¿Dónde será la fiesta este diciembre?

La fiesta este diciembre

El lunes al fin compramos los pasajes. El avión sale de Rionegro el 27 de enero a las 5 de la mañana, hace hora y media de escala en Panamá y, si todo sale bien, llega a las 10 y 40 a Ciudad de México. El regreso sería quince días después. Igual no lo vamos a usar.

Ya con fecha en mano, intenté acordarme por enésima vez de los amigos que han vivido por allá. La idea era llamarlos a preguntarles un par de cosas y ver si de pronto me podía conseguir un par de contactos. Alcancé a pensar en Alejandra que se especializó en helechos en Ciudad de México, en Lukas que hizo una maestría no recuerdo de qué ni dónde, en Cecilia, que ha ido un montón de veces…  Y poco más. Porque al momentico, como suele pasar, terminé pensando en cualquier otra cosa. Sobre todo, en lo que debía hacer antes de irme.

En primer lugar, tenía ganas de bajar un tiempo a Medellín. El frío de Santa Elena se me había metido en los huesos y para quitármelo no quedaba más remedio que cambiar de aire. También quería verme con algunos amigos, sentir un poco más de movimiento, andar las calles de la ciudad… Faltaban pocos días para que llegara diciembre y la idea de pasármela de fiesta en fiesta no paraba de rondar…

La idea obviamente no tenía nada de raro. Hace poco terminé de escribir Piragua y después de varios años no veía la hora de pensar en cualquier otra cosa. O mejor aún: de no pensar en nada. Uno no cree, pero a veces no resulta tan fácil. Siempre hay un montón de cosas que se quedan dando vueltas en la cabeza, que se empeñan en reclamar un espacio que ya no tienen. Como si uno siguiera atado a algo que ya no existe. Como si conociera de repente una nueva soledad y viviera en un constante desubique. En una especie de limbo…

De todas formas, tampoco es para tanto. Como muchas cosas, es una cuestión de tiempo. De irse soltando, de volverse a dispersar, de seguir buscando…

El asunto es que no fue sino imaginarme los días que vendrían, para que Juanes me mandara un mensaje. Decía que les acababa de salir un nuevo mural y quería saber si me interesaba trabajar con ellos.

Y es que claro. Una de las primeras cosas que hice apenas terminé Piragua fue llamar a los amigos de Deúniti para que me tuvieran en cuenta a la hora de pintar. Solo que lo mismo. No fue sino decirles para que ahí mismo les saliera el proyecto más grande de todos. No lo sabía cuando recibí el mensaje. Obvio. En ese momento solo imaginé que debía ser un mural medio grande, pero nada más. Le marqué enseguida a Juanes para decirle que listo y él me explicó más o menos en qué consiste el trabajo.

Se trata de un proyecto con la alcaldía. Entre artistas y colectivos son algo así como 40 murales en torno a la 10. Desde el Éxito del Poblado hasta Viscaya. El nuestro, por ejemplo, sería en la fachada de un hotel. Tendríamos que hacer el curso de trabajo en alturas que vence cada año. Además, habría que conseguir arnés, cuerda, freno y botas platineras, que afortunadamente tengo. Sería una platica considerable, pero al parecer el salario la justifica. Al final, algunas cosas incluso se pueden volver a vender, así sea a mitad de precio.

Después de oír las palabras fachada y hotel preferí no imaginarme ningún detalle y mejor ni pregunté nada. Simplemente dije que no había ningún problema y que me avisaran apenas estuvieran definidos el lugar y la fecha del curso. Después me despedí como un profesional en la materia. Como si ese asunto de pintar fachadas de edificios fuera cosa de todos los días.

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Para entonces, era casi mediodía. Hacía sol y frío y yo acababa de subir por la vereda en busca de señal. Había terminado por llegar a la tienda de Ninfa y me había sentado a tomar una cerveza en el murito de afuera, mientras pensaba en bajar a Medellín y en pasármela de fiesta en fiesta…

Después de hablar con Juanes ya no pensé tanto en eso y más bien me quedé dándole vueltas al tema de las coincidencias. A los patrones. A lo azares. O a como se les quiera llamar…

Tampoco era nada del otro mundo. Lo que sucede es que hace unos años, cuando terminé el primer borrador de Sueño blanco, Pablo y Juan Sebastián también me llamaron para trabajar en un mural de Deúniti.

En ese tiempo yo vivía en El Retiro. Llevaba menos de un año de haber vuelto de Argentina, andaba sin un peso y ni siquiera conocía a Juanes ni a Sebas. Ellos de hecho andaban lejos y por eso mismo Pablo y Juan Sebastián necesitaban a alguien que los ayudara a pintar un corredor inclinado, de unos 30 metros de largo por 6 de alto, en el Museo de la Memoria.

En esa ocasión trabajamos sobre un andamio rodante de tres niveles con escalera interna y solo fue cuestión de irlo moviendo hasta que cubrimos toda la pared. Pintamos con pistola y compresor y lo más complicado fue cuidar que las plantillas mantuvieran el nivel para que la multitud que íbamos pintando no se fuera torciendo con el paso de los metros. Tuvimos que hacer un curso de alturas de un solo día y no hubo que conseguir nada raro. Contando los días de descanso, el trabajo duró tres semanas. Esta vez la cosa pintaba bien distinta.

Para empezar, había demasiada especulación al respecto. Se dijo por ejemplo que el curso de trabajo en alturas debía ser avanzado y que duraba 40 horas. Primero supuestamente de lunes a viernes de 9 a 5. Luego de jueves a domingo de 7 a 5. Hasta que a último momento apareció una academia de alturas en el barrio Obrero de Bello que ofrecía el mismo curso en solo dos días: jueves y viernes.

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Ese jueves me desperté entonces a las 5 de la mañana. Me bañé, me tomé un par de tintos y bajé al Centro en el bus de las 6. Caminé las dos cuadras hasta el tranvía. Me bajé en San Antonio y subí las escaleras del metro todavía medio dormido. Pasé el torniquete, esperé en la plataforma y me subí al vagón. Como siempre, las puertas se cerraron y el metro comenzó a avanzar. Todo parecía muy normal hasta que anunciaron la próxima estación y resultó que me había montado para el lado que no era.

Después de retomar el rumbo, me bajé en Madera a buscar un bus que dijera no me acuerdo qué. El caso es que llegué al sitio sin problema. Afuera había un gentío impresionante. Pablo, Sebas, Juanes y Juan Sebastián andaban sentados en una acera y me presentaron enseguida a los otros tres del equipo: Fer, a quien ya había visto un par de veces, Evelin y Fabián. Al momentico la secretaria del lugar nos llamó para la inscripción y decidieron dividir a todo ese gentío en dos grupos. Unos haríamos el día teórico y otros el práctico.

A nosotros nos tocó un salón largo, estrecho y hacinado. Nos sentamos en la parte de atrás y yo quedé justo al lado de la puerta. Las palabras del profesor se dispersaban con un aire monótono y cada que estaba a punto de quedarme dormido, alguien buscaba entrar o salir y no tenía más remedio que pararme a correr la silla para que movieran la puerta. Yo seguía en modo inercia y más o menos así fue la dinámica, hasta que alguien me pasó un teléfono con la foto del muro que vamos a pintar. No recuerdo ni quién fue. Solo sé que me quedé frío.

En realidad, no se trata de ninguna fachada, sino del costado entero de un hotel. Contando el muro de la terraza, son 8 pisos. De pies a cabeza mide 20 metros y de lado a lado 35. No hay ventanas, ni balcones, ni ventilaciones, ni nada. Solo ladrillos y ladrillos grises que al ampliarlos en un celular parecen infinitos.

En otra foto me mostraron también un diseño del mural que ya venía directamente proyectado sobre el muro, pero preferí no seguir mirando de a mucho. Solo sé que la imagen está formada por más de 15.600 pixeles y que cada uno mide aproximadamente 20×20. Dice HABLALO a todo lo largo y, según recuerdo tiene distintos tonos de rosado y azul.

Para entonces, una proyección comenzaba a mostrar todo lo que nos esperaba en caso de sufrir un accidente desde las alturas: testículos aplastados por el arnés, cuerpos mutilados, cadáveres estallados contra el suelo, lesiones cerebrales, familias devastadas y demás… El lema del instructor tampoco es que resultara muy alentador: SI SE VAN A CAER, MEJOR MÁTENSE.

Afortunadamente, pronto logré que los de adelante corrieran un poco sus sillas y los de al lado también y pude por fin atrincherarme en un hueco en el que me dormí sin ningún problema.

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Al día siguiente fue la práctica. Tuvimos que ponernos arnés, guantes casco con barbuquejo y nos dividieron en grupos de a cuatro para ir realizando las distintas actividades. La primera consistió en subirse a un poste de concreto como los de la luz, mediante una especie de cincha y unos estribos especiales. Mucho sol. Mucho sudor. Cierta desesperación. Después hubo que palanquear un andamio colgante entre dos personas. Subir más o menos un piso y volver a bajar.

Las cuerdas metálicas que sostienen los andamios se llaman guayas. El aparato de las palancas (por donde pasan las guayas) se llama malacate y desafortunadamente es mucho más duro de lo previsto. Se supone que tendremos que subir ocho pisos de ese modo en un andamio independiente. Teniendo en cuenta que hoy nos demoramos casi diez minutos en un solo piso, el asunto parece más que imposible. Sobre todo, porque somos ocho y en un solo andamio no pueden ir más de cuatro. Eso sin contar que dos de los que suben tienen que volver a bajar el andamio para que otros dos suban con ellos. Como quien dice: la locura total.

Se habla también de un posible descenso en cuerda desde el techo. Por ahora preferiría no hablar de eso. Solo que igual me toca. Porque la siguiente actividad fue justamente eso: un par de descensos desde unas torres de tres pisos.

En el primer descenso cada quien tenía dos instructores al lado que se encargaban de cuadrar la línea de vida, o sea la cuerda que va asegurada a lo alto de la estructura y que a su vez pasa por un freno que va asegurado a un mosquetón que a su vez va asegurado al anclaje trasero del arnés. En caso de caída, se supone que el freno bloquea el paso de la cuerda y que uno queda colgando en el aire. En ese sentido, lo más importante es mantener la cuerda bien templada para que la caída sea lo menor posible.

Una vez que el instructor había asegurado a cada quien de la línea de vida, abría un aparatico con una palanquita llamado descendedor y le pasaba otra cuerda que también iba asegurada de arriba. El asunto es que el descendedor solo funciona con la cuerda puesta en cierto sentido. Pero bueno. Luego se cerraba y se aseguraba también a un mosquetón que se enganchaba al anclaje del pecho. A continuación, uno simplemente debía soltarse hacia atrás, apoyando ambas suelas sobre el borde de la estructura antes de comenzar a mantener abierta la palanquita con la mano y descender como si fuera caminando de manera vertical sobre una malla metálica. Para mi sorpresa, lo hice como si nada.

El siguiente paso fue subir a otra torre. Todo era por puros andamios y escalas y siempre había que ir asegurado con unas eslingas, que son algo así como unos ganchos que se abren y se cierran. A un lado hay un solo gancho, mientras que al otro hay dos. El lado de un solo gancho va en el anclaje trasero del arnés. Los otros dos, en cambio, se van enganchando a la estructura a medida que uno avanza. En lo posible, siempre por encima, para que una posible caída no sea demasiado larga.

Eso obviamente fue lo de menos. Lo de más, en ese segundo descenso, fue que ya no había ningún instructor al lado y cada quien tenía que ponerse las cosas como mejor pudiera y, encima, con toda la gente abajo y alrededor diciéndole cosas distintas. No solo había que confiar en unos aparatos y unas cuerdas que uno jamás había visto, sino que tenía que pasar por alto la propia ignorancia antes de soltarse de espaldas al vacío.

Cuando me tocó hacerlo, por un momento quedé paralizado. Alcancé a enganchar el descendedor, le puse la cuerda y flexioné las rodillas de espaldas al vacío, amagando con soltarme. Solo que varias veces me tuve que volver a enderezar sin dejar de lanzar toda clase de risas nerviosas que sonaban ajenas. Hasta que finalmente me dejé ir, pensando en lo tranquilo que andaba hacía apenas unos días sentado frente a mi escritorio. Afortunadamente, el descendedor no tardó en reconocerme y de ahí en adelante solo fue cuestión de mantener abierta la palanquita e ir graduando la velocidad.

Después de almuerzo empezó a lloviznar. Ya no pudimos encaramarnos sobre las barandas mojadas y tuvimos entonces que practicar a subir por cuerdas mediante unos estribos y un aparatico que iba colgado del pecho y que uno iba subiendo poco a poco con las manos. Al llegar arriba, la indicación era quedarse un momento colgado en el aire, sostenido solo por la cuerda del aparatico. Como uno llevaba también el descendedor, había entonces que enganchárselo, ponerle la cuerda, soltar luego el otro aparatico y los estribos, y ahí sí bajar. Aunque preferí no subir demasiado alto, tampoco me fue tan mal.

Al final del día nos dieron el curso por aprobado y quedaron de enviarnos los certificados por correo. Nos fuimos a tomar cerveza por la 70 con San Juan y estuvo bueno el parche. Más tarde Cristina y Pablo me arrimaron al parque de Envigado. Me encontré con Catalina al frente de la iglesia y nos pusimos a andar. Un trago por aquí, una cerveza por allá… Ese tipo de cosas. Diciembre estaba prácticamente a la vuelta de la esquina y, de repente, ya nadie pensaba en otra cosa que no fuera fiesta.

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