidental, por su parte, serán aprovechados por otro colectivo. A nosotros, mientras tanto, solo nos tocaría esperar unos días a que instalaran nuestros andamios. Eso sí. Ya no habría tiempo de fondear y tendremos que pintar directamente sobre el ladrillo.

Acordado todo esto, se dijo entonces que el montaje estaría listo el martes a más tardar. Pero claro. Llegó el martes y nos salieron otra vez con el mismo cuento. Que había un pequeño retraso y que con toda seguridad el jueves estaríamos trabajando.

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Mientras la espera se extendía, Pablo y Sebas subieron a Rionegro a preparar los colores de los vinilos con un jubilado de Pintuco al que apodan El alquimista. Juanes le dio los últimos retoques al mapa de pixeles y entre todos consiguieron los equipos que hacían falta. Hubo incluso una pequeña reunión en el nuevo taller de Deúniti para pintar pixeles a modo de ensayo.

Yo por mi parte solo bajé a hacerme los exámenes preocupacionales de la ARL. Ese mismo día me vi con un man del proyecto, le entregué una copia del RUT, una de la cédula al 150%, un certificado de cuenta bancaria y dejé lista la firma del contrato. El resto del tiempo me quedé con Catalina en Santa Elena sin hacer mayor cosa. Salimos a andar en bicicleta, hicimos fríjoles y burritos, tomamos vino y cerveza, vimos películas… En fin. El asunto es que hiciera lo que hiciera, cada noche me dormía con la sensación de que a la mañana siguiente ya me llamarían para empezar.

Hasta el miércoles previo al último plazo que nos habían dado para el inicio de la obra, quienes pasaron por el hotel solo vieron a un grupo de alpinistas colgados en columpios limpiando el muro con agua y jabón. Aunque la organización no nos mantuvo al tanto de nada, sabíamos que no empezaríamos al día siguiente. Con todo y eso decidimos ir ese jueves al mediodía para ir entrando de una vez en materia.

Como de costumbre, las cosas suelen ser diferentes en las fotos. La fachada del hotel, por ejemplo, es más estrecha de lo imaginado. El muro no es que sea pequeño ni mucho menos, pero sí pierde esa perspectiva de rascacielos que mostraba desde ciertos ángulos.

El lavadero de carros, por su parte, está compuesto por una casita en la esquina nororiental y se encuentra cercado por los demás lados. Hay Audis, Mercedes y BMs y toda una variedad de camperos tipo burbuja. Al otro lado de la carrera, la sede continúa en el interior de otra reja que, como dato curioso, cuenta con un spa para perros.

Aparte del muro y de los carros, lo primero que vimos al llegar fueron los diez andamios verdes que descansaban en el suelo, a la espera de ser alzados. Cada uno mide tres metros de largo por noventa centímetros de ancho y se hallan ensamblados los unos con los otros, formando una cadena de treinta metros. Sus barandas, dobladas contra el suelo, mostraban un aspecto bastante frágil.

Más tarde, tras permanecer un rato obnubilados frente al muro, subimos a almorzar junto al parque del Poblado, en el restaurante asignado para el proyecto. Pagamos con fichos y fuimos a tomar tinto al parque del Poblado. Luego pasamos a descansar un rato al mirador del parque de la Bailarina y aproveché para echarme un rato en el suelo.

Al rato Juan Sebastián y yo bajamos al Homecenter de las Vegas. Compramos unos cascos amarillos con ese tal barbuquejo, gafas de sol, guantes, tapanucas y un bafle chino para poder oír música en el andamio. Después subimos de nuevo al hotel a guardarlos en el cuarto útil del garaje que nos servirá de bodega.

El resto de la tarde, no hicimos mayor cosa. La información era tan difusa que nadie sabía prácticamente nada. Los alpinistas tampoco aparecían y durante un rato no tuvimos más remedio que dedicarnos a mirar las mismas cosas una y otra vez, casi como si necesitáramos aprenderlas de memoria.

En lo más alto del edificio, las guayas colgaban de once cerchas que atravesaban el muro de la terraza por encima de la última viga. La separación entre ladrillos desaparecía con la altura y el muro se convertía de golpe en una sola amalgama gris. Por momentos, la terraza terminaba por fundirse a contraluz con las nubes y el cielo. Al final de la tarde, a todos nos dolía el cuello de tanto mirar para arriba.

Cuando ya estábamos a punto de irnos, llegó por fin un alpinista. Su actitud era segura y desenfada y, en resumidas cuentas, no hizo más que decir que el andamio estaría listo para el día siguiente. Sin falta… Nadie le creyó y, con las últimas luces del ocaso, subimos más bien a tomarnos unas cervezas al parque del Poblado.

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A la mañana siguiente, pasamos un par de horas viendo a los alpinistas trabajar. Al parecer hicieron un montón de cosas, pero lo cierto fue que paisaje de andamios extendidos por el suelo no varió en absoluto.

Al rato un man en moto apareció con los refrigerios que envían a diario del proyecto. Nos tocó papa rellena y jugo en caja. Después de eso nos dedicamos a andar del lavadero al hotel y del hotel al lavadero unas mil veces. En el hotel no hacíamos más que hablar del mural y sus múltiples derivadas. En el lavadero, en cambio, nos parábamos a contemplar el muro como si fuera la ruina más imprescindible de la antigüedad. Por momentos, todo parecía una gigantesca farsa, un teatro del absurdo.  

Pasada la una, subimos a almorzar y todo volvió a repetirse más o menos igual que el día anterior. Pagamos con los fichos del proyecto, tomamos tinto en el parque del Poblado, pasamos a descansar al mirador de La Bailarina, nos echamos en las bancas y en el suelo, volvimos al parqueadero del hotel, luego al lavadero, luego otra vez al hotel, luego otra vez al lavadero y así sucesivamente hasta que apareció el man de la moto con el refrigerio de la tarde. Evelin los sacó uno a uno de la bolsa. Nos tocó salpicón con lecherita y barquillo. Nos sentamos en un murito frente al lavadero y les dimos mate sin pestañear.

En la mañana del sábado el andamio por fin comenzó a elevarse. Además, lo fueron cubriendo con una lona verde como las que usan en las obras para tapar el sol. Decidimos entonces a organizarnos. La idea era empezar a trabajar, así fuera en las últimas horas en la tarde.

Pese a que el diseño del mural fue pensado para que cualquiera sea capaz de ejecutarlo, aún existen ciertas dudas metódicas que solo se resolverán en la práctica. Empezando porque la idea era pintar de arriba hacia abajo para evitar los chorriones. Solo que mientras no tengamos ascensor, el asunto queda medio imposible. Por el momento, solo sabemos que trabajaremos en parejas. Cada una tiene un plano y debe buscar la mejor forma de organizarse. Juan Sebastián y yo ya planeamos más o menos nuestra propia logística.

En el transcurso de la mañana aprovechamos entonces para quitar la etiqueta de cada lata de pintura. Luego las marcamos según el color y las clasificamos por tonos tal y como aparecen en el mapa. F significa fondo, G, gente y H HABLALO, o sea las letras. Entre F1, F2, F3, G4, G5, G6, H7, H8, H9, H10, H11 y demás son algo así como 29 tonos distintos.

Después de almuerzo, los andamios estuvieron a la altura en que empieza el mural. Es decir, justo encima de la viga del segundo nivel. Como falta todavía el ascensor, que viene siendo además el onceavo andamio al momento de pintar, el acceso será temporalmente por una torre con escalera interna.

Pero bueno. Finalmente, después de días y días de espera, todo estaba listo. Andamio, torre para acceder al andamio, latas de pintura marcadas y organizadas, planos de pixeles, metros, tizas, arneses, gafas oscuras, platineras, guantes, cascos con barbuquejo… En cuestión de minutos también apareció la coordinadora de alturas (SISO) y cada quien firmó la planilla que lo autoriza a subir al andamio.

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Como era de esperarse, la primera subida fue bastante lenta. Entre los ocho nos demoramos casi media hora. Aparte de la falta de práctica, hay que ir haciendo algunos ajustes. Por el momento solo disponemos de tres eslingas, de modo que los que suben deben írselas pasando a los demás en una bolsa, con la ayuda de una cuerda y una polea. El acceso desde la torre hacia el andamio está además un poco estrecho y, dependiendo del tamaño de cada quien, se deben hacer todo tipo de maromas al momento de pasar.

Obviamente, también entran a jugar los nervios. Por lo menos en mi caso. En un momento, sin ir más lejos, las manos alcanzaron a temblarme. Y es raro. Porque no estamos para nada alto, pero toca coordinar demasiadas cosas nuevas a la vez y a medida que uno sube es como si solo se pudiera pensar en un sola al mismo tiempo. Uno está obligado a concentrase en cada movimiento mucho más de lo normal y de repente todo se vuelve más lento. No a todos les pasa. Al contrario. Algunos como Sebas, Fer y Pablo suben y bajan por esa torre como micos entre las ramas y ni siquiera le paran bolas a las eslingas.

El otro asunto es que apenas uno llega al andamio, esa cosa empieza a moverse a cada paso como una balsa endemoniada. En los extremos es todavía peor y, desde el primer paso, uno siente que a la menor equivocación saldrá disparado por una de las barandas directo hacia abajo.

La pasarela de por sí es larga y estrecha. Pero, además, como la lona verde cubre todo el andamio por el suelo y el costado externo a varios metros de altura, uno siente también cierta claustrofobia porque encima son demasiadas sensaciones al mismo tiempo. El caso es que por momentos me vi a mí mismo como si caminara a tientas en la oscuridad. Como quien dice, muy muy muy despacio.

A Juan Sebastián y a mí nos tocó al fondo. No en el puro borde afortunadamente. Ahí está Juanes, al que no parece importarle que el precipicio se muestre junto a él sin barandas ni lona ni nada. No entiendo cómo hace. Desde que me instalé en mi puesto, descubrí que la lona sí ayuda un montón. Como no deja ver ni para abajo ni para los lados ni a lo lejos, uno se concentra solo en muro y pierde casi por completo la dimensión de la altura.

Pero bueno. Lo más loco fue que apenas estuvimos en nuestros puestos, cada quien asegurado a su línea de vida, nos pasó otra vez la típica. Tras días y días de espera sin que cayera una sola gota de agua, no fue sino que estuviéramos ahí, listos, en posición de pintar, para que aparecieran las primeras. Esporádicas, insignificantes. Pero suficientes para que la SISO se acercara a indicarnos que debíamos bajar. Si la cosa va a seguir así, no vamos a terminar nunca. Por lo pronto, hoy alcanzamos a subir algunas latas de pintura y no pintamos ni un solo cuadro.

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