Dominguiando en la Reforma

Dominguiando en al aire

Gabriel y Nani nos prestaron las ciclas. Estamos a media cuadra de la estación Candelaria, sobre la calle Corregidora, que como de costumbre anda repleta de ventas. Nani acaba también de invitarnos a desayunar tamal, lo que no impide que me sienta como una caricatura a punto de salir flotando tras el aroma de unas quesadillas. Al salir por la puerta de la vecindad, Gabriel me saca de ese encantamiento y dice que vayamos con él hasta la esquina para explicarnos mejor el camino.

Primero que todo, debemos seguir hacia la izquierda por esa cuadra en la que acabamos de pararnos bajo un solazo tremendo. Luego debemos pasar un semáforo, después otro y de pronto otro, antes de voltear a la izquierda por una calle que va cambiando todo el tiempo de nombre, pero que algún punto se llama San Idelfonso o Pensador Mexicano o República de algo. No recuerda muy bien. El caso es que está llena de hoteles y que debemos seguir por ahí, pasar la Circunvalación, o sea el primer anillo del Centro, y luego darle derecho, derecho, durante un rato, hasta llegar al Eje Central, una avenida que cruza la ciudad de norte a sur.

En ese punto tenemos dos opciones. Voltear a la izquierda y coger luego a la derecha por Hidalgo, dos cuadras más adelante, en cuyo caso iríamos bordeando La Alameda hasta llegar a Reforma o, de lo contrario, cruzar el eje Central y seguir por un barriecito más estrecho hasta donde muere la calle y nos toca voltear a la derecha, no a la izquierda, porque ahí nos estaríamos devolviendo hacia La Alameda. Serían nomás un par de cuadras, antes de llegar a una glorieta con una avenida muy grande. Esa es Reforma, que cada domingo se convierte en ciclovía.

Para Chapultepec debemos tomar a la derecha. De ahí en adelante, solo será cuestión de seguir derecho, derecho, durante unos veinte minutos o media hora, dependiendo del ritmo, hasta llegar a los bosques. Una vez allí, empezaremos a fijarnos hasta ver un camino a la derecha que conduce al museo. La explicación puede sonar un poco enredada, pero en la práctica es muy fácil. Ya vamos a ver.

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La bicicleta de Catalina le queda perfecta. De la mía no puedo quejarme, aunque el sillín está bastante alto, casi al límite para no tener que hacer maromas al momento de apoyar los pies. Por motivos que no me preocupé en entender muy bien, Gabriel me aconsejó que lo deje así.

Catalina arranca adelante y yo la sigo despacio, con cuidado, sin saber todavía cómo maneja la gente en esta ciudad. Pasamos el primer semáforo, luego el segundo y en el tercero volteamos a la izquierda sin llegar a ver el nombre de la calle. Dos cuadras más adelante cruzamos la Circunvalación. La mayoría de los locales están cerrados. Casi no hay carros ni gente. Solo casas viejas y edificios viejos que no sobrepasan los tres pisos de altura. A cada tanto, los buses pasan abarcando casi todo el ancho de la calle, de modo que reducimos la velocidad e incluso nos detenemos al ver que se orillan.

Van apareciendo los hoteles y aunque no hemos podido saber por qué calle vamos, reconocemos muy bien las que cortan la nuestra: Loreto, Argentina, Brasil… Vemos también lugares por los que hemos pasado varias veces antes: fachadas, maniquís sin cabeza vestidos de fiesta, tiendas de ropa común y silvestre, museos, abarrotes…

Entre pedalazo y pedalazo, descubrimos que vamos por San Idelfonso. Aquel nombre no nos dice nada. Como tampoco nos dice que unas cuadras más adelante la calle pase a llamarse Luis González Obregón. Bien podría llamarse Cuauhtémoc Blanco o Pepita Mendieta y nos daría exactamente igual. Las calles que cortan a la nuestra, en cambio, sí las hemos visto montones de veces antes, como si por algún motivo que desconocemos camináramos siempre en un mismo sentido: Palma Norte, Chile, Allende…

Tras haber avanzado mucho más de lo esperado, pasamos junto a un mercado llamado Pensador Mexicano y por una cantina llena de pensadores que no parecen haber vuelto a sus casas desde ya hace varios días. Desde un par de cuadras atrás, no reconocemos nada y nuestra calle ha pasado a llamarse República de Cuba.

Unos metros antes de la siguiente esquina, nos invade la sensación de habernos perdido y decidimos parar un momento. El sol está cada vez más bravo y puede haber desconfigurado nuestras brújulas. Pero no. Nos dijeron que es fácil. Así que en lugar de ponernos a inventar, mejor seguimos con las indicaciones.

Dos esquinas más adelante, encontramos por fin el Eje Central, que resulta ser la misma Lázaro Cárdenas. Unas cuadras más arriba, debe estar Bellas Artes. Ahora sí nos estamos entendiendo.  

Cruzamos entonces la avenida y nos metemos por un pequeño barrio sombreado que ya hemos recorrido varias veces a pie. Nuestra calle se llama ahora Pensador Mexicano y termina poco más adelante en otra llamada Trujano. Allí volteamos a la derecha y el rompoy no tarda en aparecer.

Esperaremos ahora a que el semáforo cambie a verde, antes de fundirnos con el río de gente que pasa en patines y en bicicleta en dirección a Chapultepec. A partir de allí, no habrá que preocuparse por direcciones, ni por nombres, ni por nada. Solo será cuestión de ir pedaleando por una inmensa planicie, admirando las formas de los edificios, los monumentos, las esculturas y los primeros jacarandas en flor.

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Cuando llegamos a Chapultepec, el Dios Tláloc nos indica el camino. Sus anchas espaldas de piedra verde parecen cargar todo el peso de las lluvias. Vamos pedaleando despacio, muy despacio, entre la gente, y tras mirar un par de opciones, dejamos las ciclas con candado contra las rejas que rodean un árbol, a todo el frente del museo .

Como de costumbre, se nos hizo más tarde de lo esperado y la cartelera resulta ser demasiado amplia: Poblamiento de América, Preclásico Altiplano Central, Teotihuacán, Los Toltecas y el Epiclásico, Mexica, Culturas de Oaxaca, Culturas de la Costa del Golfo, Maya, Culturas de Occidente, Culturas del Norte. Habrá que empezar entonces por las culturas más famosas y ver si queda tiempo para el resto. Empecemos por los mayas.

En el imaginario, los mayas representan una mística difícil de igualar. Grandes talladores de jade, alfareros, tejedores de máximo nivel. Arquitectos y constructores de vastas ciudades y pirámides. Matemáticos y astrónomos, creadores de unos de los calendarios más precisos, que no solo abarca el año solar, sino que incorpora ciclos lunares y venusianos, así como una rueda calendárica que se repite cada 52 años y otra era mucho más larga que abarca 5200 años, y que equivale a la quinta parte del ciclo maya total de 26.000 años.  

Su bella escritura quedó grabada en piedra y en los contados códices que sobrevivieron al fuego de los inquisidores españoles. El papel amate se hacía y se sigue haciendo al procesar la corteza de higueras silvestres. Los códices hablan principalmente de astronomía, rituales, religión, historia, profecías, economía y agricultura, siempre en relación con los ciclos calendáricos. Además de eso, contienen dibujos y pinturas, hechos por los mismos escritores que, además, nunca firmaban sus obras.

Desde un punto de vista más esotérico, los mayas también han sido admirados por su astrología y sus artes adivinatorias, ya que para ellos el futuro se halla inscrito dentro de la repetición de una gran rueda mitológica.

La repentina extinción de sus grandes ciudades ha contribuido a rodearlos de un halo de misterio, que los ha llevado a ser comparados con los egipcios o emparentados con los atlantes. Algunas teorías, sin embargo, atribuyen la caída del imperio a una posible devastación del entorno natural, que derivó en hambrunas y en la inevitable dispersión de sus pobladores hacia enclaves rurales. Aunque todo esto no significó la desaparición de su cultura, sí dio fin a su esplendor.

Catalina me muestra unos sellos tallados en piedra. Luego nos quedamos viendo los enigmáticos rostros de unas máscaras y las indescifrables expresiones de unas figuras que, por momentos, parecen verdaderos ídolos sacados del pozo de los tiempos.

Dibujos sobre barro, adornos de todo tipo, animales representados de mil maneras posibles: tortugas, armadillos, aves, iguanas, jaguares, murciélagos… 

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Próxima parada, Teotihuacán, lugar sagrado por excelencia, desde mucho antes de su construcción y hasta mucho después de su abandono. La cultura teotihuacana fue, de hecho, una de las más influyentes de Mesoamérica, aunque la ciudad ya se hallara en ruinas a la llegada de los mexicas al valle de México.

Frente a nosotros, hay una réplica a escala de Teotihuacán que nos permite recorrer en segundos la Plaza de la Ciudadela, la Pirámide del Sol, la Pirámide de la Luna, la Calzada de los Muertos, el Templo de Quetzalpapalótl o de las Serpientes Emplumadas

Unos pasos más adelante, el Dios Tláloc emerge de nuevo en una de sus múltiples facetas, que incluyen hasta dos y cuatro entidades simultáneas. Tiene rasgos felinos, poderosos colmillos y sus amplios ojos circulares nos miran desde la sombra. Suele ir ataviado con piedras de jade, plumas de garza y de quetzal y lleva también un palo en forma de rayo con el que rige las lluvias de Mesoamérica desde el principio de los tiempos.

Seguimos caminando por la sala, observando todo con especial interés, casi como si estudiáramos para nuestra próxima visita a las ruinas de aquella ciudad. Abundan las figuras talladas en obsidiana, el mineral más usado en la antigua Mesoamérica y principal fuente de poder e intercambio, que luego heredarían los mexicas que, de hecho, ya nos esperan en nuestra próxima parada.

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Si bien es cierto que comparten un pasado en común con los aztecas, tras una guerra entre distintas facciones, se separaron, y quienes llegaron al Valle de México a fundar Tenochtitlán pasaron a llamarse mexicas.

El recorrido incluye la Piedra del Sol, el monumento más famoso del museo, en cuyo centro se encuentra representado Tonatiuh, el Dios del Sol, con su característica lengua de cuchillo. Durante siglos, Tonatiuh exigió sacrificios humanos para asegurar que saldría a recorrer el cielo al día siguiente. Con el paso del tiempo, sin embargo, su destino a cambiado bastante y, en la actualidad, cumple un estricto horario atendiendo hordas de turistas que forman largas filas frente él para tomarse una foto.

A su alrededor, en la piedra, se hallan los cuatro soles, o edades, que le precedieron en los distintos intentos de creación. También están los veinte días del calendario azteca, así como las dos serpientes de fuego que lo llevan a recorrer el firmamento de oriente a occidente. Contrario a lo que muchas veces se dice, la Piedra del Sol no es un calendario, sino una obra de arte que representa la concepción del tiempo mexica.

A medida que avanzamos por la sala, Tenochtitlán comienza a aparecer en maquetas, dibujos y todo tipo de descripciones.

La ciudad fue fundada sobre el islote de un lago, donde los mexicas, pueblo que amaba interpretar los sueños y los recuerdos, vieron la señal de un águila que devora una serpiente parada sobre un nopal. Se dice que, a la llegada de los españoles, era una de las ciudades más grandes del mundo, solo por detrás de Pekín, Bagdad y Constantinopla, entre otras…

Tenochtitlán estaba atravesada por calles de tierra y de agua y solo se podía acceder a ella por las tres calzadas que la comunicaban con tierra firme. Ciudad palaciega, llena de puentes de piedra y completamente blanca, debido a la cal con que aplanaban todas las construcciones, contaba además con un sofisticado acueducto y con canales para navegar la región hasta lugares tan distantes como Tlatelolco, su ciudad gemela.

Durante las noches, Tenochtitlán se iluminaba con todo tipo de antorchas, braseros y hogueras, dispuestos en lo alto de los templos, por lo que su reflejo en el lago alcanzaba una belleza inigualable.

Poco a poco, aparecen también las típicas historias de la conquista, según las cuales, un emperador con un zoológico que abarcaba toda la fauna conocida, incluidos seres humanos con deformidades y rarezas; un tipo de Medellín con una sensibilidad increíble para escribir cartas y una esclava náhuatl, de la que mucho se habla y poco se sabe, rigieron el destino de millones de personas.

Pese a que este tipo de historias ya se han puesto en cuestión, en el relato más difundido, Moctezuma aparece como un bueno muy bueno, que incluso se pasó de bueno invitando a su palacio a Cortés, un malo muy malo, ávido de oro, que se enamoró de La Malinche, una bella, políglota y traicionera mujer de cuna humilde, en lo que vendría siendo algo así como la primera telenovela mexicana de la historia.

En la siguiente sala admiramos una colección de vasijas pintadas con diversos motivos religiosos y leemos la historia de un par de dioses. Ya estamos algo cansados y el hambre comienza a arreciar.

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Las bicis no se han movido de su sitio. Miramos a nuestro alrededor, antes de recorrer los distintos puestos de comida y decidirnos finalmente por una torta gigante con cocacola, que nos vamos a disfrutar, sentados en una extensa manga junto a un árbol.

A pocos metros de nosotros, los voladores de Papantla acaban de poner sus mochilas en torno a un poste metálico lleno de soportes. Uno de ellos toca un tamborcillo, mientras los otros cuatro van entrando en sintonía y organizan algunas cosas. Para entonces nuestra torta ya es historia y pasamos a distraernos con unas ardillas grises que se acercan a pedirle comida a una familia cerca de nosotros.

Después de tomarnos la gaseosa, nos acostamos a mirar el cielo entre las ramas y nos quedamos dormidos. Cuando despertamos, los voladores de Papantla ya están en lo alto del mástil, que según comentan unos vecinos mide 25 metros de alto. Uno de los saltadores está sentado en el centro tocando tamborcillo y flauta. Los otros cuatro, repartidos en los lados de un pequeño cuadrado de madera, empotrado en una base sobre el poste. Desde abajo, una multitud los observa sin parpadear.

Suspenso, suspenso… Tamborcillo, flauta, tamborcillo… Hasta que de pronto… Suuuuaahhh… Los cuatro se lanzan de espaldas al vacío y empiezan a girar, colgados de su respectiva cuerda, con la cabeza hacia abajo, como satélites equidistantes o largos pájaros que surcan el cielo.

A medida que la base del cuadrito gira sobre el poste, las cuerdas se van desenrollando y los saltadores trazan circunferencias cada vez más amplias que los van acercando al suelo. En medio de esa danza hipnótica contra el cielo azul, no pierden ni medio centímetro de distancia entre ellos.

Una vez cerca del suelo, cada saltador se endereza hasta quedar erguido, levanta un poco las piernas, y elige el momento de aterrizar. Luego sigue corriendo y comienza a frenar. Al final, los saltadores saludan al público. Aplausos. Aplausos. Admiración. Preguntas. Poco después, uno de sus compañeros pasa recibiendo las contribuciones.

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La segunda fase del recorrido transcurre de una manera muy distinta. Suele pasar con los museos. Uno empieza poniendo atención, lee algunas historias, ciertas explicaciones, se fija en los mapas, en las secuencias cronológicas, o en lo que sea que haya para tratar de entender un poco mejor lo que está viendo. Solo que los pies se van cansando y uno comienza a saturarse de tanta información y se va acelerando y cada vez pasa más deprisa frente a las mismas cosas que hasta hace un rato detallaba con relativo cuidado y comienza una carrera frenética en la que todo parece igual y uno ya no aprecia de la misma forma aquella ventana mágica que se asoma a los siglos.

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Ya casi están por cerrar. Salimos del museo y vamos a quitarle el candado a las ciclas. Sin perder el poco impulso que nos queda, comenzamos a pedalear. Para entonces, el viejo Tonatiuh ya no es más que un suave reflejo naranja desparramado por el cielo.

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