Hospitalidad norteña

La luz de la hospitalidad

Al abrir los ojos, las cervezas de la noche anterior se sienten como cientos de botellas chilinguiando dentro de la cabeza. Por tercer día consecutivo, la estructura del sofá se le ha clavado durante horas en las costillas. Hay sed, algo de vértigo, de estómago revuelto y de punzadas en ambas sienes, ante una luz excesiva que brilla al fondo de la cocina como un túnel blanco que conduce al más más allá y que quiebra por completo la penumbra que la rodea.

Catalina siente todo aquello en una sola ráfaga y cierra los ojos enseguida con la esperanza de poder dormir un rato más, hasta que el malestar desaparezca. Por más que lo intenta, sin embargo, sus deseos no terminan de cumplirse. Todo lo contrario. El mundo se empeña en prenderse demasiado pronto, con la misma saturación, con el mismo palpitar tembloroso que le impide levantarse. Una y otra vez. Como si nada cambiara.

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Al salir del metro Revolución, el sol la recibe con una intensidad casi vampírica. Catalina da un paso atrás y regresa a la sombra para buscar sus gafas oscuras entre el bolso y aprovecha para repasar las últimas indicaciones en el chat de la aplicación. Solo por si las moscas. Para no irse a equivocar. Sin importar que tenga que constatar lo mismo que ya sabía: que a la una de la tarde habrá una camioneta blanca esperándolos frente a un puesto de tacos.

A medida que sube las escalas, Catalina descubre dos ventas de comida que coinciden con la descripción. Aparecen también dos vehículos sin que la tal camioneta blanca se vea por ninguna parte. Lo más parecido sería de pronto una van blanca de puerta corrediza, en la que alguien está guardando cajas y maletas.

A Miguel, por el contrario, esas simples diferencias entre vehículos no parecen importarle en absoluto. Catalina lo entiende. Sabe que no alcanzaron a desayunar y que el pobre está aullando del hambre. Tanto así que, de repente, pronuncia la palabra tortas y desaparece en cualquier dirección.

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Al verla con la mochila al hombro, el que anda guardando maletas se adelanta a preguntarle si ella es ella, o sea Catalina. Ante lo cual, ella sonríe y responde que sí, aunque sin demasiada convicción. Está bastante segura de ser ella, lo que no impide que todo le parezca demasiado sospechoso. O una simple coincidencia. Después de todo, ¿a quién se le ocurre hablar de camionetas si se trata de vans? Lo mejor será despejar cualquier duda. En un día como ese, lo último que quiere es terminar viajando hacia cualquier parte y luego tener que devolverse.

¿Va para Querétaro?, se escucha decir a sí misma. Sus palabras, de alguna forma, parecen haber salido solas.  

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A medida que las calles pasan por la ventanilla, sus ojos no dejan de abrir y cerrarse en un continuo déjà vu. Por más que el tiempo y el espacio den la impresión de avanzar, la ciudad sigue siendo idéntica a sí misma y, por un momento, Catalina alcanza a sentirse atrapada en el sueño de una avenida sin fin.

Al octavo, al noveno o al décimo despertar, el panorama comienza por fin a despejarse. Ladrilleras grises. Caseríos que flotan como islas sobre la tierra seca. Aparecen luego los primeros cultivos. Sus líneas de arado que se dirigen a las montañas del valle, trazando dibujos que llevan cientos de años moldeando el paisaje. En algún punto, también cree haber visto peñones lejanos. Pero no está muy segura. A lo mejor lo soñó.

Poco a poco, los campos se tornan verdes, muy similares a los de ciertas zonas del oriente antioqueño. Sus ojos no dejan de abrirse, de cerrarse. Aparecen de golpe potreros dorados y miles de palitos brillantes regados por el suelo, que dejó la siega del maíz. Y vacas y mulas y burros y caballos.  

Cada vez que cae en el vacío, su propia cabeza se encarga de despertarla. Vuelven de pronto los caseríos, las fábricas, las bodegas, los conjuntos de edificios, los semáforos… El mismo sueño de una avenida sin fin.

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Bajo un sol mortal, ambos caminan unas diez cuadras preguntándole a la gente que encuentran a su paso cómo llegar a la terminal. Una vez allí, compran los pasajes a San Miguel de Allende y se sientan a esperar. Comen pastes de distintos sabores, toman cocacola, miran a los viajantes pasar. Catalina aprovecha para ir al baño y da una vuelta por la terminal.

Camino a la salida 31 de los buses, un vigilante les revisa los tiquetes con una rigurosidad que Catalina encuentra algo desmedida. Al parase junto al carril donde supuestamente llegará el bus, descubre además una improvisada taquilla en la que también venden pasajes. Todo se le hace aún más raro. Como si una cosa no cuadrara con otra.

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Cae la noche. El bus comienza a descender por la montaña y las luces de San Miguel no tardan en aparecer repartidas en las colinas. Catalina se endereza, estira los brazos y bosteza por última vez.

Se bajan en la terminal y caminan hasta una avenida con las mochilas al hombro. Por más que lo intenta, una de sus correas no termina de cuadrar. Catalina jala para un lado, jala para el otro, pero nada… Quedan tan desiguales como antes y, justamente, le tallan en las costillas adoloridas.

Afortunadamente, Natalia acaba de enviarles la ubicación del sitio en que van a encontrarse, un restaurante llamado Flor de Jamaica. Al buscarlo en el mapa, averiguan que queda a 58 minutos a pie. Otro día sería posible. Hoy, por el contrario, el trajín de la noche anterior no permite ni pensarlo.

A continuación, Catalina se encarga de mostrarle el mapa a todo el que pasa. Cada quien se detiene lleno de amabilidad, observa la ubicación del restaurante y luego sonríe algo desconcertado, como si se tratara de un lugar remoto y desconocido. Después de unos diez intentos, lo único seguro es que deben cruzar la avenida y preguntar más bien al otro lado.

Al llegar allí, Catalina se acerca a la banca del paradero y le pregunta por el restaurante a un muchacho que hay allí sentado. Miguel, por su parte, se queda mirando al cielo como si fuera a ubicar Flor de Jamaica con ayuda de las estrellas.

El muchacho toma de inmediato el teléfono, amplía un poco la pantalla y no tarda en dar su veredicto con ademanes delicados y una voz femenina. Deben tomar dos camiones. Uno hasta la Mega y otro hasta la unidad deportiva. Él, de hecho, va para la Mega. Así que, si quieren, pueden irse en el mismo bus y él les indicará dónde bajarse.

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La unidad deportiva aparece mucho antes de lo esperado. De acuerdo con el mapa, la calle del restaurante queda más o menos al frente, en el mismo lado de la avenida en que acaban de bajarse.

Catalina trata de acomodar una vez más las tiras de su mochila y sigue a Miguel en silencio, hasta adentrarse por un callejón de piedra que bordea un barrio de caserones y muros enormes y un gran terreno perdido en la sombra. De ahí en adelante, se supone que son ocho cuadras.

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Al entrar en el restaurante, Catalina no puede evitar pensar en lo caro que debe ser todo. Hace tiempo que no pisaba un sitio como ese, en el que tener plata parece algo tan natural. La decoración es cálida, equilibrada, sin estridencias.

Un mesero sale a recibirlos y muy pronto los está guiando hacia un patio iluminado por velas, en el que acaba de terminar un concierto. El público apenas comienza a dispersarse. Casi todos llevan copas y cocteles en la mano, hablan en inglés y se ven bastante mayores. Puro parche gringo, opina Miguel.

Natalia no demora en hacerles señas con los brazos desde el fondo del patio. Juan, como de costumbre, anda dedicado a la cerveza. A su lado aparecen Ann y una amiga de Ann, llamada Teresa. Ambas se muestran amistosas y divertidas. Ann de hecho propone ir a cocinar unas pastas a su casa. Teresa se excusa diciendo que debe hacer algo antes, pero promete que más tarde volverán a verse.

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La casa de Ann queda en el primer piso de otra casa más grande, mirando hacia a un terreno sin construir, en la parte de atrás. Tiene una sala en el medio, cocina con comedor y un cuarto en cada uno de los dos extremos. Al abrir la puerta, no tarda en aparecer Momo, un poodle gigante y bonachón, enrazado con gran danés, al que Catalina no puede dejar de acariciar.

Ann se pone de inmediato a organizar la cocina. Hace unos días Catalina estuvo viendo sus cuadros por internet y le encantaron. Son capaces de contar largas historias con múltiples elementos y colores, sin llegar a parecer saturados. Casi todos tan libres y naturales como los trazos de un niño, aunque provistos de una fuerza inusitada. El tipo de obra que no busca impresionar y que, además, crea la ilusión de no haber requerido ningún tipo de esfuerzo. Obviamente, le gustaría poder conocerlos en vivo y en directo.

Al recorrer la casa, sin embargo, no encuentra más que dibujos y grabados. Las únicas pinturas colgadas de la pared están tapadas con telas. Como si Ann no quisiera verlas más, pero tampoco se decidiera a quitarlas. Catalina intenta apagar su propia curiosidad y procura no poner el tema. Con tan solo conocerla, se nota que Ann no es de las que se la pasan hablando de arte y mucho menos de su propia obra.

Ann pregunta quién quiere cerveza. Catalina quiere. Miguel quiere. Juan prefiere abrir una botella de tequila y se encarga de servir varias copas. Natalia ya se ha puesto picar verduras para la ensalada. Catalina busca un destapador y unos vasos para llevar a la mesa, mientras Miguel inspecciona un juego de cartas que Natalia compró hace poco. Para entonces, Ann ha puesto a hervir una olla con agua.

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Mientras comen raviolis con salsa de queso azul, Ann les informa cómo será la logística para dormir. Ella, como de costumbre, lo hará en su cuarto que, al igual que la sala, le sirve de estudio. En el otro cuarto ya se instalaron hace un rato Juan y Natalia. De modo que tienen dos opciones: acomodarse en unas colchonetas o dormir donde Teresa, la amiga del restaurante, en un cuarto para ellos solos.

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La casa de Teresa se encuentra al otro lado de la calle de Ann, mirando hacia el lote sin construir. Teresa sale a abrirles en bata de baño y los recibe con gran entusiasmo. A la luz de las velas del restaurante, Catalina no había podido detallarla bien. Lleva el pelo parado y pintado de rojo, como el de un ave exótica que revolotea en la noche.   

Tras el muro que da contra la calle, se esconde un jardín de helechos que van desde los más exuberantes hasta otros tan delicados y diminutos que apenas parecen un tímido vibrar de la materia.

Teresa camina delante de todos. Su andar es enérgico y elegante como el de una bailarina que se mantiene en plena forma. Al llegar a la entrada, les anuncia de pronto con risa cómplice: I´m going to introduce you to Miguel…  

La sala de Teresa es tan grande como una casa. Está llena de cuadros y de muebles antiguos y de objetos de todo tipo y de candelabros y de enredaderas que cuelgan casi desde el techo.

Escondido tras una jaula de puertas abiertas, Miguel no tarda en hacer su aparición junto a la cocina. Sus plumas, de un amarillo claro, contrastan, con el amarillo intenso de su alargada cresta y, más aún, con sus mejillas pintadas de naranja. Se sube de inmediato al hombro de Teresa y los observa a todos con desconfianza, como si buscara un culpable. 

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Teresa está sentada en un sillón y tiene una perrita negra llamada Lilo sentada en su regazo. De pronto, como si recordara algo, Teresa se levanta a la cocina y regresa con un surtido de bolsitas de té para ofrecer. Catalina elige uno para dormir y tener buenos sueños. Miguel hace lo mismo, en tanto que Natalia, Juan y Ann se inclinan por uno para la ansiedad. Teresa va de nuevo a la cocina y vuelve pronto con una bandeja llena de tazas hirviendo, que va colocando con gran facilidad sobre la mesa de centro. Se sienta de nuevo en el sillón y Lilo regresa de inmediato a su puesto.

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Durante gran parte de la noche, Miguel se ha portado algo distante con los demás, sin dejar de mirar hacia los lados como si la cosa no fuera con él. Por momentos ha mostrado cierta curiosidad, pero sin abandonar jamás su hermetismo. Con Teresa, por el contrario, no dejan de mirarse como dos nuevos amores que acaban de conocerse. Tanto así, que Miguel aprovecha la más mínima ocasión para frotar su cabeza contra la espalda de Teresa. Catalina los observa feliz.

Miguel trata de contar algo en inglés, pero se enreda pronto y termina hablando prácticamente en señas. Juan trata de ayudarlo a completar la idea, pero ya no hay mucho que hacer. Catalina alaba el sabor del té y se muestra muy segura de ir a pasar una buena noche. Miguel, entretanto, se mantiene indiferente.

Juan termina de tomarse el té y le pregunta algo a Ann en inglés. Miguel observa la conversación con cierto desprecio y comienza a desplazarse por la nuca de Teresa, como si jugara a las escondidas con Catalina y Miguel, que están en el sofá de enfrente.

Sin previo aviso, Miguel se lanza de golpe a planear y aterriza en el posabrazos del sofá, muy cerca de Miguel. Catalina alcanza a emocionarse con su presencia, pero Miguel andaba un poco distraído y se mueve súbitamente ante la inesperada presencia de Miguel, en un brinco suave que luego trata de disimular, pero ya es demasiado tarde, y Miguel vuela de regreso hacia los hombros de Teresa, que lo recibe feliz. Las risas resuenan por toda la sala. Natalia pregunta algo en inglés. Ann responde algo en español. Teresa añade algo en inglés. Catalina empieza diciendo algo en inglés y lo termina en español. Juan comenta algo en español. Todos vuelven a reír. Entretanto, Miguel parece algo desconcertado.

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Al abrir los ojos, la luz del día traspasa las cortinas blancas que cuelgan como velos nupciales de la estructura de la cama. Por un instante, Catalina tiene la sensación de haber despertado en una casa palaciega en uno de sus propios sueños. Las costillas ya no le duelen y, en general, se siente completamente repuesta de aquel sofá que llevaba días destruyéndola. De alguna manera, es como si hubiera dormido años.

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Afuera del cuarto hay un jardín y un largo paso de agua hecho de piedra. Catalina sigue el sendero que conduce hasta la puerta de vidrio de la sala y llama a Teresa por todos los rincones de la casa, incluso por las escalas de un segundo piso, sin obtener ninguna respuesta. Miguel tampoco se manifiesta. Catalina se pone entonces a buscarlo y lo descubre escondido, siguiéndola con la mirada, moviéndose con sigilo, pasito a pasito, tras su jaula de puertas abiertas. Ella se acerca a saludarlo y se queda conversándole un rato, mientras él se sigue moviendo detrás de su jaula. Luego aparece Miguel, con cierta prisa, y dice que ya deben irse, que los esperan a desayunar en casa de Ann.

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Juan y Nati entran a un supermercado de la plaza a comprar cerveza. Miguel y Ann los esperan afuera. Catalina, mientras tanto, aprovecha para tomar fotos en los alrededores. Los rayos del sol, sin embargo, están demasiado salvajes y no tarda en volver. Juan y Natalia justo acaban de salir del supermercado y están envasando la cerveza en dos termos que conservan el frío.

Tras una segunda tanda de cervezas, recorren unas cuantas calles de piedra y almuerzan tacos en el mercado. Ann se va luego para su casa y los demás se queda dando vueltas por el pueblo. Catalina toma algunas fotos de casonas coloniales. Al detallarlas, le resulta imposible no acordarse del tiempo en que estudió arquitectura y la universidad organizaba salidas para conocer distintos pueblos de Colombia. Eso fue quizá lo más divertido de la carrera. Ahora, por nada del mundo se vería a sí misma trabajando en eso, teniendo que cumplir un sinfín de plazos y formalidades.

Para ella, más allá de todo, los pueblos coloniales tienen un encanto incompleto. No tanto por lo que fueron, sino por lo que son y porque, de alguna manera, crean la falsa ilusión de poder resistir al cambio y, en el camino, suelen convertirse en algo demasiado ideal, en maquetas para turistas, en organismos disecados que de tanto conservarse y restaurarse terminan proyectando una especie de perfección que jamás tuvieron, una homogeneidad sin vida, un empaque algo vacío, demasiado controlado, demasiado calculado.

De todas formas, es el tipo de cosas que no se le pueden ir contando a cualquiera, pues enseguida se imagina las respuestas. Seguro le dirían: ¿y entonces qué querés?, ¿qué los destruyan? Y obviamente no se trata de eso. De hecho, no tiene nada que ver. Se trata solo de una sensación y, como toda sensación, resulta difícil de expresar. De alguna manera, es como si al recorrer ese tipo de lugares, sintiera una especie de engaño, pero, sobre todo, que hace falta algo.

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Al final de la tarde salen a pasear con Momo y Lilo y el resto de la tropa hacia un lago que bordea la parte baja del barrio. Unas cuadras más adelante, Teresa les muestra la casa de un amigo que anda montando un observatorio astronómico. Al otro lado de calle encuentran un perrito que ladra y da vueltas sobre sí mismo, detrás de una reja, a una velocidad ridícula.

Al llegar a un terreno sembrado de arbustos y chamizos, divisan un pequeño incendio que nace en pleno crepúsculo, cerca de la orilla del lago. No muy lejos de allí, Ann les enseña el mural que pintó un amigo suyo, en el que aparecen distintos personajes a bordo de La Bestia que, paradójicamente, pasa rugiendo en la realidad, a escasos metros del lago.

Con las primeras estrellas, comienzan a devolverse. El incendio ha crecido. Casi al pasar junto a él, ven venir el carro de bomberos y todos aplauden. Los bomberos los saludan alzando los brazos y se adentran enseguida por un camino de tierra.

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Teresa los recibe con el mismo entusiasmo de la noche anterior. Esta vez no están ni Ann, ni Juan, ni Natalia, pero igual hay té para tener buenos sueños y despertarse como nuevos. Miguel anda en una silla mucho más tranquilo que la última vez. Por momentos, parece incluso que estuviera a solas.

Teresa les cuenta algunas historias. Nació en Luisiana y tuvo bares y discotecas en Chicago. Al igual que Miguel, su hijo vivió muchos años en Argentina. Catalina entiende a la perfección todo lo que dice. Sin embargo, al momento de hilar sus propios comentarios, no logra articularlos como quisiera. A Miguel le sucede algo parecido. Sus ojos, por lo demás, no dejan de pasear por esa sala inmensa.

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El carro para Guadalajara sale dentro de poco, así que Catalina se baña, se viste y va en busca de Teresa para despedirse. Al igual que la mañana anterior, la llama por todas las esquinas de la sala y por las escalas del segundo piso, pero lo mismo: no parece estar por ninguna parte.

Mientras tanto, Miguel observa sus movimientos, posado en el espaldar de una silla del comedor. Catalina se acerca a hablarle y Miguel decide volar ahí mismo hasta su jaula de puertas abiertas, donde comienza a dar vueltas por fuera, repitiendo su tradicional juego de las escondidas.

Catalina quisiera poder dibujarlo y decide tomar varias fotos, tratando de no asustarlo, para poder capturar sus hermosos y complejos cambios de expresión. Le encantaría poder captar su perfil más serio y cree haberlo logrado.  

Después de guardar el teléfono, Catalina se queda hablándole a Miguel, que por primera vez parece atento y, de hecho, no deja de inclinar la cabeza como si sopesara cada una de sus palabras. Al notarlo, Catalina se imagina viviendo con un pajarito al hombro todo el día y, por un momento, siente que no puede haber nada más feliz.

Comentarios (3)

  • Brenda I Steinecke Soto 5 meses ago Reply

    ¡Espero que nos cuentes la historia de cuando conozcan a Catalina! Un abrazo y muchas gracias por el texto.

    Miguel Botero 5 meses ago Reply

    Claro que sí! Habrá que esperar para ver en qué forma se manifiesta…

  • Hernan Carlos 5 meses ago Reply

    Qué buen relato.
    En algún pasaje me confundí con Miguel el humano y Miguel el ave.

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